Quienes hemos vivido en Ceuta o en Melilla llevamos con nosotros la valiosa experiencia de haber convivido con muchas culturas y religiones, en todos los ámbitos de la vida de una ciudad. En los barrios, comercios, en los trabajos, en las instituciones.
En el colegio, en el Instituto, tuve compañeras musulmanas, hindúes, hebreas… y por supuesto también cristianas… Esta oportunidad te hace entender que la multiculturalidad enriquece a las comunidades y te hace respetar el origen diverso de cada persona.
Tanto en Ceuta como en Melilla, la convivencia pacífica y respetuosa entre las distintas culturas es un valor añadido a la belleza de estas dos ciudades.
El intercambio de productos de consumo, como alimentos del campo de Marruecos, o medicinas venidas de España, generan una interdependencia que favorece la necesidad de entendimiento.
Su condición de ciudades fronterizas les confiere un carácter único de puente de comunicación con el continente africano. Como por ejemplo la operación “Paso del Estrecho” que ha movido ya este verano más de 20.000 vehículos entre el puerto de Algeciras y Ceuta.
Sin embargo, el hecho de ser ciudades con un ámbito territorial muy reducido y rodeadas de frontera por un lado y mar por otro, genera una sensación claustrofóbica que puede llegar a ser angustiosa cuando, por un lado, la frontera se cierra o está infranqueable y por otro el mar está en condiciones climáticas tan adversas que los barcos no salen o no entran en sus puertos.
En estos casos, no solo se dificulta el habitual tránsito diario de trabajadores y trabajadoras a un lado y otro de la frontera, sino que puede ocasionar el desabastecimiento de productos básicos, con la consiguiente desesperación de la población.
Si a todo esto le añadimos que, de repente, su población se duplica por la llegada masiva de personas migrantes, más de 70.000 en un solo día el pasado 30 de julio, puede generarse una reacción adversa, que de ninguna manera coincide con el espíritu de estas ciudades, de por sí de tradición acogedora.
Este hecho, ha supuesto para Ceuta y su población el desbordamiento de todas las previsiones y medios de atención y emergencia, colapsando los recursos de la ciudad y haciendo peligrar el difícil equilibrio entre dar una respuesta humanitaria y sobrevivir como ciudad.
A pesar de esto, la respuesta de la población ceutí ante la llegada de miles de migrantes, es signo precisamente de estos valores adquiridos a lo largo de generaciones de convivencia y entendimiento.
La gente de sus barrios ha acogido, ayudado, consolado, protegido y dado de comer a quienes han llegado en condiciones muy precarias, han cuidado de los niños y sobre todo de las niñas, especialmente vulnerables, entendiendo y reconociendo que son personas que vienen de vivir en condiciones muy adversas y que buscan una vida mejor, un futuro.
En todo este proceso, hay un sentimiento general de “soledad” de la población ante la inacción de las instituciones tanto estatales como autonómicas que se han entretenido en arrojarse las competencias y las responsabilidades en lugar de dar una respuesta rápida, humanitaria y digna a esta crisis, no sólo para las personas migrantes sino para toda la población ceutí.
(*) Ana Muñoz es miembro de la Coordinadora Estatal de Recortes Cero
