Leer pudre mentes, señores, señoras. Repito: leer pudre mentes. Y escribir, también. El tiempo es antagónico a la lengua y la lengua es antagónica al tiempo. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es, dice Jorge Luis Borges en el Aleph.
Escribir es uno de los mayores artificios jamás creados por el ser humano. Nadie habla como escribe, nadie escribe como habla. Escribir es limitante, al menos en Occidente, condenados a ir de izquierda a derecha, de una cosa a la siguiente, de una causa a su efecto, todo prolongado hasta que el autor lo desee. Escribir exige sucedaneidad, si es que esta palabra existe —si no es el caso, creo que se me entiende— y, sin embargo, en la realidad, en lo natural, todo es simultáneo. Todo sucede a la vez. La linealidad del tiempo es una falacia que nos ha creado la escritura, porque está condenada a ser sucesiva. Borges nos plantea que todo es a la vez y en todas partes, que el tiempo es infinito y todo cabe en él. Entiende la concepción del tiempo como un constructo lingüístico, como un artefacto narrativo incapaz de dar cuenta de la realidad.
“Linealidad del tiempo: falacia nacida de la escritura humana”
La hipótesis lingüística Sapir-Whorf postula que la lengua determina la percepción del mundo. De este modo, los esquimales tienen mucho más vocabulario para referirse al color blanco y, por tanto, lo ven. Y los gallegos tienen muchas más palabras para categorizar la lluvia. Aunque esta teoría, descartada en su versión más radical, puesto que primero va la realidad y después se la nombra, sí nos permite imaginar otros escenarios. Eso mismo hace Denis Villeneuve en su película Arrival. En ella, la llegada de los extraterrestres no se afronta según los tópicos del género. La heroína es una traductora que se dispone a descifrar el lenguaje de los llegados. Es al descifrarlos, cuando (alerta spoiler) comienza a percibir el mundo distinto: el tiempo deja de ser lineal.
¿Y si leer nos ha moldeado la mente en seres lineales? A cambio de darnos el pensamiento lógico, nos ha podrido la capacidad de sentir y percibir de otro modo. Quizás la solución sea desautomatizar la lógica causal. Desaprender a leer. Borrar el hilo que une los recuerdos —la memoria es vicaria de la linealidad—, y dejar de buscar un principio y un final en las historias. Puede que solo un ejercicio de tal calibre nos devuelva al estado primigenio.
