[ Número 612 del 09/09/2010] - [ Se Edita a las: 20:00 Madrid, 04:00 Tokio, 22:00 Moscú, 16:00 Sao Paulo, 11:00 San Francisco ]
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INTERNACIONAL [08-01-2010]

Asia Central gira hacia China (y 3)

El corazón de Eurasia se reorganiza

El espectro de la presencia militar de Washington en la región persigue a China. Pekín sabe que EEUU dispone de los medios para hacer uso del islamismo radical como instrumento de su geopolítica

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Por A. Beloki

Posiblemente, 2009 será señalado por los historiadores como un año decisivo para Asia Central. Por primera vez en el período post-soviético, un proyecto verdaderamente regional ha tomado forma. Es una experiencia nueva y un logro político para una región históricamente desgarrada por numerosas tensiones locales, irritaciones mutuas y malentendidos, bien fuera por compartir el agua, por la presencia del islamismo radical, por el medio ambiente o por el ‘Gran Juego’.


Los líderes de Asia Central, mayoritariamente surgidos de la fragmentación de la antigua nomenklatura soviética, han estado buscando desde el fin de la URSS las necesarias aportaciones de capital extranjero para diversificar sus economías y hacerlas menos dependientes de sus importantes pero finitos recursos energéticos. En declaraciones a medios de comunicación, en la víspera de la puesta en marcha del gasoducto, el presidente de Turkmenistán, Gurbanguly Berdymukhamedov, puso de manifiesto en repetidas ocasiones cómo las relaciones de su país con China se han convertido en auténticamente “multifacéticas”.
 
“Los chinos cubren ahora las principales áreas: política, economía, comercio, cultura, ciencia, educación”, dijo Berdymukhamedov. Añadiendo que en todas ellas se da un contexto positivo, “un fondo muy favorable como base para las negociaciones y una posición de partida en ambos lados que favorece el entendimiento mutuo y la confianza, la igualdad y el respeto, la unidad de puntos de vista sobre cuestiones fundamentales de la política mundial y las relaciones bilaterales”.

Los medios de comunicación occidentales suelen atribuir despectivamente esta preferencia de los dirigentes de Asia Central por China porque ésta nunca plantea cuestiones delicadas como la democracia y los derechos humanos. Pero esta es una lectura tan errónea como unilateral y simplista.
 
Además de que los países de Asia Central –al igual que ocurre con lo africanos– vean el discurso de occidente sobre la democracia y los derechos humanos como un doble discurso de potencias imperialistas que no tienen ningún pudor en sostener a regímenes autoritarios sin escrúpulos cuando conviene a sus intereses económicos o políticos, el aspecto principal de la cuestión es que China está  estableciendo alianzas con unas nuevas bases, sobre una nueva relación y a través de una nueva diplomacia.
 
El historial de las relaciones entre China y Turkmenistán en la pasada década muestra los nuevos estándares a los que Occidente tendrá que prestarse si desea jugar activamente en la región. El comercio entre China y Turkmenistán se ha multiplicado por 40 desde el año 2000. 35 empresas con capital chino trabajan hoy en Turkmenistán, operando en sectores como el petróleo y el gas, las telecomunicaciones, el transporte, la agricultura, la industria textil, química y alimentaria, la atención sanitaria o la construcción.

Desde el punto de vista de Turkmenistán, el compromiso global de China con el desarrollo de su economía contrasta con los instintos depredadores de las compañías occidentales que pretenden concentrarse de manera exclusiva en la industria extractora. Y ello a pesar de que, en este proceso, Pekín también acaba haciéndose con la propiedad de una buena parte del sector energético turcomano.
 
Algo que ya fue advertido el pasado mes de julio por el representante especial de EEUU para la energía, Richard Morningstar, quien declaró ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado que dado el empuje geopolítico de China en Asia Central, EEUU necesita desarrollar estrategias para competir con ella en la región. Es la primera vez que un funcionario de alto rango de la administración estadounidense señala abierta y públicamente a China como rival de Estados Unidos en la política energética de Asia Central.
 
Afganistán es el camino más directo
 
En esta nueva situación, 2010 va a presenciar la intensificación de los esfuerzos de EEUU para contrarrestar la creciente influencia y la profundidad de la penetración de China en Asia Central. Las alarmas han sonado ya en Washington.
 
El pasado 15 de diciembre (apenas 24 horas después de inaugurado el gaseoducto Turkmenistán-Xinjiang), en una audiencia especial del Subcomité de Relaciones Exteriores para Asia Central del Senado, George Krol, el secretario adjunto de Hillary Clinton para Asuntos de Asia Central y del Sur, dijo: “Este gobierno no considera el Asia Central como un remanso olvidado ni periférico a los intereses económicos y políticos de EEUU. La región se encuentra en un punto clave de apoyo a la seguridad de EEUU. Exige atención, respeto y nuestros esfuerzos más diligentes...”

Nunca antes un alto funcionario del Departamento de Estado norteamericano había declarado de forma tan explícita las intenciones de EEUU hacia Asia Central. De hecho, en sus manifestaciones hay una advertencia implícita a Pekín de que EEUU vigila de cerca sus incursiones en la región y no le va a permitir seguir desplegándolas sin problemas.
 
La decisión de Obama de iniciar una escalada militar en Afganistán con el envío de 30.000 nuevos soldados no es en absoluto ajena a esto. De hecho, Afganistán, pese a la dificultosa complejidad que entraña una victoria allí, es el camino más directo que tiene Washington en la actualidad para acceder directamente a Asia Central.
 
Como ejemplo de la determinación de EEUU para tratar de ocupar un papel de liderazgo en Asia central, la administración Obama ha anunciado la constitución de un nuevo marco anual de diálogo bilateral de alto nivel con cada uno de los países de la región. Lo que fue enmarcado en términos diplomáticos por el subsecretario Krol en la audiencia citada, al subrayar que una de las prioridades políticas de EEUU pasa a ser  “ampliar la cooperación con los Estados de Asia central para ayudar a los esfuerzos de la coalición para derrotar a los extremistas en Afganistán y Pakistán y llevar la estabilidad y la prosperidad a la región”. Lo que, según su visión, debe ir acompañado de un esfuerzo por “aumentar el desarrollo y la diversificación de los recursos energéticos de la región y las rutas de suministro”.
 
Este es, sin embargo, un camino arduo y, sobre todo, demasiado lento y costoso a la luz del dinamismo y la capacidad mostrada por Pekín en este terreno. Por lo que aunque la Administración Obama lo ponga efectivamente en marcha, será necesariamente como vía auxiliar. Lo que nos remite nuevamente al escenario afgano.
 
Doble punto débil
 
Si económica y políticamente China ha multiplicado su presencia y su influencia en Asia Central, el eje vertebral de su proyecto para la región presenta sin embargo dos puntos débiles, que en realidad no son sino la doble manifestación de un mismo problema.
 
En primer lugar, la explosión de violencia del pasado verano en Xinjiang ha puesto sobre aviso de los riesgos que implica la necesaria entrada en China de los recursos energéticos de Asia Central por una región cuya inestabilidad potencial –convenientemente azuzada por EEUU– es extremadamente alta, mayor incluso que en el Tíbet. Que una gran parte del petróleo y el gas que China consume llegue a través de una única región étnica, cultural y lingüísticamente turcomana y mayoritariamente musulmana pone sobre el tapete la cuestión de si la ruta de Asia Central es realmente más segura que las rutas a través del Sudeste de Asia o el Mar Meridional de China.

A medida que EEUU y sus aliados aumentan la presión militar sobre los fundamentalistas islámicos en Afganistán y Pakistán, empujándolos hacia el interior, hacia Asia Central, una nueva implicación se hace evidente: los gasoductos entre Asia Central y China pueden llegar a convertirse en un blanco fácil para ellos. Informes del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington ya han puesto de manifiesto que la seguridad sería imposible si los oleoductos que pasan a través de grandes extensiones de zonas poco pobladas de Asia Central y Xinjiang se convierten en objetivos. No hay manera de proteger los oleoductos a lo largo de sus miles de kilómetros de longitud, dice su informe, lo que, viniendo de donde viene, constituye toda una amenaza nada velada. Los disturbios en Xinjiang en particular, y la expansión del islamismo radical en determinadas zonas de Asia Central en general ponen en peligro el sistema de oleoductos levantados por Pekín como alternativa a las rutas marítimas controladas por EEUU.
 
El espectro de la abierta presencia militar de Washington en la región persigue a China. A fin de cuentas, Pekín fue aliado de Estados Unidos en la guerra afgana contra la ocupación soviética de los años 1980 y sabe que EEUU dispone de los medios y los recursos necesarios para hacer uso de elementos extremistas y radicales como instrumentos de su geopolítica.
 
En estos últimos días, algunos de los más importantes medios de comunicación del mundo, al hacer proyecciones sobre lo que nos espera en 2010, han advertido de un más que posible incremento de las tensiones y choques entre Washington y Pekín, situando las “guerras comerciales” como su motor. Nadie debería desatender, sin embargo, el auténtico pulso de poder soterrado que ambos gigantes están preparándose para librar en torno a Asia Central, el corazón geopolítico de Eurasia.



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