La intervención de EEUU en Ucrania

Algunas claves del barril de pólvora ucraniano

Si ahora es el Kremlin el que agita una cerilla a unos palmos de la dinamita, hay que preguntarse quién ha convertido a Ucrania en un polvorín. Y al buscar las respuestas encontramos el inequívoco rastro de décadas de intervención norteamericana.

No cabe duda de que el detonante del actual episodio de tensión que vive Ucrania está en los masivos movimientos militares -más de 130.00 efectivos en Rusia y Bielorrusia- de Putin a pocos kilómetros de la frontera, en una agresiva maniobra que busca impedir a toda costa que Kiev, un «pivote geopolítico», se integre en la OTAN.

Pero si es el Kremlin el que ahora agita una cerilla a unos palmos de un barril de dinamita, hay que preguntarse quién ha convertido a Ucrania, durante más de una década, en un polvorín. Y al buscar las respuestas nos encontraremos el inequívoco rastro de décadas de intervención norteamericana.

Vayamos a principios de 2014. El palacio presidencial de Kiev está aún ocupado por Viktor Yanukóvich, un ultracorrupto presidente representante del sector pro-ruso de la clase dominante ucraniana. Poco después tendrá que abandonar el país en helicóptero. En noviembre de 2013 ha estallado un masivo movimiento de protesta contra su gobierno, símbolo de la corrupción y la precariedad que sufre la inmensa mayoría de la población. Miles de manifestantes se reúnen en la Plaza del Maidán, portando banderas ucranianas y de la Unión Europea. Los intentos de reprimir con toda crudeza a los manifestantes sólo han alimentado la indignación.

Aunque en su origen fuera un movimiento de genuina y legítima indignación popular, el Euromaidan no era el 15M, ni el Occupy Wall Street, ni la Nuit Debóut. A diferencia de los anteriores, detrás de estas protestas estaba la fracción pro-occidental de la clase dominante ucraniana y sobre todo los aparatos de intervención de Washington.

El Euromaidan y su antecedente, la «revolución naranja» de 2005, fueron en realidad producto de la intervención hegemonista para cambiar el alineamiento internacional de Ucrania. Por la plaza del Maidán desfilaron primeras figuras de la política norteamericana -como el líder republicano, John McCain-, o los ministros de exteriores de Alemania, Polonia o países bálticos. ¿Se imaginan a Putin arengando en París a los chalecos amarillos o a los indignados de la Puerta del Sol?

El Euromaidan y su antecedente, la «revolución naranja», fueron en realidad producto de la intervención hegemonista para cambiar el alineamiento internacional de Ucrania.

Solo en aquellos años, el Departamento de Estado y la inteligencia norteamericana dedicaron más de 5.000 millones de dólares a cooptar a organizaciones y líderes ucranianos, desde plataformas de la «sociedad civil» moderadamente prooccidentales, hasta las tenebrosas bandas de extrema derecha como el Batallón Azov, que emplean símbolos nazis y que en la actualidad dependen del ministerio de Interior ucraniano.

El segundo y mucho más violento Maidán degeneró en batallas campales, incendios, toma violenta de ministerios… y finalmente en el llamado «Jueves Negro» del 20 de febrero de 2014: una masacre de cerca de un centenar de muertos, en la que tiradores de precisión abatieron de forma indiscriminada a manifestantes y policías. Un brutal desenlace -en el que hay evidencias de la implicación de la extrema derecha- que precipitó la caída del gobierno y la huida del presidente.

«Que se joda la Unión Europea»

Victoria Nuland, una importante neocon del Departamento de Estado, es una figura clave en el “golpe de Estado blando” que dio EEUU para apoderarse de Ucrania

De aquellos días data un vídeo filtrado por internet en el que se puede escuchar una comunicación entre dos altos diplomáticos norteamericanos: la entonces secretaria de Estado estadounidense adjunta para asuntos europeos, Victoria Nuland, y el embajador de EEUU en Ucrania, Geoffrey Payette. Ambos conversan sobre cómo potenciar la protesta del Euromaidan para forzar la salida de Yanukóvich… y sobre quién deberían colocar como sucesor al frente del gobierno de Kiev. En un momento del diálogo, en el que ambos apuestan por un candidato proyanqui, frente a otro más proclive a entenderse con Alemania, se escucha a Nuland decir «Fuck the EU!» («¡que se joda la Unión Europea!«), a lo que el embajador, entre risas, dice «exactamente».

Esa misma alta funcionaria del Departamento de Estado, Victoria Nuland, es una destacada halcón estrechamente vinculada al ala más belicista y aventurera del establishment republicano. «Fue asesora del vicepresidente Dick Chenney entre 2003 y 2005 durante la ocupación de Irak, y su marido es el neoconservador Robert Kagan, quien fuera asesor de George W, Bush y cofundador del think-tank Project for the New American Century, cuyo objetivo es promover el liderazgo global estadounidense y fomentar una política reaganiana de fuerza militar y claridad moral», detalla Olga Rodríguez en un sesudo artículo de eldiario.es.

Victoria Nuland, una importante neocon del Departamento de Estado, es una figura clave en el “golpe de Estado blando” que dio EEUU para apoderarse de Ucrania

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Ucrania, un jirón de tela disputada entre gigantes

Lo dice su propio nombre. “U-kraine”, significa algo así como “junto al límite”, “en la frontera”. Desde su propio origen, este territorio parece haber estado destinado a un decisivo papel geopolítico.

En su tratado “El gran tablero mundial: La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos”, el ya desaparecido Zbigniew Brzezinski​ -asesor de presidentes como Carter u Obama y uno de los principales estrategas de la superpotencia- calificaba a Ucrania como “pivote geopolítico”. Es la inevitable puerta de entrada de Rusia a Europa y a las bases militares del Mar Negro, que se proyectan al Mediterráneo. Si Moscú domina Ucrania, se multiplica su capacidad de intervención sobre Europa. Pero sin Ucrania, Rusia queda limitada a la condición de “imperio asiático”. Por eso, en palabras de Brzezinski, EEUU debe “asegurar su presencia en Ucrania a toda costa”.

Esa situación viene de largo, y Ucrania ha sido muchas veces a lo largo de la historia un campo de batalla entre la influencia rusa, polaca, austro-húngara, prusiano-alemana… Pero no vayamos tan lejos y quedémonos en los años noventa del s.XX, justo cuando, tras el colapso de la superpotencia soviética, y con Rusia convertida en un agujero negro, Ucrania se independiza de Moscú y se convierte, tras mucho tiempo, de nuevo en un país formalmente independiente.

La nueva clase dominante ucraniana -magnates todos ellos, sin excepción procedentes de uno u otro sector de la antigua burguesía burocrática soviética- se lanza a una feroz carrera privatizadora por saquear la economía, los recursos y el patrimonio del país, mientras el pueblo vive en la perpetua carestía. Todavía hoy, una simple operación de apéndice en la sanidad pública, puede costar el sueldo de entre 6 y 7 meses. Casi desde el primer momento, se dividieron en dos facciones o en dos tendencias: una pro-rusa, y otra pro-occidental.

Ucrania es un pivote geopolítico vital para los planes de Rusia… y de EEUU.

Sin diferenciarse en absoluto en su grado de corrupción o en sus reaccionarios programas sociales y económicos, estas dos facciones y sus representantes políticos se alternaron en la presidencia, sin llegar nunca a un enfrentamiento antagónico. Cada uno de estos bandos oligárquicos -con mayor o menor influencia según la región del país, pues el sur y el este son rusófilos y rusoparlantes, mientras que el centro y sobre todo el oeste es más nacionalista y hablante del ucraniano- llegaba a pactos y componendas con el otro, conscientes también de la complejidad y diversidad interna de Ucrania, y de la imposibilidad de imponer por completo sus intereses allá sin romper el país.

Pero al mismo tiempo, en su debilidad, cada una de estas dos facciones buscó crecientemente el apadrinamiento de los centros de poder extranjeros orientales y occidentales. La Rusia de Putin subvencionó generosamente a las facciones pro-rusas, favoreciendo el suministro del gas… y los EEUU de G.W. Bush y de Obama -secundados por la Alemania de Merkel y otros países europeos- desembolsaron 5.000 millones de dólares para comprar ONGs, medios de comunicación y todo tipo de instituciones.

Con la «Revolución naranja» primero y el Euromaidan después, la coexistencia corrupta pero pacífica entre ambas fracciones de la oligarquía ucraniana saltó por los aires. Pero al apoyarse en los grupos de extrema derecha ultranacionalistas ucranianos, también lo hizo la convivencia de la sociedad ucraniana. En un país que no había tenido nunca mayor problema en manejar dos lenguas, los gobiernos de Kiev pasaron a prohibir el uso del idioma ruso, o a sucederse los atentados de ultraderecha contra los que manifestaran sus simpatías hacia el vecino del Norte. Un sangriento antagonismo que tiene su mayor y más cruda expresión en la guerra del Donbass, que con mayor o menor intensidad se ha cobrado ya cerca de diez mil vidas.