El Observatorio

Europa en el congelador

La última encuesta del CIS revela un crecimiento exponencial de la desafección hacia Europa por parte de los españoles

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01-06-2009
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No se trata sólo de que las elecciones europeas "no interesen" o de que la gente vea el Parlamento europeo como una institución lejana, abstrusa y ajena a sus intereses: lo que la última encuesta del CIS revela es que hay una notable desafección de los españoles por Europa y por lo que significa la Europa actual. Europa está dejando de ser un sí­mbolo incuestionable de libertad y de prosperidad y cada vez son más los que piensan que nuestra pertenencia a la UE no es aquella panacea para todos nuestros males que se nos vendió en el pasado. En sólo cinco años, de las últimas elecciones europeas a éstas, han crecido un 10% los que afirman que la UE no contribuye a resolver los problemas de España. No se trata sólo de que las elecciones europeas "no interesen" o de que la gente vea el Parlamento europeo como una institución lejana, abstrusa y ajena a sus intereses: lo que la última encuesta del CIS revela es que hay una notable desafección de los españoles por Europa y por lo que significa la Europa actual. Europa está dejando de ser un sí­mbolo incuestionable de libertad y de prosperidad y cada vez son más los que piensan que nuestra pertenencia a la UE no es aquella panacea para todos nuestros males que se nos vendió en el pasado. En sólo cinco años, de las últimas elecciones europeas a éstas, han crecido un 10% los que afirman que la UE no contribuye a resolver los problemas de España.
España vira hacia el “euroescepticismo”, esa especie de “tara” o “enfermedad” de la que nuestros europeístas acérrimos pensaban que España estaba libre. Según la encuesta del CIS, hecha con motivo de las elecciones europeas del próximo 7 de junio, en los últimos cinco años, es decir, desde las pasadas elecciones a éstas, en España han aumentado todos los porcentajes que indican una creciente desafección de los españoles por la UE.

Así, a la pregunta clave, es decir, a aquella que pretende evaluar los beneficios que a juicio de los ciudadanos ha supuesto para España formar parte de la UE, hay un 10% más que afirma que la UE no beneficia a España. Si en 2004, dos de cada tres ciudadanos (el 66% exactamente) sostenía que la UE beneficiaba a España, en 2009 ya son solamente uno de cada dos los que lo afirman (un 54%). Al mismo tiempo, los que creen que esa pertenencia perjudica a España han pasado de un insignificante 11% a un significativo 19%.

Otros guarismos son igualmente significativos. En 2004, el 53% de los ciudadanos españoles se manifestaba “muy” o “bastante” a favor de la Unión Europea; ahora esa cifra ha caído hasta el 46,8%. El interés por la información y las noticias provenientes de la UE también ha bajado: de un 45,2% que leía “mucho” o “bastante” las noticias de la UE, se ha pasado ahora a un 42,1%. Los que no tienen interés por las noticias de la UE han escalado hasta el 57,4%. Un 68% se considera ahora “poco” o “nada” informado sobre la vida de la UE.

Hemos pasado pues, tras el sarampión europeísta que vino tras el ingreso en la UE en 1986 y tras los años en que se materializaron los ingentes desembarcos de capital europeo en España (y que han dejado un país “ocupado” por grandes empresas europeas y un mercado cautivo de Europa, destino de más del 80% de nuestras importaciones y exportaciones), a una situación en que la realidad, y no las “ilusiones vendidas”, comienza a abrir los ojos de la gente, y lo que parecía una cosa se revela otra, y ya no gusta tanto. Los españoles comienzan a conocer la verdadera realidad de Europa, y con ello, la decepción. Ni esto es el paraíso de la libertad (y ahí está la “directiva de la vergüenza” contra los inmigrantes para corroborarlo, o el auge de las derechas extremas en toda Europa), ni tampoco de la prosperidad (ahora sabemos que, desde el ingreso de España a hoy, en la UE la parte del PIB dedicada a los salarios ha perdido un 18%, que ha pasado integramente a los beneficios del capital) y, además, hay que estar todo el día “dando las gracias”, sobre todo a Francia y Alemania, de lo bien que se han portado con España y de lo mucho que nos han dado. De lo que se han quedado, no hacen, por supuesto, ni mención.

Ahora además sabemos en qué patio de vecinos estamos de verdad. Y para reflejarlo me voy a quedar simplemente con dos imágenes de este pasado fin de semana, tomadas además del ámbito deportivo. Una en París. Tras perder y caer eliminado, después de cuatro años, en Roland Garros, Rafa Nadal se quejaba amargamente de que “el público, nunca ha tenido un detalle conmigo...”. En cinco años, el campeón español y número uno del mundo siempre ha tenido al público francés en contra. Cuando al fin perdió, el público irrumpió en aplausos delirantes. Al fin, “el español”, había mordido el polvo. Casi a la misma hora, en Italia, durante la carrera de 250 cc, un piloto italiano echaba descaradamente de la pista al campeón español, Alvaro Bautista, para que otro italiano ganara la carrera, que se corría en casa. Sí, el deporte ya sabemos que está lleno de esto, como la vida, pero no deja de ser un ejemplo que ilustra la clase de vecinos que tenemos. ¿Se puede vivir con ellos en una casa común? ¿Nos interesa realmente? Cada vez hay más españoles que piensan que no.
 
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