Selección de prensa nacional

España a la deriva

Un lamentable espectáculo polí­tico que se suma a los destrozos de la crisis económica y social, y que presagia el peor de los escenarios en los próximos meses sin liderazgo ni estabilidad polí­tica

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24-05-2009
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Tres diagnósticos distintos, desde tres perspectivas distintas, sobre la situación polí­tica española la que ofrecí­an estos dí­as atrás tres personajes, no directamente polí­ticos, pero sí­ activamente implicados en la lucha polí­tica. Un periodista madrileño, Pablo Sebastián, un escritor gallego, Suso de Toro, y un filósofo y ensayista catalán, Félix de Azúa.
 España a la deriva
Tres diagnósticos distintos, desde tres perspectivas distintas, sobre la situación polí­tica española la que ofrecí­an estos dí­as atrás tres personajes, no directamente polí­ticos, pero sí­ activamente implicados en la lucha polí­tica. Un periodista madrileño, Pablo Sebastián, un escritor gallego, Suso de Toro, y un filósofo y ensayista catalán, Félix de Azúa.

Para el primero, España va a la deriva, encajonada entre la falta de liderazgo y las mentiras del gobierno, el canibalismo del principal partido de oposición, el PP, y el desprecio “a los graves problemas de la nación española” de las principales fuerzas nacionalistas de Euskadi y Cataluña. Una situación en la que el conjunto de grandes partidos del modelo “envenenan el marco político y su estabilidad”, y suman, a los destrozos de la crisis económica y social un lamentable espectáculo político”. Lo que, para el autor, “presagia el peor de los escenarios en los próximos meses”.
 
Suso de Toro, por su parte, se lamenta de la inexistencia de una idea de España capaz de superar las visiones antagónicas que, desde su punto de vista, representan el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos. Para él, la idea de España realmente existente es la definida por el nacionalismo español. Y frente a ella no se alzan otros argumentos que los de los otros nacionalistas, incapaces de proponer otra España, justamente porque la cuestionan. Un federalismo español, es decir, una España que integre su diversidad interna, “no tiene apenas soporte intelectual, social y político”.
 
Es esta carencia la que explica, según De Toro, que frente a la historia oficial, que como toda historiografía nacionalista se basa en invenciones ideológicas, se levanten historiografías alternativas que señalan Cataluña, Galicia o Euskadi como procesos históricos autosuficientes. Sin una Historia que refleje la complejidad histórica de reinos que confluyeron en los dos Estados peninsulares, un argumento que sea aceptado por unos y otros, añade, nunca habrá una España de todos.
 
Desde un óptica radicalmente distinta, Félix de Azúa proponer una visión de la realidad de la España de las autonomías de hoy, vista desde Cataluña, que define como de “periodo inicial de la secesión”.  Los pitidos y abucheos al himno español y al rey en la pasada final de copa, no es para Azúa más que la manifestación evidente de una realidad existente, que se hace necesario ocultar (y por eso precisamente lo ocultaron los responsables de TVE) “la independencia de Catalunya es una realidad de facto aunque no lo sea de iure”. ¿Qué es lo que le falta a juicio del autor? Apneas unos cuantos aspectos formales: “los sellos de correos, el aeropuerto, los trenes Minucias que se están negociando”. Aunque en realidad aún falte “lo esencial para los capitalistas locales: la nacionalización de los impuestos a la manera vasco-navarra”. Algo que cree que llegará, y mientras se prepara el terreno con embajadas, mapas geográficos propios del imperialismo catalán y ni una mención a España “en el biotopo lingüístico de la Generalitat”.
 
 
 
 
Opinión. Estrella Digital
ESPAÑA A LA DERIVA
Pablo Sebastián
 
El reciente debate sobre el estado de la nación ha resultado un gigantesco fiasco y una oportunidad perdida para que los dirigentes políticos de este país articularan importantes acuerdos para hacer frente a la grave crisis de la economía, las finanzas y el paro, así como a cuestiones institucionales de la mayor relevancia -como la financiación autonómica- que envenenan el marco político y su estabilidad. Ni el Gobierno ni la oposición hicieron en el citado debate parlamentario el diagnóstico real y completo del momento español, sino que lo convirtieron en simple trampolín electoral con vistas a los comicios europeos del 7 de junio, siendo mayor la responsabilidad del Ejecutivo, que propuso unas pintorescas medidas anticrisis basades en subvenciones a la compra de coches, regalo de ordenadores y rebajas de fiscalidad que, conocidas las mociones luego aprobadas por el Congreso, quedaron en nada. Y todo ello adornado de un fantasmal discurso sobre el cambio del modelo de crecimiento económico para los próximos decenios, un brindis al sol presentado en sociedad por el presidente Zapatero como si se tratara de un mágico crecepelo, a ensayar sobre las orondas cabezas de empresarios y sindicatos, a ver qué tal les va.
 
No hay liderazgo en el Gobierno porque al presidente hace tiempo que se le cayó las máscara del talante y de los discursos bonitos y sociales, por más que aún insista en ellos para ocultar sus mentiras sobre la crisis y evitar una huelga general que desmonte su pretendido izquierdismo. No hay gestores al frente de los primeros ministerios de la nación, porque la vicepresidenta Salgado carece de la experiencia necesaria, y otros de sus compañeros de Gabinete, como las ministras Chacón y Aído, están dando espectáculos tan lamentables como los de la titular de Defensa, que no conoce nada de lo que afecta a ese departamento ni el rango de Estado que tiene su misión, o los de la ministra de Igualdad con sus lamentables comentarios sobre el aborto, ofreciendo en tan serio debate una exhibición de plena incompetencia y un desconocimiento jurídico y científico que espanta incluso a quienes están a favor de la interrupción del embarazo en especiales circunstancias. Lo que, sumado a las declaraciones de Zapatero contrarias a que las chicas menores de edad cuenten con la opinión de sus padres a la hora de decidir abortar, ha llevado este debate a insoportables cotas de irresponsabilidad.
 
Por si algo faltara en medio de este gigantesco despropósito que crece no como brotes verdes de esperanza sino como una apisonadora bola de nieve, el primer partido de la oposición vive momentos de zozobra interna, sin que se hayan desactivado los intentos de desestabilización del liderazgo de Rajoy por parte de familias y dirigentes del PP que están a la espera de ver si se da un batacazo en las elecciones europeas, mientras que los partidos nacionalistas con mayor representación, CiU y PNV, sólo actúan al ritmo de sus propios problemas internos y de sus ambiciones nacionalistas, ajenos a los graves problemas de la nación española.
 
En suma, un lamentable espectáculo político que se suma a los destrozos de la crisis económica y social, y que presagia el peor de los escenarios en los próximos meses sin que los ciudadanos puedan vislumbrar el liderazgo que necesitamos, y una estabilidad política imprescindible para la recuperación de la confianza.
ESTRELLA DIGITAL. 21-5-2009
 
 
 
 
Opinión. El País
LA ESPAÑA REAL ES PLURAL
Suso de Toro
 
Por interés o comodidad olvidamos nuestra historia reciente, cuando Euskadi y Cataluña tuvieron un protagonismo como tales, como ciudadanías que exigían un reconocimiento nacional, en la lucha contra el Régimen. Debido a como salimos del franquismo, las fuerzas políticas que pactaron la democracia no establecieron un continuo constitucional con la II República, que había incorporado a su estructura política y jurídica las autonomías de Cataluña y Euskadi y, ya durante la guerra, la de Galicia, a cambio se reconocieron las "nacionalidades y regiones" como forma del Estado. Antes, Adolfo Suárez y el Rey reconocieron públicamente la existencia de un gobierno de los catalanes al recibir oficialmente al president de la Generalitat hasta entonces en el exilio. La vuelta de Tarradellas fue el restablecimiento de un continuo histórico. Del mismo modo que los vascos vivieron la recuperación de su autogobierno cuando regresó del exilio el lehendakari Leizaola. Y los gallegos no pudieron vivirlo por la ruptura en los años cincuenta entre los galleguistas del interior y el exilio americano, donde residió el Consello da Galiza.
 
Los nacionalismos de las nacionalidades no son algo coyuntural, son estructura del sistema ideológico y político español, son un continuo histórico tan largo como el del nacionalismo español. Resistieron bajo el franquismo, aquella utopía nacionalista realizada por militares y obispos, pactaron luego la Constitución para poder expresarse y, cambie o no la Constitución, deróguense las autonomías o modifíquese la ley electoral para eliminar a las minorías, seguirán existiendo.
 
Las autonomías, pues, no fueron una chapuza de politicastros para destruir España, sino un logro político democrático y una necesidad para sectores de la ciudadanía que sentían formar parte de una comunidad política propia, de forma exclusiva o no. Reflejan nuestra realidad demográfica, cultural, económica y política, paliaron desigualdades y crearon una España más dinámica y con más oportunidades.
 
Pero la dialéctica del Estado de las autonomías refleja también una tensión interna realmente profunda. Es más que un conflicto institucional, político, de intereses, es un conflicto esencial, se trata de la misma idea de España. La idea de España existente es la del nacionalismo español y frente a ella están los argumentos de los otros nacionalistas, que no proponen otra España porque precisamente la cuestionan. La España que integre su diversidad interna, el federalismo español, no tiene apenas soporte intelectual, social y político. La historia oficial, como toda historiografía nacionalista basada en invenciones ideológicas, impide que hablemos del mismo país.
 
Paralelamente se construyen historiografías alternativas que explican Cataluña, Galicia o Euskadi como procesos históricos autosuficientes. Sin una Historia que refleje la complejidad histórica de reinos que confluyeron en los dos Estados peninsulares, un argumento aceptado por unos y otros, nunca habrá una España de todos, y ese argumento no existe. Tampoco existe un espacio ideológico y cultural español.
 
La España real tiene dentro varios núcleos fuertes económica y políticamente. En este periodo democrático España se estructuró institucional y políticamente sobre un eje complejo formado por partidos estatales. Y se construyó ideológicamente una nueva España que no fue integradora, sino una nación monolingüe y homogénea; y a cambio, en las autonomías gobernadas por nacionalistas, una idea de nación que pretendía también la propia homogeneidad. España como matrioskas o cajas chinas. Lo que crea artificialmente esas cajas son las ideologías nacionalistas.
 
En esa lucha de nacionalismos, Madrid juega un papel fundamental, una vez conquistado políticamente y transformado en una ciudadela, es utilizado como un instrumento contra esos otros nacionalismos y al servicio de otros intereses. En estos momentos Madrid no es la capital de todos. Azaña, intelectual puro, odió y amó la ciudad, su visión crítica es la de quien la vive como un destino personal, pero además comprendió que un país necesita una capital y por ello preconizó un Madrid "capital federal". Nunca ha estado más lejos de ello que hoy. Sus medios de comunicación, los grupos de intereses, el desconocimiento y desdén hacia el conjunto de la realidad española, la mirada ensimismada u hostil hacia las otras lenguas y capitales hacen que muchos ciudadanos no podamos verla como nuestra capital.
 
Es imprescindible la apertura de la capital para que funcione el conjunto del sistema español.
Afortunadamente, esas cajas chinas no consiguen ser completamente herméticas, tenemos que utilizar la matemática de conjuntos para explicar nuestro complejo juego interno. En los años ochenta y noventa la vida social y política española se basó fundamentalmente en ese esquema de cajas chinas, unas veces hubo pactos de gobierno y otras veces no. La debilidad de ese juego político se refleja en que nunca haya habido ministros catalanistas o vasquistas, por ejemplo.
Rodríguez Zapatero propuso un modo de entender España, "la España plural". Con eso hizo un reconocimiento cultural, socioeconómico y político, no una propuesta jurídica e institucional nueva porque partía de que, en principio, la Constitución vigente es un instrumento suficiente para que quepa y se exprese esa pluralidad. A partir de ahí se pueden discutir sus pasos o sus decisiones, sometidas a condicionantes y circunstancias sucesivas.
 
¿Cómo se fue concretando ese reconocimiento de nuestra pluralidad? Creo que los límites de su política están entre el rechazo al llamado Plan Ibarretxe y el Estatut catalán. El rechazo al Plan Ibarretxe, aceptado a discusión en las Cortes, se debió a que, a juicio del Gobierno, su propuesta de autogobierno rompía las reglas del juego común, la Constitución. En la redacción del Estatut catalán, en cambio, se tuvo en cuenta su encaje constitucional reconociéndole a la ciudadanía catalana su voluntad política nacional y la bilateralidad en las relaciones entre Generalitat y Gobierno, principio explicitado luego por otros Estatutos.
 
Se puede discutir por todo, depende del interés que se tenga. Los nacionalistas necesitan discutir la palabra "nación", lo que ello significa y los símbolos que le acompañan. Del mismo modo, se puede discutir lo que se quiera sobre el concepto de bilateralidad, pero haberla la hay y además debe haberla. Las relaciones democráticas son por asentimiento o por pacto expreso, pero siempre implican reconocimiento del otro.
 
En el caso del Estatut catalán no se ha valorado la importancia de que, con independencia de las declaraciones ariscas para contentar a la base militante, todos los nacionalistas catalanes pactaron ese Estatuto, un pacto que los integra en el juego compartido de la ciudadanía española. No es extraño que el nacionalismo españolista haya denunciado el Estatuto, ese pacto, ante el Constitucional: necesita mantener vivo el conflicto nacional.
 
Pero lo que más va a caracterizar esta época de Zapatero va a ser su cuestionamiento de la política de cajas chinas. Eso es lo que significa que un socialista ocupe la Lehendakaritza, una institución creada históricamente por los nacionalistas y que sobrentendían que era suya de modo natural. Con ello y gobernando en Cataluña, el Partido Socialista afirma que es una estructura transversal a todo el Estado y cuestiona los conjuntos cerrados, cambiando así la lógica implícita hasta hoy en la política española. Es lógico que ese cuestionamiento enfade tanto a tantos.
 
Lo que vive no quiere morir y los nacionalismos seguirán buscando existir, pero la España más parecida a lo que somos tendrá que ser federal e integradora. Se critican las políticas culturales de Euskadi, Galicia o Cataluña pero la cultura española niega cada día esas culturas. Se ha concedido un Premio Cervantes a un escritor barcelonés que escribe en castellano, extremo éste remarcado una y otra vez, y su obra bien lo merece. ¿Pero habrá alguna obra en catalán, por ejemplo, que también lo merezca? Esa vieja idea de "la Hispanidad" que subyace en la cultura española niega a una parte de la ciudadanía española. En ese sentido, no se ha dado paso alguno.
 
Y uno echa en falta una intelectualidad abierta a la diversidad interna, la intelectualidad española es tremendamente nacionalista, no federalista. Ésa es su responsabilidad.
EL PAÍS. 21-5-2009
 
 
 
Opinión. El Periódico
¿ALGUIEN SABE EN QUE PAÍS VIVIMOS?
Félix de Azúa
 
El 13 de mayo ganaba el Barça a los de Bilbao la Copa (del Rey). Antes del partido, los nacionalistas catalanes y vascos armaron un sindiós contra el himno español y el rey Juan Carlos. La televisión del Gobierno censuró el abucheo. El avance nacional catalán se ha ido haciendo con prudencia y astucia, mediante una mesurada ocultación de los hechos.

La ocultación se dirige en primer lugar hacia lo que podríamos llamar pre-catalanes, pues es inevitable que la totalidad de la población catalana acabe siendo nacionalizada. Solo en segundo lugar la ocultación se dirige hacia los españoles. La verdad es que no hace falta, porque ya no merece la pena: la independencia de Catalunya es una realidad de facto aunque no lo sea de iure. ¿Qué falta? ¿Los sellos de correos, el aeropuerto, los trenes? Minucias que se están negociando. Pero, ojo, falta lo esencial. Para los capitalistas locales lo que ha de llegar es la nacionalización de los impuestos a la manera vasco-navarra. Llegará, pero mientras tanto ya hay embajadas, el mapa geográfico que estudian los niños es el del imperialismo catalán y no hay una sola mención a España en el biotopo lingüístico de la Generalitat, como no sea para explicar la guerra civil. Esa sí que es española. El Estado español ha acabado por ser como Bruselas en este periodo inicial de la secesión.

Todo esto está muy bien y no habría problema alguno si se institucionalizara. Sin duda Zapatero así lo desea. Él querría un acuerdo de secesión a la checa y desprenderse de una Eslovaquia cuya clase dirigente no quiere permanecer junto al resto de los españoles. Sin embargo, no puede hacerlo. La causa oficial es que, de concederse el concierto, la caída de ingresos del Estado sería inasumible. No estoy muy convencido: si tras desgajarse el mercado catalán se sorteara el barullo de los primeros años, lo que quede de España subsistiría sin demasiados problemas. No. La causa de que Zapatero no pueda conceder la secesión no es económica, sino política. No puede excluir los votos que un nutrido grupo de nacionalistas reciclados como socialistas le entregan en cada elección. Sin ellos, el poder del Estado caería en manos del partido conservador. De modo que Zapatero, aunque lo desee, no puede dar la independencia.

Eso explica que mediante un acuerdo sub rosa, tolere que ignoren al Tribunal Constitucional, que organicen su propio orbe jurídico, sus relaciones exteriores, o que cultural y lingüísticamente sean ya un país extranjero. Que se vayan virtualmente, pero sin ruido. De ahí que TVE haya tenido que censurar el abucheo del día de la Copa (del Rey) no fuera a ser que alguien se enterara de lo que está pasando.

La deriva, a mi modo de ver, no tiene remedio porque el despiste de los españoles sobre esta cuestión es colosal. Al día siguiente del abucheo (yo estaba en Madrid) seguí algunos foros y tertulias. Abundaban los periodistas que agitaban gozosamente el estandarte de “la España plural”. Todos sabemos que la “España plural” quiere decir “la confederación”, pero suena más bonito lo de “España plural”. Suena a solidaridad, diálogo, diversidad, ese telón de nubes doradas que compone el núcleo intelectual de Zapatero. Aquel mismo día le preguntaron a Duran Lleida si era separatista y respondió que su partido no es separatista, sino soberanista. Es lo mismo, pero no hay que decirlo demasiado claro. A los dos días, un cerebro de CiU añadió que la pitada había sido motivada por “los ataques que recibe Catalunya”. Argumento etarra: yo mato porque España me agrede.

No creo que sucediera nada irreparable si se pasara de la independencia de facto a la de iure. Que Catalunya se separe de España y forme una Eslovenia del sur no traería muchas consecuencias a quienes no queden atrapados allí dentro. Seguramente cambiaría la filiación catalana al mercado español por una sumisión al mercado francés (idealizado como “mercado europeo”), lo cual daría satisfacción a los fanáticos. Al resto de los españoles les importaría poco, como hasta ahora, por mucho que algunos cabestros salieran a la calle en busca de automóviles catalanes para romperles los faros.

Tener un Portugal a la izquierda y otro a la derecha, ¿qué más da? ¿Habrá menos dinero para subvencionar a extremeños y andaluces? Ya espabilarán. Mientras tanto, la República de Catalunya se pondría a la cola de la Unión Europea a esperar turno. Un par de generaciones y a vivir. Más generaciones se sacrificaron en la URSS. Es cierto que quedarían dentro de esa República sobre un 60% de pre-catalanes que hablan en español, les gusta la zarzuela o van a los toros, pero ellos se lo han buscado. Su propia apatía les ha conducido a donde se encuentran. Así pasó con el partido Ciutadans, que comenzó con 90.000 votos y ha terminado haciéndose el haraquiri.

No habiendo ningún problema grave, ¿no se le podría pedir a Zapatero que, al socaire de la ruina económica, resuelva este asunto? Porque lo inmoral es la ambigüedad, la hipocresía, las medias tintas, las opresiones ocultas, el peronismo rampante, las represiones invisibles. ¿No sería conveniente acabar con este enojoso asunto y pasar a cosas más serias? Si lo hace bien, si lo vende como ha vendido todas sus trascendentales decisiones (la Alianza de Civilizaciones, sin ir más lejos), es incluso probable que los españoles le vuelvan a elegir, aún descontando los votos catalanes que, ¡helás!, se habrán ido para siempre a un paraíso fiscal. Por lo menos hasta que los mossos d’esquadra invadan Valencia.
EL PERIÓDICO. 21-5-2009
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