'Sirat', de Oliver Laxe

Cine desde el abismo

“Sirat” es cine concebido para golpear al espectador, incomodarlo, incluso causarle daño. Una apuesta de riesgo que, con sus luces y sus sombras, tiene la virtud de no dejar indiferente a nadie.

Cuando “Sirat” se estrenó en Barcelona, un tercio de los espectadores que acudieron a la proyección abandonaron la sala antes que la película concluyera. Mientras que buena parte de los que se quedaron hasta el final acabaron noqueados pero entusiasmados.

Este hecho define la película de Oliver Laxe. Recibe tantas críticas furibundas como apoyos incondicionales. Todos los que la han visto la recuerdan, para bien o para mal.

“Sirat” busca esta división, no tiene miedo en acumular detractores si consigue hipnotizar a otros.

Estamos ante una película extraña, una rara avis en el panorama cinematográfico. Repleta de contradicciones. Quiere ser una obra “contracultural” pero se ha encaramado en la lista de las diez películas más taquilleras, con medio millón de espectadores. Y ha triunfado en grandes festivales, desde Cannes, donde alcanzó el Premio del Jurado, a los Oscars, con dos nominaciones.

¿Qué tiene “Sirat” para provocar un debate tan acalorado, como pocas películas consiguen?

La película nos hace acompañar a un padre, con su hijo, que se adentra en el desierto, persiguiendo unas raves -fiestas techno ilegales- fantasmágoricas, para encontrar a una hija perdida.

Sirat” persigue que nos definamos, a favor o en contra

Pero la brújula que dirige el viaje es presentado a través de unas frases que llenan la pantalla en sus primeros segundos: “Existe un puente llamado Sirat que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello, más afilado que una espada”.

Un viaje cuyo destino no es el paraíso sino el abismo. Hay que arrojarse a él para alcanzar la cima. Es necesario sentir la muerte para vivir más intensamente. Debemos ser sacudidos con dolor para encontrar el rumbo.

Oliver Laxe apunta al espectador y le golpea, busca causarle daño emocional, obligarle a ver lo que no quiere ver, enfrentándolo a situaciones de terror. Partiendo de que es la única vía para que abandonemos nuestra “zona de confort”.

Y lo hace hipnotizándonos con un cine sensorial, donde la imagen y el sonido juegan un papel clave. Situándonos ante la inmensidad del desierto, con montañas que levantan muros o dibujan el horizonte, o interminables kilómetros de arena que configuran un escenario fantasmal. Utilizando la música techno, repetitiva, como la puerta a un trance, similar a los tambores que acompañaban las ceremonias primitivas. Adentrándonos en raves donde una multitud, o unos pocos participantes, alcanzan un peculiar y extraño éxtasis, ayudados por diversas drogas.

Un torbellino visual y auditivo que, al margen de la opinión que se tenga sobre la película, es uno de sus mayores aciertos, creando una atmósfera inquietante que te atrae y te repele al mismo tiempo.

Pero “Sirat” no es solo un ejercicio de estilo, o una provocación gratuita utilizando las imágenes crueles como ariete. Laxe aspira a captar el espíritu del momento histórico actual. Quiere, en sus propias palabras, imitar a “esos filmes que a veces tampoco entiendes de qué van pero muestran la energía de ese tiempo y de una sociedad convulsa. He intentado que Sirat conecte con los miedos y sueños de nuestra generación. Vivimos un eco de fin del mundo, un olor a crepúsculo que se junta con las ganas de que surja un mundo nuevo”.

Un cine sensorial donde imágenes y sonidos nos golpean e hipnotizan

¿Y qué mundo nos dibuja “Sirat”? Uno en el que, aunque encontremos pequeñas luces, está dominado por las sombras. Que avanza sin freno hacia una devastadora guerra mundial.

Sigue a un grupo de supervivientes, lisiados y excluidos, cuyo único destino es encadenar raves en pleno desierto como vía para escapar de una civilización que los ha triturado y escupido. Practican una entrañable comunión y solidaridad, entre ellos y con los demás, pero han abandonado toda esperanza.

El Tercer Mundo es el lugar de los desiertos sin normas, pero sus gentes no aparecen, o cuando lo hacen son sujetos pasivos, y la única fuerza social que aparece con unos sanguinarios militares.

El mundo de sombras de “Sirat” conecta con las amenazas que el trumpismo extiende. Pero el mundo actual es mucho más amplio. Hay luces poderosas, que nacen de los pueblos, de sus luchas y anhelos. No solo nos queda aprender a vivir en el abismo.

“Sirat” abre debates, provoca reacciones encontradas, es antagónica a un cine acomodaticio sino que persigue que nos definamos, a favor o en contra. Y esa es una virtud.

Es además una experiencia cinematográfica que debe vivirse, siempre que se pueda, en la gran pantalla. Allí es donde ese cine sensorial, con imágenes y sonidos que nos golpean y subyugan, adquiere toda su dimensión.