Un plan de ahorro nacional reduciendo los gastos superfluos del Estado

Diecisiete Saturnos devorando el paí­s

No se trata de trapacerí­as individuales. Dilapidar el dinero público se ha convertido en un deporte nacional para la clase polí­tica española.

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11-01-2009
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No es casual que el gasto público de las 17 comunidades supere desde hace tres años al del Estado central. Ese año, las comunidades gastarán 22.000 millones de euros más que el gobierno central. No es casual que el gasto público de las 17 comunidades supere desde hace tres años al del Estado central. Ese año, las comunidades gastarán 22.000 millones de euros más que el gobierno central.
Si juntáramos todos los dispendios públicos que han salido a la luz pública durante 2008 conformarí­an una auténtica galerí­a de los horrores: desde los 2,2 millones de euros que el presidente gallego gastó en amueblar un despacho que apenas utiliza hasta los 180.000 euros que el ayuntamiento de Zaragoza empleó en adquirir una mesa de madera. Pasando por los 21.000 euros que Carod Rovira cobra por dietas de transporte -a pesar de contar con coche oficial- o los 9.278 euros que Ernest Cenacho, presidente del parlamento catalán, utilizó para "tunear" su Audio A-8.
No se trata de trapacerí­as individuales. Dilapidar el dinero público se ha convertido en un deporte nacional para la clase polí­tica española. Y las diecisiete autonomí­as -en cuestión de gasto no hay hechos diferenciales- se llevan la palma. Las élites autonómicas, unidos a los viejos caciques locales, han conformado auténticas burguesí­as burocráticas locales, para las cuales el incremento, hasta el paroxismo, del aparato para estatal autonómico, y el acceso privilegiado al reparto de los recursos cada vez mayores que controlan, es su principal fuente de poder.
No es casual que el gasto público de las 17 comunidades supere desde hace tres años al del Estado central. Ese año, las comunidades gastarán 22.000 millones de euros más que el gobierno central.
Los actuales polí­ticos catalanes, por ejemplo, han cambiado la tradicional prudencia en el gasto de la burguesí­a catalana por una delirante prodigalidad a la hora de dilapidar el dinero de los demás. Para financiar la disgregación no se repara en gastos.
Cataluña gasta 95 millones de euros… ¡en polí­tica exterior! Y 2,2 millones en mantener embajadas, como la que encabeza el hermano de Carod Rovira en Parí­s. En total, las diecisiete comunidades gastarán en 2009 73 millones de euros en mantener 32 embajadas.
La financiación de las selecciones deportivas catalanas es otro delirante derroche. La Generalitat financia con 12.300 euros al korfball, con 16.500 euros al Iceestock, o con 22.875 euros al fistball. Deportes que nadie conoce y a nadie interesan, pero que permiten competir internacionalmente a una selección catalana separada de España.
Ibarretxe aporta el lado sangrante al dispendio, financiando con 225.084 euros a los presos de ETA, o con 104.698 a la "ví­ctimas de la violencia policial".
¡Basta ya! España necesita pedir a crédito anualmente 100.000 millones de euros al exterior -principalmente a Alemania y Francia- para financiar el crecimiento económico, acumulando un déficit por cuenta corriente casi equivalente al PIB nacional.
Sólo con que el Estado -empezando por los gerifaltes autonómicos, y continuando por el gobierno central- redujera en un 5% sus gastos, se capitalizarí­an miles de millones de ahorro nacional -hoy dilapidados en gastos suntuarios, mantenimiento de redes clientelares o impulso a la disgregación- que se podrí­an emplear en reducir la dependencia de la financiación exterior, impulsando un desarrollo productivo independiente

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