El marco internacional de la crisis migratoria en Ceuta

El nuevo papel de Marruecos en la geopolítica norteamericana

Las razones principales de la crisis de Ceuta no están en Rabat ni en Madrid, ni siquiera en Tel Aviv, sino en Washington.

Para entender el contexto de la crisis migratoria de Ceuta, no basta con mirar a ambos lados del Estrecho de Gibraltar: a España al norte y a Marruecos al sur. Hay que ampliar mucho más el angular y mirar al otro lado del Mediterráneo, hacia el Estado de Israel. Pero sobre todo hay que dirigir la mirada al otro lado del Atlántico, hacia los Estados Unidos.

No se puede comprender lo que ha ocurrido en Ceuta sin desgranar primero el papel que desde hace unos años a esta parte ha pasado a tener el régimen alauita de Mohamed VI en los imperativos geopolíticos de la superpotencia norteamericana.

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España, Marruecos, Argelia y el Sáhara

Las relaciones entre España y Marruecos nunca han sido fáciles ni tersas, razón por la cual todos los ministerios de Exteriores de la democracia han dedicado buena parte de sus esfuerzos a sondearla, medirla y afinarla. Prueba de ello es que tradicionalmente el primer viaje al extranjero que ha hecho cualquier presidente español al asumir el cargo es a Rabat. El primero en romper esa regla no escrita fue precisamente Pedro Sánchez.

En los últimos años, las relaciones hispano-marroquíes atravesaban un momento relativamente cordial, especialmente a raíz de que el gobierno de Sánchez -traicionando al pueblo saharaui y abandonando las resoluciones de la ONU- diera un giro de 180º en su posición hacia el Sáhara y reconociera el «plan de autonomía» de Rabat que entierra la legítima vía hacia su autodeterminación.

Las complejas relaciones entre España, Marruecos, Argelia y el Sáhara. Infografía de El Orden Mundial

Esto, además de la amarga rabia del Polisario, causó un gélido enfriamiento de las relaciones de España con Argelia, que hasta ese momento eran francamente buenas. Hasta ese momento, Argel era nuestro principal suministrador de gas, desde ahí, no mucho después, pasó a serlo EEUU con su gas de esquisto, mucho más caro (y obtenido a través de fracking).

El ataque de EEUU contra Irán, el cierre del Estrecho de Ormuz, la imparable escalada del precio de los hidrocarburos, y el enfrentamiento diplomático de Moncloa con la Casa Blanca -por Palestina, por la negativa al 5% en gasto en defensa, por negar las bases para atacar a Irán, por los acercamientos a China- hicieron que la diplomacia española volviera a buscar restablecer las mejores relaciones con Argelia, y que el gobierno de Abdelmajid Tebboune nos vendiera más gas y a mejor precio.

Esto es jugar con fuego. Marruecos y Argelia son rivales acérrimos por ser la potencia hegemónica en el Magreb, y las relaciones entre ambos se mueven entre la desconfianza y el enfrentamiento. Acercarse a Argel es contravenir a Rabat.

Pero esto fue lo que ocurrió el 20 de julio. Mientras España celebraba la resaca del mundial, Pedro Sánchez se reunía con el presidente argelino y acordaban impulsar una nueva etapa en su relación bilateral, fortaleciendo sus acuerdos económicos y energéticos, y una mayor cooperación en el ámbito regional e internacional.

El 20 de julio, mientras España celebraba la resaca del mundial, Pedro Sánchez se reunía con el presidente argelino y acordaban impulsar una nueva etapa en su relación bilateral

En cuanto al Sáhara -Argelia es la gran protectora de los saharauis- España no ha rectificado en su reconocimiento del ignominioso «plan de autonomía», pero hizo algunos gestos, como aprobar una vía para que los 10.000 saharauis que residen en España dejen de ser apátridas y puedan beneficiarse de la regularización extraordinaria.

Todo eso bastó para que en Rabat, el resabiado régimen de Mohamed VI y todo su aparato de poder e influencia -el llamado Majzén- se revolviera indignado contra España.

¿Es este el motivo principal de lo que ha ocurrido en Ceuta?. Seguramente forma parte de los sumandos, pero no, no es la causa motriz. Nos falta Tel Aviv y sobre todo nos falta Washington.

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Marruecos, los Acuerdos de Abraham y la Dictadura Mundial de Trump

El verdadero “efecto llamada” de la crisis migratoria en Ceuta. Meme de Woke Up

La sola posición geográfica de Marruecos -guardando el extremo sur del Estrecho de Gibraltar, y por tanto la entrada al Mediterráneo- ya le dan una especial importancia para la geoestrategia del Pentágono. Ya fue así en la II Guerra Mundial, con Patton desembarcando en el Marruecos francés para crear una cabeza de puente en el norte de África; y ya fue así en la Guerra Fria, con Washington y París sosteniendo a Hassan II frente a la entonces prosoviética Argelia.

Pero todo eso se ha redimensionado en una geopolítica trumpista que pone especial énfasis en controlar férreamente los estrechos y cuellos de botella de las rutas comerciales. La «posesión» político-militar del Canal de Panamá o de Suez, de los puntos de estrangulamiento de la Ruta Marítima de la Seda (Estrecho de Malaca o de Bar-el-Mandeb) o de las rutas que bordean Groenlandia se han convertido en un asunto de «Seguridad Nacional» para la Casa Blanca. Eso implica la entrada al Mediterráneo y potencia a Marruecos como campeón militar de EEUU en el norte de África.

En este esquema entra también Israel, el gran gendarme de la superpotencia norteamericana en Oriente Medio. En 2020, en el último tramo de su primer mandato -y concediendo como premio a Mohamed VI la «marroquinidad» del Sáhara- Washington promovió que Marruecos e Israel firmaran los Acuerdos de Abraham,, que propicia la normalización de relaciones entre Tel Aviv y algunos países árabes. Una triple puñalada en la espalda: al pueblo saharaui, al pueblo palestino, y al pueblo marroquí.

Desde entonces, Marruecos ha fortalecido su poderío militar gracias a sus lazos con EEUU e Israel. El apoyo de Washington y el acceso a la tecnología militar israelí han acelerado la modernización del armamento marroquí. Rabat ha actualizado sus cazas F-16 y ha incorporado sistemas de defensa aérea de última generación. Además, construyó un muro en el Sáhara con tecnología de vigilancia de Israel.

Además, en áreas más sutiles como la inteligencia y la diplomacia, también se han fortalecido los lazos. Programas espía «made in Mossad» como Pegasus fueron utilizados por Marruecos para espiar a los ministros españoles o al propio Pedro Sánchez. Y los lobbies pro-marroquí, pro-Israel o pro-norteamericanos suelen actuar siempre en la misma dirección en la Unión Europea.

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¿Quién manda aquí?

No hace falta ser un lince para advertir que la crisis de Ceuta llega en un momento de importantes tensiones entre el gobierno español de Pedro Sánchez con Washington y Tel Aviv. Trump ha criticado una y otra vez a España por oponerse a aumentar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB y por negarle a EEUU el uso de sus bases militares durante sus ataques contra Irán. Israel -y Washington- también han chocado con España por el reconocimiento español al Estado palestino y por su condena del genocidio en Gaza y de la guerra con Teherán.

Tras la crisis migratoria en la ciudad autónoma, se ha sabido que importantes think tanks trumpistas y de Israel animaron a Rabat a realizar «una nueva Marcha Verde» sobre Ceuta y Melilla, y que el propio Trump ha empezado a deslizar su respaldo a las pretensiones territoriales de Marruecos.

Los motivos de esto son varios, pero todos sirven a los planes de Trump: deslegitimar el apoyo español a Palestina, castigar su negativa a subir el gasto en defensa, impulsar su ultrareaccionaria agenda antiinmigratoria generando una enorme alarma social… al tiempo que abre un nuevo frente de crisis y desgaste para el gobierno de Pedro Sánchez.

Un gobierno de coalición al que Washington quiere desalojar de la Moncloa cuanto antes, para instalar uno de PP con Vox completamente alineado con sus intereses.

Las razones principales de la crisis de Ceuta no están en Rabat ni en Madrid, ni siquiera en Tel Aviv, sino en Washington.