Convocatoria inminente de elecciones

«Hace ya mucho que las respuestas del presidente del Gobierno a los desafí­os a los que se enfrenta España apenas merecen crédito alguno por parte de los ciudadanos. Aún peor: su incapacidad en la gestión, los magros resultados de las reformas apenas incoadas, más el lastre y la impotencia de una legislatura agónica auguran un deterioro imparable al que resulta imprescindible poner fin cuanto antes»

A este resecto, la fecha sugerida por algunos dirigentes socialistas para celebrar elecciones (finales de noviembre) es del todo tardía. Si de verdad Rodríguez Zapatero quiere rendir un último servicio a su país, debe hacerlo abandonando el poder cuanto antes y reconociendo la urgencia de que nuestro Gobierno recupere la credibilidad perdida. Los españoles en su conjunto, y los votantes socialistas en particular, se lo agradecerán. EL MUNDO.- A cuatro días de la trascendental reunión de líderes del Eurogrupo, la canciller alemana, Angela Merkel, ni siquiera garantiza su presencia. «Sólo iré si va a haber un resultado. Todavía se está trabajando en ello y hay mucho que discutir», declaró ayer a la cadena alemana ARD. Sólo acudirá si se acepta su tesis de que el sector financiero participe y asuma una parte del salvamento de Grecia. Con esta decisión desoye así al presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, y al presidente José Luis Rodríguez Zapatero, entre otros, que consideran que pedir a los inversores, aunque sea de forma voluntaria, que participen en el rescate aceptando una quita o que se les pague más tarde de lo previsto provocará más tempestad en los mercados. Editorial. El País Final de ciclo Gestionar el final de un ciclo de gobierno no resulta tarea fácil para ningún gobernante y las circunstancias por las que atraviesa España en la actualidad no contribuyen ciertamente a allanar ese cometido. Desde que el presidente del Gobierno desatara las dudas sobre su continuidad en un comentario tan informal como irresponsable a finales del año pasado, los acontecimientos se han precipitado. Para peor. A la fecha nos encontramos con un país amenazado de ruina (atrapado en la vorágine de los mercados financieros desatada sobre Europa), sin perspectiva, con serios problemas de cohesión social y aun territorial, en el que cunde la desilusión entre los ciudadanos sin distinción de ideologías o de clase social. Existen motivos más que fundados para la intranquilidad, patente desde luego tanto en las manifestaciones de los indignados como en los resultados electorales de los recientes comicios. Las turbulencias en los mercados de deuda se han cebado en España con una intensidad que no solo amenaza con estrangular las finanzas públicas, sino que asfixia también desde hace tiempo a empresas de todo tamaño al encarecer su financiación, enterrando la perspectiva de una pronta recuperación económica. El sendero hacia la nada por el que se precipitaron con anterioridad Grecia, Irlanda y Portugal viene siendo recorrido a trompicones también por España, pese a las bienintencionadas declaraciones de las autoridades o los anuncios continuados de iniciativas y reformas que devienen luego ineficaces por su falta de ambición inicial, o sus demoras y continuos retardos, como es el caso del sector financiero, cuya urgencia aconsejaba una diligencia extrema en su resolución. Ni el Gobierno ni el Banco de España han sido consecuentes con ello. Sería injusto responsabilizar de todos los males a nuestras autoridades. Una parte no menor de nuestras aflicciones tiene su origen en Europa y se necesitan por ello soluciones que trasciendan las fronteras nacionales. Pero es imposible no reconocer la parvedad de la aportación española a esas soluciones. Más allá de la impotencia de Europa para solventar sus problemas, la pérdida de confianza en la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero parece irreversible y el creciente escepticismo sobre la gobernabilidad española en las circunstancias actuales amenaza con acrecentar nuestros males. La crisis no es solo económica, sino también, y acaso sobre todo, política. Hace ya mucho que las respuestas del presidente del Gobierno a los desafíos a los que se enfrenta España apenas merecen crédito alguno por parte de los ciudadanos. Las encuestas lo venían demostrando de forma consistente (una reciente coloca al Gobierno del Estado como la institución peor valorada de una lista de 39), y el escepticismo y el desconcierto fueron rubricados por el descalabro de los socialistas en las pasadas elecciones, al tiempo que crecía la contestación en la calle. Más allá de cualquier consideración sobre el origen de las protestas del 15-M, sobre su legitimidad o sus intenciones, resulta evidente que el aprecio que han merecido por parte de la opinión trae causa del profundo malestar en el que se ha sumido el conjunto de un país con cinco millones de parados, en el que 300.000 familias han perdido sus casas en los últimos tres años, y en el que su primer gobernante es incapaz de ofrecer ninguna esperanza razonable de alivio a sus angustias. Rodríguez Zapatero dispone de toda la legitimidad y todo el derecho para terminar la legislatura si así lo quiere y nada en las leyes le obliga a disolver las Cámaras. Pero tras el anuncio, hecho en marzo, de que no concurrirá de nuevo a las elecciones, este periódico sostuvo que sus propósitos de agotar la legislatura solo eran moral y políticamente justificables a condición de que culminase las reformas imprescindibles que asegurasen la estabilidad necesaria, política y económica, para que el país afrontara el periodo electoral en las mejores condiciones posibles. Esa condición no se ha cumplido. Aún peor: su incapacidad en la gestión, los magros resultados de las reformas apenas incoadas, más el lastre y la impotencia de una legislatura agónica auguranun deterioro imparable al que resulta imprescindible poner fin cuanto antes. A este respecto, la fecha sugerida por algunos dirigentes socialistas para celebrar elecciones (finales de noviembre) es del todo tardía. Si de verdad Rodríguez Zapatero quiere rendir un último servicio a su país, debe hacerlo abandonando el poder cuanto antes y reconociendo la urgencia de que nuestro Gobierno recupere la credibilidad perdida. Los españoles en su conjunto, y los votantes socialistas en particular, se lo agradecerán. ******************************** Opinión Esta insoportable levedad Juan Luis Cebrián Hace poco más de un mes asistí en Madrid a varios debates entre intelectuales, políticos, empresarios y ciudadanos del común. A pesar de reunir muy diferente y variopinta asistencia, en todos ellos tuve ocasión de comprobar el singular sentido de ánimo de la sociedad capitalina (creo que la española en general) ante lo que podríamos llamar, parodiando a Kundera, la insoportable levedad del devenir de España. Dos de esos actos estaban relacionados directamente con la recuperación de la memoria colectiva. Uno fue organizado por la Asociación de Defensa de la Transición y el otro, por la Fundación Fernando Abril Martorell, que otorgaba el Premio de la Concordia a Antonio Muñoz Molina. Salvo el incombustible Enrique Múgica y yo mismo, creo que prácticamente no hubo coincidencias entre los presentes en ambas ocasiones. Sin embargo, resultaron tan evidentes la convergencia de actitudes y lo similar de las preocupaciones allí expresadas, que bien puede entenderse que reflejaban un verdadero estado de opinión. Gentes de derechas, de centro y de izquierdas, antiguos comunistas y viejos franquistas arrepentidos, católicos fervientes y ateos recalcitrantes, mujeres, hombres, profesores, jueces, militares, diputados, periodistas e intelectuales, reclamaban, con la serena parsimonia de su experiencia y la firmeza de su convicción, una recuperación del consenso y el pacto como únicas vías para salir del agujero en el que parece hundirse la sociedad española. Por los mismos días me reuní en un par de escuelas de negocios con jóvenes empresarios y directivos, la mayoría de ellos bien instalados, y con otros profesionales y universitarios víctimas del paro, algunos de ellos ocasionales pero frecuentes visitantes, como tantos ciudadanos, de la acampada de los indignados en la Puerta del Sol. Eran gentes nacidas en los años setenta y ochenta, algunos más jóvenes aún, cuyos puntos de vista no divergían mucho de los de la generación de sus padres y coincidían en una expresión de simpatía hacia el movimiento del 15-M, por más que algunos se sintieran molestos por la invasión de la vía pública. Todo ello me sirvió para comprobar la existencia de un creciente malestar que no conoce fronteras ideológicas, generacionales ni de clase social. Puede pensarse que cuanto nos sucede se resume en la profundidad de la recesión económica y la atribulada gestión de la misma. En muchos países europeos, los Gobiernos y los partidos que les sustentan vienen siendo contundentemente desalojados del poder central o local por los electores, en busca de una alternativa posible que mejore la vida de los ciudadanos. Pero la crisis no es solo económica, aunque sus efectos sobre el aumento del paro y el descenso de nivel de vida de las gentes sean los más inmediatos y dolorosos, sino también política y de convivencia. Es además sistémica no únicamente en lo financiero, sino que afecta de lleno al modelo de organización social y al desarrollo individual y colectivo de las gentes. El descontento español, griego, islandés o portugués, ahora italiano también, anida con diferentes expresiones en muchas otras latitudes, y en el norte de África y Cercano Oriente comienza a cuajar en guerras civiles larvadas, o no tan larvadas, como las de Libia y Siria. La falta de liderazgo, en ocasiones capaz de afirmarse solo por la fuerza, la resistencia al cambio de quienes ocupan posiciones establecidas y la inflexibilidad de la respuesta frente a un mundo en continua ebullición, no harán sino prolongar la decadencia de una realidad insostenible. Nos enfrentamos, desde luego, a problemas globales, por lo que las soluciones lo tienen que ser también. Pero la expresión local de unos y otras evidencia las carencias del Estado-nación a la hora de enfrentar estas cuestiones. Eso explica la deriva hacia el populismo de tantos líderes políticos, dispuestos a deslizarse sin mayores cauciones por la senda del proteccionismo comercial, la xenofobia racista y la insolidaridad. El cortoplacismo, atizado por la frecuencia de comicios de todo tipo y las urgencias de las campañas electorales, caracteriza la mayoría de las decisiones de los dirigentes occidentales, que no entienden su incapacidad de competir con algunas sociedades emergentes en las que el calendario —como en el caso de China— corre a diferente velocidad que en el resto del mundo. Sobresale el distanciamiento entre la clase política y los ciudadanos, no solo en los regímenes dictatoriales o autoritarios, sino en democracias más o menos consolidadas. Los acampados en las plazas protestan contra el sistema sobre todo por haber sido excluidos de él. Están contra los partidos, los sindicatos, los banqueros y… los periódicos, o los medios de comunicación en general. A todos se mide por el mismo rasero, como integrantes de una casta reacia a propiciar los cambios que la gente demanda. A todos se les reprocha ignorar que las nuevas tecnologías de la comunicación han empoderado a los pueblos más que algunas de las instituciones democráticas que rigen la vida de los países. Y en todos los casos aspiran a más participación ante lo que consideran el fracaso de la representación política. Los reclamos de reforma de la ley electoral, o contra la presencia de imputados en las listas, se basan en la percepción, desde mi punto de vista acertada, de que los representantes no nos representan, o lo hacen cada vez menos. No digo esto a la búsqueda de alguna popularidad que no merezco entre los nuevos levantiscos. Hace un cuarto de siglo, en mi libro El tamaño del elefante, escribía: “No es ya el Parlamento el que controla al Gobierno, sino el Gobierno el que controla a la mayoría parlamentaria, la diseña de antemano…. Y de acuerdo con los sondeos electorales, la domestica, la manipula y utiliza… Una reforma de todo el sistema de representación política en España es necesaria si se quiere que la democracia avanzada que la Constitución define se haga efectivamente realidad”. A partir de aquella fecha, los problemas no han hecho sino empeorar en ese terreno. Ahora se ven agudizados por la profundidad de la crisis, la destrucción de empleo, la falta de horizonte de las nuevas generaciones y la perplejidad e irritación que producen ver a los dirigentes políticos disputarse el poder por el poder, reproduciendo promesas que nunca se cumplen y rindiendo tributo a una demagogia persistente e inútil. Algunos comparan las revueltas juveniles de ahora con los acontecimientos de Mayo del 68. La escenografía es en parte similar, con esas chicas ofreciendo flores a los robocops policiales, remedando imágenes de una época en la que los manifestantes entonaban el haz el amor y no la guerra. Pero pese a la idílica utopía del movimiento hippie, Mayo del 68 acabó siendo violento, y mayo del 2011 apenas lo ha sido. Las revoluciones han perdido prestigio y habrá que esperar a ver en qué desembocan los acontecimientos del norte de África para saber si son capaces de recuperarlo. En el entretanto, conviene no desdeñar el significado de las protestas. No es solo la representación política lo que está en entredicho, sino un entramado institucional anquilosado y clientelista que sume a los ciudadanos en la desesperanza y el desasosiego. Por lo mismo, hace años que deberíamos haber encarado una reforma constitucional que actualizara la gobernación de este país. Una reforma capaz de instaurar un Estado federal moderno, culminando y corrigiendo el proceso de las autonomías, que cuestione la provincia como distrito electoral y establezca las prioridades para las próximas generaciones de españoles. Un programa así exige no solo un liderazgo del que hoy carecemos, sino una voluntad de acuerdo en la política que permita abordar también, de manera urgente y eficaz, la reforma del sistema financiero y la modernización de las relaciones laborales, sin lo que será imposible dinamizar la economía y generar puestos de trabajo. Pero mientras el país confronta la amenaza de ruina, se desvanece la cohesión territorial y aumentan los conflictos sociales. La pérdida de confianza en la gestión del actual presidente del Gobierno es clamorosa dentro y fuera de España. Es imposible suponer que de una legislatura como la que hemos padecido se derive ya ninguna de las soluciones que los ciudadanos reclaman. El deterioro preocupante del partido en el poder amenaza con desequilibrar el futuro inmediato de nuestras instituciones políticas. Y aunque su recién estrenado candidato ha procurado, con éxito inicial, devolverle la esperanza, no es imaginable que acuda a los próximos comicios sin un congreso previo que restaure su maltrecho liderazgo y diseñe un proyecto que le permita recuperar al electorado y elaborar los pactos que el futuro demanda. Para que todo eso suceda, José Luis Rodríguez Zapatero debe de una vez por todas abandonar su patológico optimismo y renunciar al juego de las adivinanzas. Los titubeos, las dudas y los aplazamientos a que nos tiene acostumbrados son la peor de las recetas para una situación que reclama medidas de urgencia. Su deber moral es anunciar cuanto antes un calendario creíble para el proceso electoral. Solo así podrán los españoles soportar la levedad del ser.  EL PAÍS. 18-7-2011 Economía. El Mundo Merkel echa un pulso a Italia y España por el rescate a Grecia Carlos Segovia A cuatro días de la trascendental reunión de líderes del Eurogrupo, la canciller alemana, Angela Merkel, ni siquiera garantiza su presencia. «Sólo iré si va a haber un resultado. Todavía se está trabajando en ello y hay mucho que discutir», declaró ayer a la cadena alemana ARD. Sólo acudirá si se acepta su tesis de que el sector financiero participe y asuma una parte del salvamento de Grecia. Merkel aseguró que «no está trabajando» en una reestructuración total y obligatoria de la deuda griega, pero no la descartó y reafirmó que, en todo caso, en el segundo rescate de Grecia debe implicarse de forma «importante» el sector privado. Con esta decisión desoye así al presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, y al presidente José Luis Rodríguez Zapatero, entre otros, que consideran que pedir a los inversores, aunque sea de forma voluntaria, que participen en el rescate aceptando una quita o que se les pague más tarde de lo previsto provocará más tempestad en los mercados. «Lo diré muy claro, la participación del sector privado muestra que tenemos un problema único en Grecia con un nivel muy, muy alto de deuda», afirmó ayer la canciller Merkel. Zapatero está intentando frenar el plan de Merkel de que Grecia acepte una reestructuración selectiva y ordenada de su deuda para que el fondo europeo de rescate asuma un segundo salvamento mediante compras de títulos helenos u otras fórmulas. La canciller señaló ayer que hay que evitar el llamado default -la suspensión de pagos totalde Grecia-, porque «tendría el efecto negativo de que otros países ya no harían más esfuerzos» de ajuste. Merkel aseguró que, por si es necesario, se ha programado el jueves tener tiempo para acudir a la cumbre del Eurogrupo. Según confirmaron a EL MUNDO fuentes comunitarias de toda solvencia, el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, mantuvo en privado y a puerta cerrada en las reuniones de la semana pasada en Bruselas que nadie cree desgraciadamente ya en la sostenibilidad de la deuda griega y que hace falta una respuesta creíble. «La solución es la reestructuración de la deuda de Grecia», afirmó, y pidió una reflexión sobre si ésta debe dar el paso dentro o fuera del euro. «Schäuble se mostró totalmente a favor de que Grecia reestructure sin abandonar la unión monetaria», aseguran las citadas fuentes. La canciller mantiene así un pulso contra el Gobierno español y otros países como Italia o Portugal que se alinean, por el contrario, con la posición del BCE, en favor de «una solución europea» con el fondo europeo de rescate. «El Gobierno español sostiene que la reestructuración de la deuda griega no es una buena idea», declaró a EL MUNDO la vicepresidenta de Asuntos Económicos, Elena Salgado. Ésta fue preguntada al respecto sobre si estaba ya dispuesta a contemplar el default selectivo griego como una opción, dada la presión alemana. Salgado se reafirmó en su posición contraria y su rechazo a implicar a los inversores privados en el rescate griego aceptando una quita. «Hay propuestas que no son bien acogidas por los mercados», subraya. Tanto Salgado como su homólogo italiano, Giulio Tremonti, defienden que el acuerdo de Deuville entre Merkel y el presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, para que los inversores contribuyan con la carga del rescate ha sido muy negativo para el método de funcionamiento comunitario y para ganar la confianza de los mercados. Schäuble sostuvo a puerta cerrada esa iniciativa franco alemana pendiente de concreción porque «en la actualidad hay que tener en cuenta a las opiniones públicas». En Alemania, una mayoría cuestiona aportar recursos públicos para el rescate de los países más vulnerables cuando los fondos privados que financiaron sus burbujas no asumen su parte de responsabilidad. Zapatero sostiene que el pacto de Deauville, al no ir acompañado de una fórmula «precisa, rigurosa y previsble», debe ser aparcado para que los inversores frenen su espiral de exigir más remuneración a los países débiles por si deben asumir una quita en el futuro. La prima de riesgo española continúa en niveles récord por encima de los 340 puntos básicos en una cota considerada peligrosa por el propio gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez. Como alternativa al default, España sí propone una reforma del llamado Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF) para que utilice parte de sus 440.000 millones de euros de dotación y compre masivamente deuda griega. Como explica el secretario de Estado para la UE, Diego López Garrido se trataría de que el segundo plan de rescate a Grecia incluyera la compra de sus títulos a plazos muy largos y a bajo tipo de interés. Según el semanario Der Spiegel se abre camino la solución de que el FEEF financie a Grecia la recompra de sus propios bonos. Alemania está abierta a la negociación, pero siempre que sea «creíble para los mercados», según Schäuble. Y esa credibilidad sólo llega ahora, en su opinión, con el citado anuncio de Grecia de que no puede pagar toda su deuda en el plazo señalado. En la misma línea que Alemania, figuran Holanda, Austria o Finlandia. El ministro holandés de Finanzas, Jan Koes de Jager, sostuvo en Bruselas que sólo con más austeridad y reducción de deuda se aplacará a los mercados. El portavoz del Gobierno, José Blanco, declaró ayer a la Cadena Ser que «mientras no se solucione el problema de Grecia la prima de riesgo de España no bajará» y recordó a Alemania que «su mercado es Europa y si va mal, a ellos les va a ir también mal». No obstante, se mostró confiado en un acuerdo en el Eurogrupo el próximo jueves. EL MUNDO. 18-7-2011