Modelo Económico Español (III): La tercera gran dependencia

La dependencia energética

La actividad económica de nuestro paí­s depende de fuentes de energí­a externas sin las cuales se paralizarí­a, fundamentalmente el petróleo y el gas, pero también la energí­a nuclear francesa

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08-01-2009
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La tercera de las cuatro grandes dependencias, la dependencia energética, es uno de los lastres históricos de la economí­a española. La actividad económica de nuestro paí­s depende de fuentes de energí­a externas sin las cuales se paralizarí­a, fundamentalmente el petróleo y el gas, pero también la energí­a nuclear francesa.
 (EFE)
(EFE)
La tercera de las cuatro grandes dependencias, la dependencia energética, es uno de los lastres históricos de la economí­a española. La actividad económica de nuestro paí­s depende de fuentes de energí­a externas sin las cuales se paralizarí­a, fundamentalmente el petróleo y el gas, pero también la energí­a nuclear francesa.
La dependencia energética externa es una de las cuestiones estratégicas vitales a resolver. La Comisión europea realiza sistemáticos estudios para resolver una dependencia energética externa de la Unión Europea que registra un aumento constante. La UE cubre sus necesidades energéticas en un 50% con productos importados y todos los estudios apuntan que si no se lleva adelante un plan de diversificación de las fuentes energéticas de aquí a 20 ó 30 años ese porcentaje será del 70%.
Pues bien, en el caso de España el problema es mucho mayor ya que se importa casi el 80% de la energía primaria que se consume y el 50% de la producción de energía eléctrica se hace con materias primas energéticas importadas.
Las fuentes de energía se reparten de la siguiente manera: Petróleo 49%, Gas natural 20%, Carbón 14%, Nuclear 10%, Hidráulica poco más del 1% y las renovables no alcanzan el 5%. Es decir, que casi el 85% de la energía proviene de biocombustibles fósiles (petróleo, gas, carbón) de los cuales sólo producimos una parte del carbón que se consume por ser éste de baja calidad para producir electricidad.
Dependencia externa que acarrea riesgos económicos, políticos y ecológicos. El aumento del precio del petróleo en los últimos años ha lastrado considerablemente el desarrollo económico español dada la extremada dependencia energética del petróleo.
Limitar considerablemente –o poner fin– a esta dependencia energética es un objetivo estratégico y de largo alcance para la economía del país. Recursos hay para ello. El único problema es de decisión y voluntad política. Es urgente elaborar un plan nacional que partiendo de la necesidad de reducir el consumo de energías fósiles –que representan un 15% del total de las importaciones españolas–, establezca los objetivos y los medios necesarios para ello.
Sin embargo, en estas últimas semanas estamos asistiendo a cuál es la verdadera realidad de cómo se gestionan los asuntos de un sector tan estratégico como es el de la energía; el caso de la venta de Repsol está poniendo de manifiesto que los asuntos vitales españoles están en manos de una oligarquía financiera que utilizando sus íntimas relaciones con el poder político pone los recursos del país y a todos los españoles a trabajar al servicio de multiplicar sus ganancias.
 
Repsol: Tú vendes, yo cobro
La posible venta de un 29,9% de Repsol a la petrolera rusa Lukoil evidencia cómo la dependencia energética de la economía española, es fruto de las decisiones políticas y no de la falta de recursos propios.
Repsol, heredera del antiguo monopolio estatal CAMPSA, primera petrolera española y octava del mundo, sexta empresa del país y principal monopolio del estratégico sector de la energía, está a punto de caer en manos de la mafia rusa, la que en medio de la ola de frío que recorre Europa, ha cortado el suministro de gas. La posible operación financiera, ha traspasado el campo económico y ha desatado tal tormenta política que hasta el PSOE se encuentra dividido.
 
Más importante que el Peñón de Gibraltar
Para comprender el calado de lo que supone la venta del gigante energético español es necesario remontarse a su origen. Repsol nace de la privatización del antiguo monopolio estatal del petróleo Campsa, creado en 1927 por Primo de Rivera y que supuso una pieza clave en el intento de crear un capitalismo monopolista en España autónomo de las principales potencias. La creación de Campsa, de la que se dijo entonces que era “más importante para España que la recuperación del Peñón de Gibraltar”, fue producto de la expropiación de la Standard Oil y la Shell, dos grandes trusts internacionales que monopolizaban el mercado español. Tuvo como primer objetivo el control nacional sobre el petróleo, pero también la gestación, de un sólido conglomerado industrial en el sector energético, químico y petroquímico. Su puesta en marcha multiplicó los ingresos fiscales, creó y desarrolló la industria refinadora y sus efectos se notaron en la expansión del incipiente tejido industrial español. De hecho, la creación de Campsa fue clave para que Londres y los Rockefeller decidieran promover la caída de Primo, maniobrando hasta conseguirlo.
Ocho décadas después, el estratégico mercado del petróleo español –y de parte de Iberoamérica- se va a entregar al capital extranjero. ¿Por qué? Y ¿quiénes se van a beneficiar de esta operación?
 
Tú vendes, yo cobro.
El desencadenante de la venta está en la imperiosa necesidad de Sacyr –la constructora que posee el 20% de Repsol- por hacer frente a los cuantiosos pagos de la deuda que contrajo para convertirse en la principal accionista de la petrolera. Dos años después de aquello, Sacyr es una empresa técnicamente en quiebra incapaz de pagar –tendría que estar 20 años dedicando todo su beneficio bruto para liquidar su deuda-. La exigencia de los bancos reclamando el pago en sus plazos es lo que precipita la venta de Repsol y entre estos acreedores, Botín, ocupa un destacado lugar ya que posee el 25% de la deuda de Sacyr. Repsol debe venderse para que Sacyr pague a Botín.
Pero Botín no se conforma con cobrar la deuda y va a hacer un triple negocio. Primero obligando a que las acciones de Repsol se vendan al precio de hace dos años y que es el doble de lo que valen hoy. Esta es la condición que parece que sólo la rusa Lukoil está dispuesta a aceptar.
Segundo y dado que Lukoil carece de los 9.000 millones de euros para la compra del 29,9% de Repsol, le prestarán el dinero el propio Botín, el resto de bancos acreedores y La Caixa –otro de los vendedores–.
Y tercero, lo va a hacer recurriendo a los 150.000 millones que el gobierno ha ofrecido a los bancos y que pagaremos todos los españoles. Es decir que, con nuestro dinero Botín le hace un préstamo a los rusos para que compren Repsol al doble de su valor actual, dinero que a su vez vuelve a Botín cuando Sacyr le pague la deuda, pero además, como los tipos de interés actuales son superiores, los rusos le pagarán a Botín intereses muy superiores a los que tenía Sacyr. De la entrega del sector estratégico de la energía a manos extranjeras, Botín y sus aliados van a obtener tres suculentos negocios. No es de extrañar que Botín opinara de Zapatero ante el Rey «No sabemos la suerte que hemos tenido con este hombre en la presidencia, está colocando España en lo mas alto de la escena internacional, un hombre providencial para todos».
No existe la posibilidad de dar una alternativa a la economía española sin abordar cómo zafarse de las nefastas consecuencias de estas grandes dependencias, siendo conscientes de que requieren decisiones políticas que defiendan los intereses nacionales.
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