Balance del año que termina (2)

El Siglo Americano se ha terminado

Nunca habí­a sido dado observar una cumbre mundial como la de Copenhague, donde la superpotencia se viera aislada, denunciada y marginada por el resto de delegaciones

«El Siglo Americano se ha terminado». Con esta contundente conclusión cerraba el ultra-conservador diario The Washington Times la crónica sobre la Cumbre de Copenhague. Al margen de las razones internas, partidistas, de crear un clima de opinión contra Obama, acusado de debilidad polí­tica en el plano internacional, la afirmación revela hasta qué punto en el seno de las elites dirigentes norteamericanas se ha instalado la convicción de que su perí­odo de esplendor imperial, de hegemoní­a exclusiva, ha llegado a su fin.

Ningún otro foro internacional en el año 2009 ha sido tan revelador del grado de declive, érdida de poder, peso e influencia de EEUU en el tablero mundial como la reciente Cumbre de Copenhague sobre el cambio climático. En ella, la negativa de EEUU a asumir su responsabilidad histórica en el calentamiento global fue contestada por las potencias emergentes con un verdadero ninguneo hacia Obama, reuniéndose, estableciendo estrategias comunes y llegando a acuerdos al margen de él. Lo que a su vez trajo como consecuencia una verdadera insurrección del resto de naciones del Tercer Mundo, encabezadas por el eje bolivariano de Hugo Chávez y secundadas por los países africanos. Nunca en las dos décadas posteriores al fin de la Guerra Fría había sido dado observar una cumbre mundial como la de Copenhague, donde la superpotencia hegemónica se viera aislada, denunciada y marginada por el resto de delegaciones. Copenhague ha servido para ofrecer una foto fija bastante aproximada de las principales tendencias que están configurando actualmente el tablero mundial. Más emergentes que nunca Las previsiones del Fondo Monetario Internacional –que a grandes rasgos coinciden con las de la OCDE, Bruselas o Washington– apuntan a que en 2010 las economías de los países emergentes multiplicarán, como media, por 4 el crecimiento de las potencias desarrolladas. Y en el próximo lustro las triplicarán. Puede parecer una diferencia descomunal, pero es sólo un pálido reflejo de la realidad. Si en lugar de una media, descomponemos los datos, lo cierto es que proyectando las previsiones al próximo lustro, hasta 2014, el ritmo de crecimiento de la economía China multiplicará por 7 el de la economía norteamericana, por 9 el de Francia, por 11 el de Japón, por 31 el de Alemania y por 51 el de España. Datos que constatan inequívocamente una de las tendencias fundamentales de nuestros días: el acelerado ritmo que ha adquirido la redistribución del poder económico mundial, transfiriéndose desde un pequeño puñado de países desarrollados hacia los países del Tercer Mundo, a cuya cabeza se encuentran las potencias emergentes. Hace sólo 30 años, las 7 potencias mundiales fundadoras del G-7 (EEUU, Japón, Alemania, Francia, Inglaterra, Italia y Canadá) concentraban en sus manos el 70% del Producto Bruto Mundial. Hoy, calculado a base de paridad de poder adquisitivo, el volumen económico global de esos mismos países representa apenas el 40% del total mundial. Pero además, la suma del PIB en valores de paridad de poder adquisitivo de las 7 principales economías emergentes (China, India, Rusia, Brasil, México, Corea del Sur y Turquía) alcanza ya el 66% del volumen total de los países del G-7. Ya no es sólo la redistribución del poder económico mundial, sino sobre todo la velocidad inaudita a la que esta transferencia de poder se está produciendo. Este es el rasgo principal que caracteriza la situación internacional en nuestros días. Y cuyo desarrollo acelerado –y sus repercusiones políticas y diplomáticas globales– está provocando ya la aparición, todavía tímida y balbuceante, de lo que podríamos llamar un nuevo tablero mundial. Alianzas incómodas para Washington Estos cambios en el poder económico global han traído como consecuencia un reforzamiento de la unidad de los países en vías de desarrollo para fortalecerse. Han surgido diversas clases de organizaciones regionales, y éstas juegan un papel cada vez más importante en la escena internacional, desafiando cada vez más el orden político y económico de las grandes potencias. Aupada por la celeridad del desarrollo de los países emergentes, la correlación de fuerzas entre las potencias imperialistas y los países del Tercer Mundo está en vías de conocer un cambio cualitativo a largo plazo. Dado que no es posible detener –tan siquiera frenar– a los emergentes, la única manera para EEUU de gestionar su ocaso imperial de la forma más favorable a sus intereses, es –en expresión de Bzrezinski, jefe de seguridad nacional con Carter y máximo asesor en política internacional de Obama– “impedir la unión de los bárbaros”. Es decir, maniobrar en el plano internacional atizando las disensiones y la división entre las potencias emergentes que buscan un nuevo orden en el que tratarse como iguales a EEUU. Promover un sistema de alianzas bilaterales a varias bandas, en el que por un lado EEUU constituya siempre uno de los polos, al tiempo que se crean el mayor número de disensiones entre las potencias emergentes para tratar de impedir alianzas sólidas entre ellos, o, en todo caso, cuyo eje pase obligatoriamente por Washington constituye uno de los puntos nodulares de la nueva estrategia de la línea Obama bautizada como “multilateralismo” y "diplomacia inteligente". Hasta el momento, está política está cosechando un sonoro fracaso. Las razones de ello serán el objeto de la próxima entrega. Obama, un intruso en la partida Barack Obama no está acostumbrado a ser el tipo no invitado a una fiesta. En la conferencia de Copenhague sobre el calentamiento global se encontró, sin embargo, con que no todo el mundo quería estar con él. Nuestro presidente no sabe entender una indirecta. Después de la reunión bilateral de Obama con el premier chino, Wen Jiabao, los chinos comenzaron a enviar a funcionarios de menor nivel a las reuniones (…) El equipo de Obama trató de programar una reunión con el primer ministro indio, Manmohan Singh, y se le dijo que estaba en el aeropuerto preparándose para salir. El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva también era inasequible. El presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma dijo que no habría reunión sin la India y Brasil (…) “Se nos dijo que las delegaciones se habían separado. Nos dijeron que no iban a encontrarse” (…) Así que imagine la sorpresa de Obama a su llegada para el breve encuentro bilateral [con los chinos] y se encuentra a los cuatro dirigentes en la sala metidos ya en una profunda discusión (…) No había una silla en la mesa para Obama (…) Después de llegar Obama, el grupo BASIC [Brasil, Sudáfrica, India, China] se comportó básicamente como rehenes. Se había tratado educadamente de mantener a Obama a distancia, pero desde que se presentó, el decoro obligaba a encontrar una manera de salvar la cara. Los países llegaron a un acuerdo en tres páginas, un modelo de texto sin compromiso, y el Sr. Obama salió precipitadamente declarando que había salvado la jornada (…) El principal negociador de China Su Wei, puso los puntos sobre las ies al decir que “no era un documento acordado, no fue formalmente aceptado o aprobado”. La conferencia de Copenhague fue una lección de poder y humildad. Los países del bloque BASIC han demostrado que Estados Unidos no tiene la influencia necesaria para convencerles de tomar decisiones que van en contra de sus intereses nacionales (…) Obama hizo historia en Copenhague, pero no en la forma en que esperaba. Lo sucedido dice mucho sobre el poder y el prestigio internacional de EEUU cuando los líderes ponen tantos problemas para evitar el encuentro con el presidente de los Estados Unidos. El Siglo Americano se ha terminado. THE WASHINGTON TIMES. 23-12-2009