Greenwashing en Glasgow

COP26: los zorros (contaminantes) cuidando del gallinero (climático)

La cumbre del clima de Glasgow acaba sin grandes acuerdos para impedir el cambio climático. Una conferencia en la que ha vuelto a primar el interés de las potencias y burguesías monopolistas más poderosas del mundo sobre los de la humanidad y el planeta

Que la Cumbre del Clima COP26, realizada en Glasgow, «ha sido un fracaso» o que «ha conseguido un resultado decepcionante» no es ningún secreto. No lo dicen sólo los miles de activistas que, como la célebre Greta Thunberg,  se han manifestado a las puertas de esta Conferencia de las Partes, sino que lo admite el propio presidente de la COP26, Alok Sharma, un banquero y alto cargo de la administración de Boris Jonhson. «I’m deeply sorry» («Lo siento profundamente») decía entre lágrimas al cerrar la cumbre.

El balance que hacen de esta cumbre políticos, científicos y ecologistas es unánimemente agridulce. De la COP26 se esperaban compromisos firmes para limitar el aumento global de la temperatura a 1,5 ºC, reduciendo el 45% de las emisiones de los gases de efecto invernadero antes de 2035 y reducirlas a cero en 2050.

El resultado general es un conjunto de tibias declaraciones que no evitarán que -de acuerdo a los modelos actuales- el planeta aumente su temperatura media 2,7ºC, causando enormes trastornos en el clima global, con consecuencias devastadoras sobre los ecosistemas y sobre la humanidad.

Hay algunos avances, al menos sobre el papel. Se ha acordado planes para la defensa de selvas y bosques, así como planes de reforestación. Se ha tomado en serio el papel del metano en el efecto invernadero, firmándose convenios para reducirlo un 30% hasta 2030. Hasta 30 países han acordado dejar de producir coches de combustión en 2035. Se han acordado 100.000 millones de dólares que irían desde los países ricos a los pobres para «ayudarles a adaptarse a los impactos de la crisis climática, desarrollar sistemas de energía limpia y hacer la transición para abandonar los combustibles fósiles». Y han existido acercamientos entre EEUU y China, los dos países emisores de gases de calentamiento global, algo impensable en la era Trump.

El presidente de la COP26, Alok Sharma, cerrando la COP26

Pero visto de conjunto la COP26 ha sido decepcionante. No hay compromisos de limitar el uso de los combustibles fósiles, ni siquiera del carbón, el más contaminante. No hay planes ambiciosos para que las principales potencias reduzcan a la mitad las emisiones globales en 2030. Un punto especialmente farisaico y que ocupa amplios espacios en estas cumbres del clima hace referencia a la existencia de un «mercado mundial de compensaciones de carbono», que además de convertir los «derechos de contaminación» en un hiperlucrativo activo financiero en manos de grandes bancos y fondos de inversión, ha demostrado de sobras su incapacidad para limitar las emisiones. Los «mercados de carbono» se han convertido en una «bula papal» para que las grandes potencias y las grandes corporaciones puedan seguir destruyendo el clima previo pago de su importe.

Una cumbre patrocinada por los principales contaminadores

Este resultado no debería extrañarnos. No sólo porque la destrucción del medio ambiente sea tan consustancial al capitalismo monopolista como lo es la ley del máximo beneficio, sino porque en la COP26 estaban los zorros… cuidando del gallinero.

El lobby mundial de los combustibles fósiles -los representantes directos de los grandes monopolios del gas, carbón, petróleo, o de la industria de la combustión- tenían más representantes en la COP26 que cualquier país asistente. Los grandes contaminadores del planeta tenían 503 lobistas, más delegados en Glasgow que la suma de las ocho delegaciones de los países más afectados por la crisis climática: Puerto Rico, Myanmar, Haití, Filipinas, Mozambique, Bahamas, Bangladesh y Pakistán. Y eso sin contar que países como EEUU, Canadá Rusia o Brasil llevan representantes de empresas nacionales de combustibles fósiles «incrustadas» en sus delegaciones.

Han sido las principales burguesías monopolistas y potencias imperialistas las que han impuesto un insostenible modelo de desarrollo, económico y energético, que está condenando al planeta y a la humanidad.

El «greenwashing» («lavado de cara verde») es tal que los once principales patrocinadores de la COP26 están vinculados a los negocios petroleros o gasistas y suman, en 2020, más emisiones de CO2 que el emitido por Reino Unido.

El calentamiento global es un problema tan peligroso como real para toda la humanidad. Cientos de miles de informes científicos demuestran que el origen del problema es antropogénico, es la actividad industrial. Pero este problema no lo ha producido «la humanidad en general» sino las clases dominantes en particular. ¿La culpa del cambio climático lo tienen por igual los explotadores y los explotados? ¿Son igual de responsables los obreros españoles, los campesinos de Senegal, los indígenas del Amazonas… que un banquero de Wall Street? Los datos dicen que el 1% más rico de la población mundial emite 30 veces más CO2 de lo necesario para cumplir el Acuerdo de París.

Han sido las principales burguesías monopolistas y potencias imperialistas las que han impuesto un insostenible modelo de desarrollo, económico y energético, que está condenando al planeta y a la humanidad. Son ellos, no nosotros, los responsables del calentamiento global. Por eso la solución para por organizarse contra su poder imperialista, cambiando el mundo de base.