“1936”, premio Max al mejor espectáculo de teatro

‘1936’: Memoria contra el shock

“1936” es memoria imprescindible, un “olvidar el olvido” contra una interesada desmemoria que incuba monstruos. Pero también es puro teatro, con una descomunal fuerza que nos hace vivir el pasado como presente.

Un documental que aborde la guerra civil con rigor histórico, destripando el pasado. Una obra de teatro que sea puro presente, que nos haga revivir episodios ya sucedidos como si estuvieran ocurriendo en ese preciso momento. Dos vectores opuestos, casi antagónicos. O se opta por un camino o por otro. Pero Andrés Lima, con “1936” obra el milagro.

Durante más de cuatro horas la guerra civil se despliega ante nosotros desde diferentes perspectivas. Basándose en dos años de trabajo asesorados por historiadores como Julián Casanova o Ángel Viñas.

Contemplamos la planificada y sistemáticamente criminal represión fascista, dirigida no solo a ganar la guerra sino a “limpiar” España de revolución, a encuadrar a golpe de mucha sangre a un pueblo que se había atrevido a desafiar el poder de los que de verdad mandan. Escuchamos a las sádicas arengas de Queipo de Llano, llamando al asesinato y la violación, destinadas a sembrar el terror. O contemplamos la plaza de toros de Badajoz transformada en un gigantesco patio de fusilamiento. Vendiendo entradas a “señoritos” y oligarcas para que contemplen el tétrico espectáculo, dirigido a conservar su poder.

Pero también asistimos a la fuerza arrolladora de un pueblo, que obra el milagro de resistir durante tres años al fascismo. Vivimos la épica de la defensa de Madrid, que resonó en todo el planeta. Admiramos la fuerza arrolladora de las milicianas, encarnadas en una Rosario Dinamitera que se alza gigante a lomos de los versos de Miguel Hernández.

Vemos a los oligarcas conspirando contra la República y financiando el golpe. Con esa cifra, 336 millones de euros, aportados por banqueros y aristócratas para engrasar la maquinaria fascista.

Contemplamos a las grandes potencias apoyando cerradamente a Franco. A la Italia mussoliniana y la Alemania nazi, pero también a las “potencias democráticas”, que asfixian a la República con la farsa de la No intervención.

Pero también contemplamos la revolución, frecuentemente borrada, que se desarrolló durante la guerra, con jornaleros ocupando las tierras, y obreros tomando el control de fábricas. Los nada de ayer lo fueron todo durante un tiempo. Y pretenden que lo olvidemos.

Una memoria histórica tan imprescindible como el pan para comer

Todo esto, y más cosas, desfilan ante nuestros sentidos en “1936”. Puro teatro de la memoria. Un ejercicio de memoria tan necesario para vivir como el pan para comer. El olvido no sucede espontáneamente. Alguien lo impone, y lo hace con un interés siempre turbio.

Y que es puro presente. Andrés Lima dedicó el premio Max “a los 114.000 desaparecidos de la guerra”, que todavía hoy siguen abandonados en cunetas o fosas comunes. Y gritó que “una obra que habla sobre la guerra tiene que alzar la voz siempre contra la guerra: ¡Viva Palestina libre!”.

Imprescindible ahora que, a caballo de una desmemoria impuesta, se quiere blanquear el fascismo para normalizar en el presente las alternativas más reaccionarias.

Andrés Lima había abordado en el díptico “Shock” la imposición del fascismo pinochetista en Chile o la ejecución de las políticas más reaccionarias a cargo de Reagan o Margaret Thatcher. Y era necesario enfrentar nuestro “shock”, el que se ejecutó entre 1936 y 1939 y dio lugar a 40 años de fascismo.

Pero “1936” es teatro. Y el teatro es presente. Existe solo en el momento en que se representa. Y tiene la fuerza poderosa de la inmediatez, de lo que estamos viviendo en ese momento.

Y ese es su mayor acierto. Convertir el pasado en presente. Con momentos teatrales de una energía desbordante.

Vivimos la “desbandá” de la carretera de Málaga a Almería, la mayor matanza de la guerra, donde ciento de miles de civiles desarmados que huyen son acribillados por tierra, mar y aire, por los fascistas españoles y sobre todo por los aviones alemanes e italianos. Y nuestro corazón se acongoja, porque lo estamos viviendo.

Nos metemos dentro de la batalla del Ebro, o vivimos un bombardeo como si nuestra vida estuviera realmente en peligro.

El teatro nos permite vivir el pasado como presente.

El historiador Julián Casanova reconoce “la fuerza de la escenificación teatral”. Porque, según sus palabras, “un espectáculo de una hora y media puede comunicar cosas para las que necesitas mil páginas de un libro”.

Escuchamos a grandes personajes históricos, desde Pasionaria o Azaña, a los tétricos generales africanistas, con Franco, Mola y Yagüe a la cabeza. Pero también vivimos la guerra desde el diario de una adolescente en Barcelona, con la amenaza del fascismo unida a los primeros amores.

“1936” es teatro que nos agita y conmueve. Con una brillante escenografía, que transmite la fuerza de los hechos. Una música que forma parte de la historia. El recurso a elementos tan aparentemente ajenos del rigor histórico como el cabaret. Y un elenco de actrices y actores en estado de gracia, desde Blanca Portillo y Alba Flores a Guillermo Toledo o Antonio Duran “Morris”, capaces de encarnar a varios personajes, algunos de ellos antagónicos.

Contemplar “1936” se convierte en una experiencia y un aprendizaje colectivo. Donde, porque lo hemos vivido juntos, construimos una memoria común.

Teatro y memoria. Memoria y teatro.