«Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón» decía Antonio Machado en su poema.
Y en esta grave crisis migratoria, política y social que vive Ceuta, estamos viendo a esas dos Españas. No podemos dejar de hablar de la que nos hiela el corazón. Pero es mejor poner en valor la Ceuta y a los ceutíes que con sus pocos recursos lo han dado todo por ayudar a los más vulnerables, o que se han movilizado defendiendo la convivencia y los derechos humanos.
Hay noticias que hielan el corazón al mismo tiempo que hacen hervir la sangre. La noche del 8 de septiembre, varios encapuchados montados en moto irrumpieron en el improvisado asentamiento del barrio de El Príncipe, donde varias familias de migrantes se refugiaban en improvisadas tiendas hechas de plástico, y comenzaron a disparar con sus escopetas de perdigones. Uno de los disparos alcanzó a un niño de 8 años, marroquí y de nombre Alí, que dormía con su madre. El proyectil le dio en la cabeza, muy cerca de su ojo derecho.
Dias antes, grupos de ultraderecha asaltaron violentamente los asentamientos improvisados de la playa del Tarajal, y bloquearon el reparto de ayuda humanitaria, acosando y amenazando a los voluntarios de la Cruz Roja.
Una niña ceutí que iba a una manifestación fue también asaltada y acosada por indeseables. «La llamaron ‘invasora» y la acusaron de extender la tuberculosis.
La ley debe perseguir a los criminales que perpetran todos estos crímenes de odio, que han cruzado todas las líneas rojas. Si no se toman medidas contundentes, al final habrán muertos o consecuencias irreparables encima de la mesa.
Pero de igual manera hay que perseguir con todo el peso de la ley a los instigadores, a diputados como Jose María Figaredo (Vox), que llamó a «cazar migrantes». Son las palabras de odio las que cargan las escopetas que luego disparan a niños de ocho años.
Pero basta ya de hablar de una pequeña minoría de malnacidos que no representan a Ceuta ni a los ceutíes, una comunidad que está atravesando una enorme tensión y un desgarro en su vida cotidiana y su convivencia, que tienen todo el derecho a expresar su descontento, su indignación y su ira ante la más que deficiente respuesta del Gobierno, y a la que debemos ayudar desde toda España.
Al mismo tiempo que todos estos delitos de odio, de todos ests hechos denunciables y lamentables, están los de la más tierna solidaridad. Encabezada por asociaciones de vecinos como los del Barrio de El Príncipe, uno de los más empobrecidos y humildes de la ciudad autónoma, con buena parte de sus vecinos musulmanes. Ante la llegada de miles de personas sin techo ni alimento, muchos de ellos niños y niñas, los vecinos les abrieron sus casas, les dieron alimento, estiraron sus menguadas rentas para proteger a los más desprotegidos.
Vecinas como la empresaria Sabah Hamed, del barrio de Los Rosales, que en los primeros días abrió su casa para acoger a niños y personas migrantes, dando cobijo, comida o agua para asearse a más de 400. «Se me parte el alma saber que una mujer embarazada o con un hijo estén durmiendo en la calle», decía en una entrevista.
Hay muchas más como Sabah. Como la señora Zohra Mohamed, con 62 años y 11 nietos, que acogió a una más aunque no sea de su sangre, protegiendo a Aya -una joven marroquí de 17 años que llegó a nado- de las agresiones sexuales. “¿Cómo iba a dejarla así? “Una niña sola, ¿cómo va a ser eso?”, dice a la prensa.
Acciones individuales, en las primeros días tras la conmoción, que pronto se convirtieron en acciones colectivas, en un auténtico zafarrancho humanitario de las asociaciones vecinales o de organizaciones humanitarias. «Una haciendo bocadillos, la otra fregando platos».
Vecinos de barriadas como El Príncipe y Sidi Embarek improvisaron campamentos en polideportivos y pistas municipales para acoger a cientos de mujeres y niñas migrantes ante la falta de recursos institucionales. Están al borde del colapso, no tienen más, dicen basta. Pero no dejan de tender la mano.
Esta es la Ceuta que hay que poner en valor. La Ceuta de la mano abierta.
De nuevo lo concentra Machado. «En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva».
Como en la Dana de Valencia, como en Adamuz. En España lo mejor es el pueblo, y Ceuta lo ha vuelto a demostrar.
