La crisis en Ceuta ha vuelto a poner en primer plano la inmigración, en todas sus implicaciones, políticas y éticas.
Es urgente resolver la grave situación que se vive en Ceuta, atendiendo tanto a una ciudad que quiere recuperar su normalidad como a las necesidades de los miles de migrantes, especialmente los menores, que permanecen en ella.
Pero la inmigración es ya una cuestión estructural. Una realidad, cada vez más importante, ante la que la izquierda debe tener una posición clara. Su ausencia permite el avance de las alternativas más reaccionarias y xenófobas, impulsadas por la ultraderecha.
La entrada masiva de inmigrantes en Ceuta, impulsada por Maruecos con el apoyo de los EEUU de Trump, ha puesto en el centro del debate cuestiones sensibles. En el ámbito político, todos se preguntan qué buscaba Marruecos con esta acción, y por qué Washington le apoya contra España. Y en el plano ético, el más importante, es urgente actuar. Ceuta no puede soportar durante más tiempo una situación límite. Y se deben garantizar los derechos de los migrantes que hoy malviven en Ceuta, especialmente los más vulnerables, los niños y niñas.
Pero la inmigración es algo mucho más amplio, y natural, que las crisis puntuales que es necesario resolver. Los y las migrantes son una parte cada vez más importante de la sociedad española, especialmente del pueblo trabajador. En cada ciudad, en muchos barrios, en los centros de trabajo, en las escuelas…
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Una parte cada vez más importante de España
En el año 2000 solo el 4,2% de la población en edad laboral en España había nacido en el extranjero. Hoy los trabajadores inmigrantes son ya el 23% de la población activa.
España ha cambiado. Ha pasado de ser un país donde la inmigración era un fenómeno marginal a ser el décimo país del mundo con más inmigrantes.
Si hoy somos 50 millones de habitantes es gracias a la inmigración. Sin su aportación habríamos perdido población.
En España hoy viven 10,2 millones de personas nacidas en el extranjero, un 20,7% de la población. Y ese porcentaje va en aumento. En 2014 era el 10,7, la mitad.
Contribuyen al crecimiento económico del país: el 47% del crecimiento español tras la pandemia se debe a la mano de obra inmigrante.
Sectores económicos esenciales dependen de los y las trabajadoras inmigrantes. Un tercio de la mano de obra en la agricultura española es inmigrante. Y un 80% de los trabajadores recolectores son extranjeros.
Y los trabajadores inmigrantes han pasado a ser mayoría en la construcción. El 52% de los peones, y el 48% de los albañiles han nacido en el extranjero.
Servicios básicos, para la economía y el bienestar social, como la hostelería o los cuidados, dependen mayoritariamente de la aportación de los y las trabajadoras migrantes.
Esta es una realidad social que va mucho más allá de la economía. Está presente en las aulas de los colegios públicos. En primaria, un 32% de los alumnos son hijos de inmigrantes. Y un 39% de los menores de cinco años en España han nacido en familias con padres inmigrantes.
Esta es la España de hoy, pero sobre todo, es la España del mañana.
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Española o extranjera, una misma clase obrera
Nadie quiere expulsar a todos los inmigrantes. Tampoco la ultraderecha. Los y las trabajadoras inmigrantes son esenciales para que la economía funcione. Los ultras, y los centros de poder que los financian y alientan, no quieren echarlos. Pretenden aterrorizar a los inmigrantes, en su inmensa mayoría trabajadores, para poderles imponer draconianas condiciones de explotación, convirtiéndolos en ciudadanos de segunda, sin derechos.
Desde la izquierda debemos dar una respuesta clara. Frente a la división, unidad. Quieren estigmatizar a una parte de nuestro pueblo, de nuestra clase, enfrentándola al resto de la población. No lo vamos a permitir. Española o extranjera es una misma clase obrera. Hayamos nacido en Madrid, en Rabat o en Bogotá, nuestros intereses son los mismos.
La defensa de los y las trabajadores inmigrantes es una cuestión esencial para la izquierda.
Debe culminarse la regularización que permite a quienes viven y trabajan en España salir de la ilegalidad.
Enfrentando la oleada de bulos xenófobos que buscan criminalizar a la inmigración. Con Vox y su xenófoba “prioridad nacional” como ariete ultra.
E impulsando la unidad, entre nacidos en España e inmigrantes, en cada barrio, en todas las organizaciones políticas, sociales, culturales, en las diferentes luchas…
Pero, más allá de estas u otras medidas concretas, justas y necesarias, la izquierda debe tener algo de lo que ahora carece: una alternativa global ante la inmigración, un fenómeno complejo y que abarca múltiples dimensiones.
Poniendo en primer plano los derechos de los y las migrantes. Las personas primero, esta es nuestra prioridad.
Planteando alternativas que resuelvan las contradicciones entre la población inmigrante y los nacidos en España. Impidiendo que la ultraderecha hurgue en ellas para enfrentarnos.
Y abordando los choques culturales que se produzcan, para que pueda avanzarse hacia un mestizaje real.
Si la izquierda no tiene una posición clara, y global, ante la inmigración, ese vacío será ocupado por una ultraderecha tóxica, que ataca tanto a los inmigrantes como a los nacidos en España.
