Cine

Camino de los Goya: El cine español ante un abismo peligroso

Las cifras del 2008, están "maquilladas" e "infladas", de forma artificiosa, sobre la base de integrar en ellas (y, por tanto, considerar como "cine español") pelí­culas como "Vicky Cristina Barcelona"

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10-01-2009
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El próximo 1 de febrero, en el Palacio de Congresos Juan Carlos I, del Campo de las Naciones, en Madrid, organizada por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (AACCE) se celebrará la Gala de los XXIII Premios Goya. El marco previo a su celebración no infunde optimismo, ciertamente. Tras la brutal caí­da de espectadores del año pasado (más de 6 millones respecto a 2006, ocho con respecto a 2005), 2008 no ha supuesto la ansiada recuperación ni la necesaria "reconciliación" entre el cine y el público españoles. El próximo 1 de febrero, en el Palacio de Congresos Juan Carlos I, del Campo de las Naciones, en Madrid, organizada por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (AACCE) se celebrará la Gala de los XXIII Premios Goya. El marco previo a su celebración no infunde optimismo, ciertamente. Tras la brutal caí­da de espectadores del año pasado (más de 6 millones respecto a 2006, ocho con respecto a 2005), 2008 no ha supuesto la ansiada recuperación ni la necesaria "reconciliación" entre el cine y el público españoles.
Según los últimos datos proporcionados por el Ministerio de Cultura (a mediados de noviembre), la cuota de mercado del cine español ha subido levemente respecto a 2007 (del 13,47% al 14,04%), lo que significa , ante todo, que no ha remontado la caída de entre 5 y 6 puntos que tuvo en 2007. Pero es que, además, las nuevas cifras, las cifras del 2008, están “maquilladas” e “infladas”, de forma artificiosa, sobre la base de integrar en ellas (y, por tanto, considerar como “cine español”) películas como “Vicky Cristina Barcelona”, de Woody Allen: “Che, el argentino”, de Steven Soderbergh, o “Asterix en los Juegos Olímpicos”, de Fredéric Forrestier. La “razón” de esta inclusión es que en las tres hay capital español, aunque minoritario.

Como esos tres filmes son de los pocos que este año han superado en taquilla el millón de espectadores, si no se computaran como “cine español” (y no se deberían computar, porque no lo son: ninguna de las tres, si compitiera en un festival, por ejemplo, lo haría bajo pabellón español), la cuota de pantalla del cine español caería hasta sólo un 10%, una cifra que sólo cabe calificar como “catastrófica” e “incomprensible”, máxime para un sector que se declara absolutamente “concienciado” de la importancia y del significado de una cinematografía nacional, y de la importancia y el significado de “combatir” el colonialismo cultural que representa que más del 70% del cine que se exhibe y se consume en nuestro país provenga de EEUU.
Algo está fallando gravemente en la cadena de producción-realización-distribución del cine español y en la imprescindible “conexión” de las películas con el público para que, en un momento en que nuestro país dispone de una pléyade impresionante de directores, actores, actrices, fotógrafos, etc., mundialmente reconocidos y galardonados, el cine español esté, en cambio, bordeando un abismo inquietante y francamente peligroso.

Por otro lado, y en ese contexto difícil, la carrera de los Goya de este año se presenta – como no podía ser de otra manera – poco atractiva y nada brillante. Ninguna de las cuatro películas que compiten básicamente por todos los premios son obras verdaderamente logradas, aunque todas ellas contengan valiosas aportaciones y momentos de verdadero cine. La única de ellas que ha obtenido un verdadero respaldo del público ha sido “Los crímenes de Oxford”, de Alex de la Iglesia (cerca de un millón y medio de espectadores: la onceaba película más vista del año en España). El valor y arrojo que Agustín Díaz Yanes le ha puesto a su “Solo quiero caminar” – con magníficas interpretaciones –, se ha visto en gran  parte “neutralizada” por un guión confuso y tal vez mal desarrollado, lo que explica que apenas 200.000 hayan ido a verla: el boca a boca, más que a favor, ha jugado en contra. “Los girasoles ciegos” (con un guión en el que ha colaborado Rafael Azcona: su última contribución al cine español) es una confirmación de que el género “dramático” no es, sin duda, el mejor registro de José Luís Cuerda: la película no alcanza el excepcional nivel del relato en que se basa y desaprovecha una oportunidad única de haber hecho una “película definitiva” sobre la posguerra española. No obstante, quizá sea finalmente la más favorecida por una Academia, proclive a subordinar su necesaria independencia a “compromisos políticos” del momento: se premiaría así la “memoria histórica”. Por último, “Camino, de Javier Fresser, es quizá la apuesta más arriesgada de todas, a la par que cuenta con una interpretación verdaderamente prodigiosa de la niña Nerea Camacho, que da a la película una hondura escalofriante.

En un año en que tantas cosas y tantas realidades están en crisis, el cine español no debería dejar pasar la oportunidad de reconocer, diagnosticar y ofrecer soluciones a la suya. No se puede seguir mirando para otro lado.
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