Cómic

Las chicas perdidas

La nueva obra del maestro Alan Moore navega por los entresijos del descubrimiento de la sexualidad desde el punto de vista femenino.

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25-05-2009
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Principios de siglo XX, un hotel de lujo es el escenario del encuentro casual entre tres mujeres: Dorothy, Wendy y Alice. Tres mujeres que esconden un secreto: sus vidas cambiaron durante la infancia por sucesos extraordinarios. Un punto de partida que sigue en la lí­nea del autor de recuperar la mejor tradición literaria, -se trata de las protagonistas de El Mago de Oz, Peter Pan y Alicia en el Paí­s de las Maravillas respectivamente-. A partir de ahí­ la temática de la obra se centra esencialmente en el sexo como elemento decisivo en el proceso de maduración, y en su papel en las relaciones humanas. Aunque la factura tanto del guión como del dibujo se aproxima al tratamiento de obra maestra, en el Reino Unido, paí­s natal de los autores, ha despertado una gran polémica por un contenido considerado pornográfico. Cosas del puritanismo británico.
 Las chicas perdidas
Principios de siglo XX, un hotel de lujo es el escenario del encuentro casual entre tres mujeres: Dorothy, Wendy y Alice. Tres mujeres que esconden un secreto: sus vidas cambiaron durante la infancia por sucesos extraordinarios. Un punto de partida que sigue en la lí­nea del autor de recuperar la mejor tradición literaria, -se trata de las protagonistas de El Mago de Oz, Peter Pan y Alicia en el Paí­s de las Maravillas respectivamente-. A partir de ahí­ la temática de la obra se centra esencialmente en el sexo como elemento decisivo en el proceso de maduración, y en su papel en las relaciones humanas. Aunque la factura tanto del guión como del dibujo se aproxima al tratamiento de obra maestra, en el Reino Unido, paí­s natal de los autores, ha despertado una gran polémica por un contenido considerado pornográfico. Cosas del puritanismo británico.
Lost Girls es un recorrido cautivador por el ser humano, que permite al lector transitar por un relato en el que el sexo es tratado con alegría festiva, espontánea y de forma completamente explícita, sin tapujos, hasta profundos niveles de reflexión sobre la mente humana. La obra además hace un importante recorrido por disciplinas como la inevitable literatura, pero también la pintura y la ilustración de todos los tiempos, mostrando cómo el sexo se ha ido representando y juzgando en distintas épocas y culturas.
 
Moore vuelve a mostrar su mejor cara: la transgresora, la que no se deja seducir por las convenciones sociales ni por la censura, la que hilvana historias con una maestría narrativa inigualable. Y con todo ello vuelva a jugar con la composición y el ritmo narrativo, convirtiendo el relato en una fuente inagotable de recursos literarios propios del lenguaje gráfico. Como muestra el esquema del primer capítulo, narrado exclusivamente a través del reflejo de un espejo, una pirueta narrativa que tiene además una intención clara, introduciendo al lector en la narración a sabiendas de que va a ver sólo reflejos, sólo invenciones. El espejo se transforma en una extraña caverna de Platón, donde la ficción, el relato imaginado se transforma en real.
 
El autor desarrolla a través de la historia sus bien conocidas interpretaciones freudianas de los cuentos infantiles, pero abandona el pragmatismo, reelaborando el “mito” y llevándolo a una especie de fantasía sobrenatural. Una fantasía que es el filtro a través del cual contemplamos un fenómeno tan cotidiano, aunque tan velado, como el sexo en estado puro, dejando de lado su aspecto oscuro y pecaminoso para alzarse como una celebración de la humanidad.
 
A los pinceles se coloca en esta ocasión Melinda Gebbie, esposa del afamado guionista, que pese a tener mucha menos trayectoria esta a la altura de las exigencias del guión. Un estilo cargado de barroquismo que acentúa la sensualidad, adquiriendo especial merito los constantes cambios de registro y estilo pictórico a los que somete a sus ilustraciones. Si en el texto de Moore encontramos a L. Frank Baum, James Barrie, Lewis Carroll, Pierre Louïs o al mismo Freud, los dibujos de Gebbie nos recuerdan a la mejor tradición de ilustradores clásicos como Beardsley, Klimt o incluso Degas.
 
Una obra completa, que de nuevo sobrepasa los límites del mundo de la historieta, demostrando que el sexo, e incluso la pornografía, también pueden pertenecer a lo más refinado de la tradición cultural.
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