El director de la CIA acusa a Cheney de desear que EEUU sea atacado

Cheney: deseos muy peligrosos

¿Un vicepresidente de los EEUU deseando ("casi") un ataque contra su paí­s?. Para cualquier bienpensante tal idea pertenecerí­a al basurero de las "teorí­as conspirativas".

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16-06-2009
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Bush se ha refugiado en el rancho, pero el que fuera verdadero cerebro gris de su administración, el auténtico presidente entre bambalinas, sigue dando la batalla en nombre de los `neocon´. Cheney no pierde ocasión de arremeter contra Obama cuando éste desmantela pilares de la lí­nea de "dictadura terrorista mundial" que la Casa Blanca impuso furibundamente al planeta tras el 11-S. El ex-vicepresidente calificó el cierre de Guantánamo y la prohibición de la torturas de "insensatez extrema" y se mostró convencido de que EEUU era más vulnerable a un ataque con Obama al frente. El director de la CIA, León Paneta, ha salido en defensa de su jefe y ha acusado a Cheney de "casi desear que este paí­s sea atacado de nuevo para reafirmar su postura". ¿Lo desea sólo casi?
 El ex-vicepresidente norteamericano, Dick Cheney. No Copyright
El ex-vicepresidente norteamericano, Dick Cheney. No Copyright
Bush se ha refugiado en el rancho, pero el que fuera verdadero cerebro gris de su administración, el auténtico presidente entre bambalinas, sigue dando la batalla en nombre de los `neocon´. Cheney no pierde ocasión de arremeter contra Obama cuando éste desmantela pilares de la lí­nea de "dictadura terrorista mundial" que la Casa Blanca impuso furibundamente al planeta tras el 11-S. El ex-vicepresidente calificó el cierre de Guantánamo y la prohibición de la torturas de "insensatez extrema" y se mostró convencido de que EEUU era más vulnerable a un ataque con Obama al frente. El director de la CIA, León Paneta, ha salido en defensa de su jefe y ha acusado a Cheney de "casi desear que este paí­s sea atacado de nuevo para reafirmar su postura". ¿Lo desea sólo casi?
 
En una entrevista a la revista New Yorker, el nuevo director de la CIA –que fue asesor de Bill Clinton- ha arremetido contra la cabeza visible de los partidarios de la línea Bush -su propio vicepresidente y artífice de sus políticas más avetureras, agresivas e incendiarias-, Dick Cheney. “Cuando lees entre líneas, es casi como si deseara que este país fuera atacado de nuevo, para reafirmar su postura", dijo Panetta refiriéndose al líder neocon, que ha criticado con dureza el abandono de técnicas de interrogatorio como el waterboarding o el cierre de la cárcel de Guantánamo. Cheney ha defendido sin ningún reparo que aquellas prácticas fueron “imprescindibles para defender al país de las amenazas del terrorismo”.
 
 
Dejando aparte lo cómodo que se sienten –y lo buen que les viene- los miembros de la administración Obama denunciando las soflamas ultrarreccionarias e impopulares de los `neocon´ para dotarse de magnífico barniz de demócratas, defensores de los derechos humanos y paladines del cambio post-imperial, lo cierto es que Panetta –a la sazón tiene acceso a la información más importante del mundo- ha dado en el clavo. Incluso se ha quedado –intencionadamente- corto.
 
 
¿Un vicepresidente de los Estados Unidos de América deseando (“casi”) un ataque contra su país?. Para cualquier bienpensante tal idea pertenecería al basurero de las “teorías conspirativas”. Pero la realidad es tozuda, y la información de la que ahora disponen las hemerotecas es mucho más inquietante que la que existía después del ataque a las Torres Gemelas.
 
 
Hoy es de dominio público que el atentado contra el World Trade Center de New York fue seguido de cerca por agentes del FBI, puestos sobre la pista de los terroristas de Al-Qaeda por los propios ciudadanos. El instructor de vuelo de uno de ellos llamó alarmado a las autoridades cuando su alumno se empeñaba en hacer prácticas de picados con un Boeing 707. Y de repente, órdenes dadas desde arriba paralizaron la investigación de manera fulminante, para desconcierto de los agentes encargados. Meses después tuvieron que observar horrorizados como dos aviones reducían los edificios más poderosos de Manhattan a un amasijo de escombros retorcidos.
 
 
Pero también son sobradamente conocidos los integrantes del poderoso think-tank neoconservador Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (NACP en inglés) que meses antes de la victoria de Bush, ya redactaban lo que habrían de ser las líneas maestras de su línea de `dictadura terrorista mundial´: EEUU necesitaba recuperar el terreno perdido en los años de Clinton, en los que la hegemonía consensuada había dado como resultado el surgimiento de polos hegemonistas emergentes –Alemania o Japón- y sobretodo inquietantes economías ascendentes en Asia. La superpotencia debía poner en tensión su abrumadora superioridad militar para asentarse firmemente en el corazón del nuevo continente clave y dinamitar todo el sistema de farragosos consensos internacionales para instaurar entre los aliados una relación de vasallaje.
 
 
Los estrategas del NACP –entre los que encontramos a Wolfwovitz, Rumsfeld o… Cheney- señalan al mismo tiempo un punto débil para llevar adelante su proyecto: una ciudadanía estadounidense excesivamente hedonista y autocomplacida, sometida al síndrome de Vietnam, poco o nada dispuesta los sacrificios que necesita el imperio. La solución debe ser “un acontecimiento catártico”, algo que les sacuda, movilice y convenza de la necesidad de lanzarse a sacrificarse por el bien de su país. “Como un nuevo Pearl Harbour”, dice textualmente el documento.
 
 
Pero además cualquier bienpensante tiene a mano… los libros de Historia. Unas pocas pesquisas una vez puestos sobre la pista nos revelan cómo la historia de EEUU está jalonada por acontecimientos catastróficos y distintas modalidades de autoataques: ataques consentidos, provocados, inducidos o directamente autoinflingidos. Desde la inventada agresión a los patriotas de El Alamo para declararle la guerra a Mexico y anexionarse Tejas y Nuevo México; el montaje del Maine para arrebatarle a España Cuba, Puerto Rico y Filipinas; el desastre del Lusitania para meterse tardíamente en la I Guerra Mundial, o el ataque consentido –como demuestra la correspondencia entre Churchill y Roosevelt- a Pearl Harbour para meterse en la carnicería de la II Guerra Mundial y salir transformada en superpotencia. Y muchas más veces, cada vez que el Imperio ha necesitado forzar a la Democracia, la opinión pública sido violentada desde las entrañas del Estado.
 
 
Por eso no es casual que precisamente el que ostenta el cargo de director de la CIA lance una advertencia sobre los “deseos” de Cheney. Queda por saber si es sólo un aviso a navegantes o una amenaza a los neocon de lo que puede ser revelado si persisten en torpedear los planes de la Casa Blanca.
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