Azkoitia y el fascismo cotidiano en Euskadi

La mirada de la Gestapo

Manoli Uranga también vive en Azkoitia, y está obligada a conllevar la presencia cotidiana de dos escoltas. Las amenazas comenzaron cuando salió elegida concejal por el PSE la pasada legislatura.

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10-01-2009
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A José Luis Pinillos, catedrático vizcaí­no, la cautela, medias palabras y silencios de los habitantes de Azkoitia -donde ETA ha asesinado a Ignacio Urí­a- al hablar de polí­tica, le recuerda la mirada en los tiempos de la GESTAPO, que escrutaba el entorno antes de hablar para detectar la presencia de posibles delatores. A José Luis Pinillos, catedrático vizcaí­no, la cautela, medias palabras y silencios de los habitantes de Azkoitia -donde ETA ha asesinado a Ignacio Urí­a- al hablar de polí­tica, le recuerda la mirada en los tiempos de la GESTAPO, que escrutaba el entorno antes de hablar para detectar la presencia de posibles delatores.
Manoli Uranga también vive en Azkoitia, y está obligada a conllevar la presencia cotidiana de dos escoltas. Las amenazas comenzaron cuando salió elegida concejal por el PSE la pasada legislatura. Entonces, vale la pena recordarlo, la alcaldía pertenecía al “nacionalismo moderado” del PNV, y no a las huestes de ANV.
Un periodista, también vecino de Azkoitia, y también obligado a llevar escolta, remacha que “el discurso de las instituciones vascas, controladas por el PNV desde hace un cuarto de siglo, es desmoralizador en el sentido de que condena moralmente el terrorismo de ETA, pero también condena la violencia de Madrid. O sea, hay que aguantar porque todo se resolverá negociando la autodeterminación”.
Las palabras del celador de la basílica de Loyola, situada a escasos 300 metros de la esquina donde fue asesinado Uría, (“hijo mío, aquí lo mejor es oír, ver y callar, porque sino te pueden pegar tres tiros”) son demasiado parecidas a las pronunciadas durante el franquismo (“si no te metes en política, no te pasará nada”).
Historias como esta, expresión del fascismo cotidiano impuesto por el nacionalismo étnico, son ignominiosamente cotidianas en Euskadi.
Según refleja un informe escrito por el analista de 'Bakeaz' Doroteo Santos y publicado por la revista de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, más de 40.000 personas en Euskadi están afectadas directamente por este tipo de “violencia de persecución”.
Santos alerta sobre “el error de pensar en ella como en un método secundario de coacción política o en un tipo de agresión menor (...) no se trata de algo que nazca por generación espontánea, sino que es una de las formas planificadas de actuación del entorno del terror”.
¿Cómo es posible que un rincón de España la libertad y los derechos democráticos todavía sean una quimera? ¿Quién se beneficia de todo esto?
Esas parrokiokavernas en que se han transformado muchos pueblos vascos –donde el mero hecho de votar al PP o al PSOE es un acto de riesgo- es el auténtico granero de votos que permite mantener, de forma cautiva, el poder en manos de los Ibarretxe y Arzallus.
Unos menean el árbol, y otros recogen las nueces.
 
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