Mientras las negociaciones sobre el programa nuclear iraní siguen su curso en Ginebra, y un régimen de los ayatolás visiblemente debilitado se abre a hacer concesiones sobre la base de que no lo ataquen, Donald Trump ordena concentrar en la región del Golfo Pérsico una potente flota de guerra, superior incluso a la que noqueó a Venezuela.
Es el mayor despliegue militar norteamericano en esa incendiaria zona del mundo desde la guerra de Irak de 2003, y esas fuerzas se suma a las que ya concentran las bases estadounidenses en Oriente Próximo, que concentran entre 30.000 y 40.000 soldados, y al poderío destructivo del principal gendarme militar norteamericano en la región, Israel.
Trump dice estar sopesando que hará, si primará la vía diplomática o la de la agresión militar, repitiendo los demoledores ataques aéreos que ya lanzó contra la República Islámica hace unos meses, en julio de 2025.
El régimen de los ayatolás lleva años mostrando signos de decrepitud, revelando que está encima de un polvorín de antagonismos sociales que ya han estallado, pero que pueden estallar mucho más. La revolución del velo de 2022 y la actual ola de protestas -mucho más potente, pero también mucho más salvajemente reprimida por los clérigos y los Guardianes de la Revolución, con miles o decenas de miles de muertos- han tocado de muerte a un régimen fascista y teocrático, tan odioso como corrupto, que además de oprimir de manera sangrienta mantiene a la mayoría de la población empobrecida. Además, en el plano regional, el Eje de la Resistencia encabezado por Teherán, que incluye a milicias como Hamás, Hezbolá o los hutíes, está muy debilitado tras tres años de guerra con Israel y ataques de EEUU.
En este escenario, un ataque militar contra Irán puede ser enormemente destructivo, pero políticamente podría ser un salvavidas temporal para el régimen de los ayatolás. La disidencia interna queda acallada cuando hay que responder a un enemigo exterior.
Y sin embargo, todo parece indicar que finalmente, un nuevo ataque se producirá. Trump está siguiendo una hoja de ruta similar a la que le llevó a bombardear Venezuela, exigiendo al negociar condiciones que Teherán es casi imposible que pueda aceptar: terminar su programa nuclear tanto civil como militar, limitar sus misiles balísticos y retirar el apoyo a sus milicias aliadas en la región. En algún momento las negociaciones se darán por cerradas, y Trump podrá presentar ante el mundo como «justificada» un nuevo castigo militar contra la República Islámica.
Atacando -como es más que probable- Irán, la superpotencia norteamericana buscaría varios objetivos.
El primero y obvio es someter al régimen de los ayatolás -que no derribarlo- como ha hecho con Venezuela, obligándole a que renuncie o paralice su programa nuclear y que retraiga su influencia política y militar en la región. No parece posible que en el corto plazo EEUU pueda hacer caer a los clérigos chíies y tenga lista una pieza de recambio.
Lo que parece querer Trump es un Irán que doble la rodilla y deje de desafiar a Washington y a sus gendarmes de Israel y Arabia Saudita. Un requisito para remodelar Oriente Medio de acuerdo a los imperativos geopolíticos norteamericanos, y también para apoderarse de enormes cantidades de petróleo que ahora van para China.
Y esta es la segunda -pero no menos importante- gran razón por la que Trump hostiga a Irán. Neutralizando a Teherán, EEUU busca cortar las rutas chinas de aprovisionamiento de crudo en el Golfo Pérsico. Pekín es el principal comprador del petróleo iraní -un petróleo que por cierto no se paga en dólares, sino en yuanes-, y su economía se vería notablemente afectada por la interrupción del suministro de crudo barato.
No sólo se trata de cerrar el grifo de los hidrocarburos a China, se trata de asestar un golpe a los BRICS+, a los cuales se unió Irán en 2024. Una alianza que hace tiempo que ha rebasado el mero aspecto comercial y económico, y que ya despliega una alternativa al dominio unipolar del mundo por parte de EEUU en los terrenos político, diplomático y cultural
