Cartas sátrapas desde el paisito (V)

Donde se explican los peligros del llamado baile al agarrao

Hace cien años largos el doctor Faustroll -álter ego de Alfred Jarry- publicó en La Revue Blanche uno de sus ensayos patafísicos más citados pero menos conocido: Balistique de la danse. Uno de los directores de la Revue fue el escritor Félix Fénéon encarcelado en 1894 por actividades anarquistas con lo nos podemos hacer idea del pelo del papel en cuestión. Hoy presentamos una traducción canalla de tal artículo adaptada al lenguaje de nuestros días para su mejor aprecio. Está dedicada a mis compañeros sátrapas Oscar, Horacio, Javier y Fraisku, y, por extensión, a mi mujer, bailarina profesional, por no tener más conflictos conyugales que los estrictamente necesarios.

Cervantes nos declara en el prólogo de la primera parte del Quijote lo difícil que es escribir las primeras letras en un papel en blanco (estar suspenso, la pluma en la oreja, el codo en el bufete, la mano en la mejilla…) que hoy puede traducirse por tener la mano en el ratón, rascarse la calva y fumar un pito tras otro. Pues bien, estando yo de esta guisa entró un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó la causa, y, no encubriéndosela yo, le dije que no tenía ni ramera idea de qué podía escribir para esta prestigiosa publicación que -no se sabe por qué oscuras razones- admite mis colaboraciones.

Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente y disparando en una carga de risa me dijo: -Por Dios, hermano, que agora me acabo de desengañar de un engaño en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he tenido por discreto y prudente en todas vuestras aciones. ¿Cómo que es posible que cosas de tan poco momento y tan fáciles de remediar puedan tener fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y penuria de discurso.

Y me propuso que diera a la prensa una de mis barriobajeras traducciones de Jarry con las que gustamos holgarnos en uso interno los sátrapas del Instituto de Altos Estudios Patafísicos y de Ciencias Metafísicas del Ambiente Atmosférico. Ítem más, mis aportaciones fetichistas y comentarios salidos de tono (que Jarry no recogía en el original) no debían variar, sin quitar ni poner coma.

Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal manera se imprimieron en mí sus razones, que, sin ponerlas en disputa, las aprobé por buenas y mandé un hombre a caballo con la última sinsorgada perpetrada por mi puño a mayor gloria de la ‘pafafísica. Hela.

BALISTICA DE LA DANZA

Hoy en día está muy de moda en los circos que las mujeres gasten falda larga y no esos maillots ajustaditos e insinuantes que nos ponen como motos a las personas de gusto y que antaño nos hacían disfrutar tanto con sus juegos icarios dando volteretas hacia atrás o con sus ejercicios del trapecio volante. Esto nos permite apreciar a primera vista la utilidad estética de la ropa femenina moderna y que puede escaparse al observador no avisado. Se hace necesario, pues, arreglar el entuerto.

Cuando una mujer da vueltas con la rapidez de una peonza en plano vertical, la falda, proyectada por la fuerza centrífuga, merece ser comparada -lo que es banal y falso de darse en otras circunstancias- a la corola de una flor que, como es sobradamente sabido, se abre hacia el sol y jamás hacia abajo. El más austero pudor no nos debe producir alarmas y arrebatos, porque, merced a los beneficios de la antedicha fuerza centrífuga, la vestimenta de la beldad se adhiere enérgicamente hasta los pies a condición de que nuestra bella danzarina produzca una rotación lo suficientemente rápida y vaya a toda pastilla en sus cabriolas rotativas.

La danza tal como se práctica, al contrario que en el ballet, admite una inmoralidad flagrante cuando la bailarina da piruetas de reconocido mérito incluso para los no iniciados y la falda se despliega enteramente, siempre por mor de la fuerza centrífuga, de tal suerte que su circunferencia está en el mismo plano que los puntos de sujeción. (Y deja ver la lencería de la ejecutante lo que es de agradecer, por qué no decirlo).«Y me propuso que diera a la prensa una de mis barriobajeras traducciones de Jarry con las que gustamos de holgarnos en uso interno los sátrapas del Instituto de Altos Estudios Patafísicos y de Ciencias Metafísicas del Ambiente Atmosférico.»

Habríamos hurtado señalar este fenómeno mecánico si sólo hubiera estado la moral por medio pero están en juego graves accidentes físicos cuando no negligencias delictivas (Ley 31/1995, de 8 de noviembre, de prevención de Riesgos Laborales y Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género). Imaginemos una pareja valseando en medio del salón en un plano horizontal que es el único que la moda autoriza (bailando el vals, reitero, no en otros menesteres horizontales sobre la moqueta como algunas mentes sucias puedan imaginar). El hombre y la mujer se desplazan circularmente alrededor de un eje imaginario pero puede suceder que uno u otro, la bailarina por ejemplo, coincida por un instante con el eje de rotación al tiempo que su partenaire gravita según la circunferencia. Imaginemos, siguiendo el hilo del cuento y basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad (Quijote 1, I), una velocidad suficientemente acelerada y que el hombre abandone a su compañera por miedo a que ella se fatigue y por galantería francesa. Pues bien, ella saldría propulsada violentamente por la tangente corriendo el riesgo de dejarse la piñada en el intento, y, él, espantado, se emparanoiaría mogollón de sólo pensar en lo que podría caerle con lo de la violencia de género y demás legislación vigente arriba citada.

Si bien es cierto que está prohibido practicar en público ejercicios peligrosos en un plano vertical a menos que en el suelo no se extienda una red que amortigüe caídas y testarazos, no es menos cierto que un hombre sensato no puede consentir valsear en un salón de plano horizontal sin exigir, firme y enérgicamente, una red protectora por las razones antes explicadas. No es peregrino especular que tales redes existían en la antigüedad remota y, si se nos apura, hasta en la Edad de Piedra. A mayor abundamiento podemos encontrar un último vestigio, bien reconocible en nuestros hogares, en sofás, sillones, personas mayores “que hacen tapices o calceta” y toda suerte de corotos comprados en Ikea con los que acostumbramos aliñar nuestros departamentos y dormideros.

Creemos que es nuestro deber recomendar una cuestión asaz provechosa y rentable. De la misma forma que en tempestades, tormentas, ciclogenéticas compulsivas (sic.) y demás catástrofes del ambiente atmosférico marinero, existe un remedio para la posible ruptura de una jarcia añadiendo un segundo cordaje más delgado que sólo rompe por las trompadas del viento, podemos argüir que la virtud protectora de los sillones podría incrementarse enormemente poniendo detrás de cada uno de ellos un florero -preferiblemente valioso para que, llegado el caso, su ruptura sea más suave-, el cual al caer chocaría entre los muebles y la pared constituyendo una almohadilla guapa y mazo muelle. (Alfred Jarry, “Balistique de la danse”, en La Revue Blanche, 15 de enero de 1902).

Conclusiones

Los historiadores oficiales (los que nosotros intitulamos vulgares) gustan recordar que no debe practicarse el presentismo, o, en otras palabras, analizar los hechos del pasado con la mentalidad y valores del presente. Craso error. Los patafísicos vamos más lejos y decimos que lo que importa no es qué se dice sino qué se quiso decir como en el caso del texto que hoy nos ocupa. Jarry lo escribió hace ciento dieciséis años pero sus letras trascienden a la eternidad y son plenamente vigentes. ¿Qué nos dijo entre líneas? Veámoslo haciendo presentismo sin cortarnos un pelo.

Jarry no era marxista-leninista Mao Tse-tung pensamiento cuando nos recomienda comprar un jarrón bueno (de Sèvres, por ejemplo, que valen un pastizal) y no en una tienda de los chinos que son más baratos y reponibles. Era un peligroso anarquista -de los de “arroja la bomba que escupe metralla, coloca petardo, empuña la «Star», etc.- como el director editorial Félix Fénéon con el que estaba en buenos tratos.

Colocando la valiosa porcelana tras el sofá -lugar peregrino donde los haya- nos dice que la garante de los ornatos del hogar es la mujer y no los desastrados hombres que cascaríamos el perifollo a las primeras de cambio y recibiríamos la correspondiente bronca. Tenía, pues, sus puntos de misógino como todo buen sátrapa en el ejercicio de su cargo.

Al hilo de lo anterior, la seguridad laboral y las relaciones mujer/hombre -y viceversa- deben superar la actual legislación por vulgar y obsoleta y nos son necesarias más que nunca soluciones patafísicas. Escondiendo un jarrón carísimo tras el sofá, por ejemplo.

La vaina no va con nosotros pues los sátrapas no bailamos ni al agarrao ni a lo suelto (y no vamos al fúbol ni a los toros por no confundirnos con la plebe) pero ahí dejamos la idea como luz y espejo de la juventud y centinela de las buenas costumbres.