2009, un año demoledor para España

«La salida de la crisis económica en España se confí­a a la recuperación de los principales paí­ses europeos, más que a nuestras propias capacidades, limitadas por el Gobierno a subvencionar sin lí­mite el fracaso de su polí­tica con un gasto público que hace imposible la regeneración de la economí­a productiva».

El Gobierno de Rodríguez Zaatero ha manejado los intereses nacionales con escaso rigor político y nula profesionalidad en la gestión, tomando decisiones -inmigración, política exterior, autonomías, economía- que ahora nos retratan como el nuevo «enfermo de Europa». (ABC) EL CONFIDENCIAL.- El Gobierno le ha visto definitivamente las orejas al lobo de la recesión. Zapatero anunció ayer un calendario concreto de reformas económicas en cuestiones de calado: pensiones, mercado de trabajo o gasto público. No se conoce, por el momento, ni la intensidad ni el contenido de las reformas, pero es la primera vez que el Gobierno pone fechas precisas a la presentación de sus propuestas LA VANGUARDIA.- El panorama internacional no se ha centrado exactamente en el protagonismo de Obama, sino en la sensación de que nos encontramos al final de una época, un final que se refleja, sin duda, entre otros componentes, en la personalidad del nuevo presidente norteamericano, pero cuyo alcance es de mucha mayor amplitud y envergadura. Final de una época y comienzo de una década. Todo es posible, lo malo y lo bueno. Editorial. ABC 2009, un año demoledor para España EL año 2009 concluye poniendo a España ante un futuro inmediato lleno de incertidumbres e inseguridades. La realidad no justifica ningún otro pronóstico. Baste comprobar que la salida de la crisis económica en España se confía a la recuperación de los principales países europeos, más que a nuestras propias capacidades, limitadas por el Gobierno a subvencionar sin límite el fracaso de su política con un gasto público que hace imposible la regeneración de la economía productiva. A pesar de todo, y aunque habrá que aceptar que lo que el Gobierno llama recuperación consiste, sencillamente, en no caer más, el verdadero problema de España es que se encuentra en un estado de decadencia que nos impedirá recuperar las ambiciones y los protagonismos que se han ido alcanzando en estas últimas décadas, hasta la llegada del PSOE al poder en 2004. Desde entonces, el Gobierno de Rodríguez Zapatero ha manejado los intereses nacionales con escaso rigor político y nula profesionalidad en la gestión, tomando decisiones -inmigración, política exterior, autonomías, economía- que ahora nos retratan como el nuevo «enfermo de Europa». Zapatero puede negarlo una y otra vez con ejercicios de «optimismo antropológico» como los que ayer demostró de nuevo al hacer balance de un año demoledor para España. Pero el optimismo no resuelve por sí mismo los conflictos. De hecho, este deterioro sólo ha sido un reactivo para que den la cara las carencias acumuladas en nuestro sistema político y social. El modelo educativo falla en sus aspectos esenciales de formación, profesorado y homogeneidad. La Justicia se resiente de los efectos de la crisis, pero su situación interna de politización y penuria de medios venía de antes. La organización autonómica del Estado está infiltrada por el soberanismo separatista, que ha sabido aprovechar la renuncia de la izquierda española a mantener su compromiso nacional. La Constitución atraviesa su peor momento gracias a unos pactos estatutarios desleales con la nación española. La política exterior nos ha situado en terreno de nadie mientras otros salen de sus crisis, mantienen sus liderazgos y recogen frutos de su coherencia como aliados. El «efecto Obama» fue un espejismo para el Gobierno, y el Parlamento se ha convertido en un mercado de apoyos que el Ejecutivo paga a las minorías a precio de oro. Y desde 2004, no ha vuelto a haber un pacto de Estado entre Gobierno y el PP. Esa es la realidad -y su percepción por cada vez más ciudadanos, según las encuestas-, y no la que Zapatero se empecina en dibujar. ABC. 31-12-2009 Opinión. El Confidencial Moncloa pretende dar un giro a su política económica sin que se note C. Sánchez El Gobierno le ha visto definitivamente las orejas al lobo de la recesión. Zapatero anunció ayer un calendario concreto de reformas económicas en cuestiones de calado: pensiones, mercado de trabajo o gasto público. No se conoce, por el momento, ni la intensidad ni el contenido de las reformas, pero es la primera vez que el Gobierno pone fechas precisas a la presentación de sus propuestas. El próximo 22 de enero enviará a los agentes sociales -empresarios y sindicatos- su reforma laboral (negociación colectiva, empleo para los jóvenes y temporalidad) y una semana más tarde, el día 29, les hará llegar los cambios en el sistema de pensiones que plantea el Ejecutivo. Ese mismo día, el Consejo de Ministros aprobará un plan de recortes del gasto público. El cambio de estrategia del Gobierno tiene que ver con la constatación de que 2010 lejos de ser un año claro de recuperación económica, como inicialmente barajaba Zapatero (no así sus asesores económicos), continuará sembrado de dudas. Y de ahí que el Ejecutivo intente ahora liderar la mala coyuntura económica llevando la iniciativa. Ocupando todo el espacio mediático. Máxime cuando las encuestas sitúan al Partido Socialista claramente por detrás del Partido Popular, cuya estrategia se parece cada vez más a lo que los anglosajones denominan wait and see. O lo que es lo mismo, Rajoy espera sentado a ver el paisaje que deja la recesión después de la batalla. Queda por saber, sin embargo, si tras la nueva estrategia de Zapatero se esconde un giro meramente cosmético para aparecer ante la opinión pública como un presidente reformador (su gran lastre en términos de credibilidad) o, en verdad, se trata de una nueva política económica. Pero lo que ya sabe Zapatero es que la mala situación económica le puede hacer perder las elecciones. Y de ahí que se haya puesto manos a la obra. Lo que pretende el presidente del Gobierno no es, desde luego, fácil. Su obsesión es mantener su privilegiada relación con los sindicatos, que le garantizan la paz social, pero al mismo y dada la gravedad de la crisis, es consciente de que sin reformas profundas del mercado de trabajo (y más a largo plazo de las pensiones) es imposible pinchar la enorme bolsa de desempleo que ha creado la economía española en los dos últimos años: más de cuatro millones de parados y cerca de 1,6 millones de puestos de trabajo destruidos. Y a la luz de la experiencia no parece que vaya a ser fácil desalojar tanta agua embalsada. Una ingente tarea Entre el máximo nivel de desempleo que se alcanzó en la anterior recesión -un 24,55% en 1994- y el mínimo dato de paro en términos EPA –el 7,95% en el segundo trimestre de 2007- tuvieron que pasar nada menos que trece años, y eso pese a que la economía creció como media por encima del 3%. Algo que hoy por hoy se antoja como una quimera. De hecho, España tardó nada menos que once años en situar la tasa de desempleo por debajo del 10%, lo que da idea de la ingente tarea que queda por delante. En el mejor de los casos, y dando por hecho que la economía crezca durante los próximos diez años por encima del 3% , la tasa de paro española no se situará en niveles europeos –en el entorno del 8%- hasta cerca ya de 2017 o 2018. Y para entonces presionará ya en términos económicos el envejecimiento de la población, con todo lo que ello supone. Algo parecido sucede con la deuda pública. En el mejor de los casos, el endeudamiento no se situará por debajo del 60% -límite asumible para una economía como la española- hasta mediados de la próxima década, y siempre que las administraciones se sometan a una intensiva cura de adelgazamiento. La Comisión Europea ha estimado, de hecho, que en 2011 la deuda pública se situará en el 74% del PIB, con un déficit presupuestario equivalente al 8,1% (dos años antes de que haya que llegar al 3%) y una tasa de desempleo increíblemente elevada: el 20,5%. Es decir, que en términos de algunas magnitudes lo peor está por llegar después de casi dos años de recesión. Purgar los excesos Así las cosas, y como se suele decir, Zapatero intenta hacer una tortilla sin romper huevos, algo que resulta extremadamente difícil en un contexto económico como el actual. Si la recesión ha servido para purgar los excesos del último ciclo expansivo, la tarea de los próximos años es pagar el coste del ajuste en términos de paro y endeudamiento. Y ello exige sacrificios –y medidas impopulares- que hasta el momento Zapatero no ha querido asumir. Básicamente porque es consciente de que su fuerza electoral radica en que sigue apareciendo ante sus votantes como el garante del sistema de protección social. El mensaje que una y otra vez lanza a sus electores es que si gobernara el PP, los derechos de los trabajadores se verían mermados, y con esta etiqueta quiere presentarse a las próximas elecciones. El problema que tiene, sin embargo, es que la economía necesita reformas profundas para aumentar su potencial de crecimiento, que según la Comisión Europea se sitúa en el entorno del 2%. Y con el 2% de aumento del PIB el desempleo continuará en tasas elevadísimas durante al menos un quinquenio. ¿Y por qué Zapatero habla ahora –y no antes- sin tapujos de reformas económicas? Probablemente por un error de diagnóstico sobre la intensidad de la recesión, pero también asesorado por algunos economistas de su entorno, convencidos de que las reformas económicas son más eficaces cuando se aplican al inicio de la recuperación económica y no en el momento álgido de la tormenta. Eso, al menos, es lo que se hizo tras la última recesión. El célebre ‘decretazo’ no se aprobó hasta 1994 y eso sentó las bases de la recuperación. Pero entonces Felipe González tuvo el coraje de enfrentarse a una huelga general. Está por ver si se repite la historia. EL CONFIDENCIAL. 31-12-2009 Opinión. La Vanguardia Fin de época Francesc de Carreras Parecía que este año 2009 iba a ser el año de Barack Obama, tantas eran las expectativas que este había suscitado. Sin defraudar a sus partidarios inteligentes y sensatos –aunque sí, quizás, a los ingenuos que pasan súbitamente del excesivo entusiasmo a la más amarga de las decepciones–, el panorama internacional no se ha centrado exactamente en el protagonismo de Obama, sino en la sensación de que nos encontramos al final de una época, un final que se refleja, sin duda, entre otros componentes, en la personalidad del nuevo presidente norteamericano, pero cuyo alcance es de mucha mayor amplitud y envergadura. ¿A qué época ponemos fin? A aquel alegre y confiado periodo que empezó hace veinte años, en 1989, con la caída del muro de Berlín, símbolo del desplome definitivo del imperio soviético, y pretendió ser el comienzo de una venturosa etapa de paz y prosperidad sin fin bajo la hegemonía de Estados Unidos en todos los terrenos: económico, político, militar y cultural. En efecto, los ideólogos que consideraban la guerra fría el rasgo definitorio de la situación mundial desde 1945 no podían tener otra respuesta. Según ellos, desde esta fecha el mundo hubiera sido perfecto si no fuera por la amenaza de la Unión Soviética. Por tanto, el fin de esta amenaza debía coincidir con el comienzo de la felicidad, el tan esperado happy end de un periodo de dificultades y guerras con un único culpable, el comunismo, que acababa de ser derrotado. Desde esta perspectiva, 1989 suponía el comienzo de una nueva etapa, ya liberada del conflicto principal, que conformaría un nuevo orden mundial más seguro, democrático y pacífico. Conseguidos los últimos objetivos militares, las guerras –y otras calamidades diversas– habían terminado. Pronto se comprobó que, por lo menos desde el punto de vista militar, ello no era cierto. La causa de los conflictos militares no estaba en la voluntad expansiva de los soviéticos, sino en un mundo con las riquezas excesivamente mal repartidas, con fanatismos crecientes que generaban enfrentamientos, con intereses económicos estratégicos en conflicto –fuentes energéticas, necesidades de salida al mar, minerales imprescindibles para nuevas tecnologías, comercio de drogas– y con una industria armamentística clave para la prosperidad económica de los grandes países que necesitaba seguir vendiendo los productos que fabricaba. La guerra del Golfo, el conflicto palestino-israelí, las guerras de los Balcanes y del Cáucaso, los exterminios africanos en Ruanda y Congo, Iraq y Afganistán, han sido o son las caras más visibles del fracaso. Además, el ataque a las Torres Gemelas fue el gran aviso de que una guerra de nuevo tipo estaba empezando en un mundo distinto. La crisis financiera que comenzó en Estados Unidos en agosto del 2007, ramificada rápidamente por todos los países occidentales y que, debido a la globalización de la economía, provocó inmediatamente una crisis económica generalizada en todo el mundo, confirmó aún más el presagio de que el optimismo de 1989 fue un simple espejismo sin base alguna. Ya lo hemos visto: ni paz, ni prosperidad económica, ni democracia política. Tampoco una creciente cohesión cultural en torno a los valores occidentales de libertad e igualdad. Al contrario, aumento del fanatismo islamista, indiferencia asiática hacia los principios ilustrados basada en un misticismo vagamente panteísta, terrible masacre entre hutus y tutsis, fundamentalismo sionista de Israel en su cruel ataque a Gaza, inquietante renacimiento del racismo cultural europeo, no sólo en los Balcanes y en el Cáucaso, sino también en la misma Europa occidental con motivo de la inmigración y con la excusa del terrorismo. En definitiva, un mundo nuevo con viejos problemas no resueltos en fase de continua redefinición y adoptando formas muy diversas. Frente a esta visión pesimista, también hay motivos de optimismo. Uno de ellos es, sin duda, Barack Obama. Lo era hace un año, recién elegido, lo sigue siendo ahora tras casi un año de presidencia. Frente a la visión norteamericana post-1989 de que existía un solo amo del mundo y que los intereses de Estados Unidos debían situarse por encima de todo –über alles, de trágico recuerdo–, Obama aporta una visión no dogmática, sino pragmática, de los problemas actuales. Reconoce la realidad y se pone en la piel de los demás; a partir de sus firmes convicciones está dispuesto a negociar, tal como demostró, en el plano interno, con la nueva ley de sanidad; actúa con mentalidad global y rechaza el unilateralismo de Bush. Un segundo motivo de optimismo es el rediseño fáctico de los poderes mundiales. Del ya inoperante G-8 estamos pasando a un más equilibrado G-20 con nuevos líderes: China, India, Brasil y Rusia, además de Norteamérica y Europa. Esta última, algo apagada en los últimos tiempos, debe frenar ya las reformas institucionales –el tratado de Lisboa debería ser de larga duración– y dedicarse a las reformas económicas y sociales efectivas, así como a la participación con posición propia en los grandes asuntos mundiales. Desde el punto de vista estratégico, intensificar su colaboración con Rusia –hacer llegar su influencia hasta el Pacífico y hasta Oriente Medio– debería ser un objetivo primordial. Final de una época y comienzo de una década. Todo es posible, lo malo y lo bueno. Quien hace predicciones se equivoca. Carpe diem. LA VANGUARDIA. 31-12-2009