Ecologismo y salud

El parque de las hamacas

Introducción del libro de Vicent Boix, "El Parque de las hamacas".

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24-05-2009
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Siempre pensé, que la denominación "República Bananera" habí­a sido fruto de la imaginación sarcástica de algún escritor aventurero. O por qué no, algún calificativo peyorativo de los turistas nórdicosoccidentales, que cotidianamente viajan a los paí­ses caribeños a disfrutar de unas merecidas vacaciones en complejos turí­sticos tapiados, aislados del exterior y custodiados por guardias con fusiles y escopetas que asustan. Pero no. Me equivocaba. En mis estancias por Nicaragua pude conocer la dura realidad. Siempre pensé, que la denominación "República Bananera" habí­a sido fruto de la imaginación sarcástica de algún escritor aventurero. O por qué no, algún calificativo peyorativo de los turistas nórdicosoccidentales, que cotidianamente viajan a los paí­ses caribeños a disfrutar de unas merecidas vacaciones en complejos turí­sticos tapiados, aislados del exterior y custodiados por guardias con fusiles y escopetas que asustan. Pero no. Me equivocaba. En mis estancias por Nicaragua pude conocer la dura realidad.
La
avaricia enterró bosques y selvas. Arrasó con poblados y culturas, desplazando todo lo
autóctono. Desde formas de vida a cultivos. Ahogó al pequeño campesino que plantaba cacao,
porque sus ancestros habían plantado cacao de toda la vida. Le obligaron a vender sus tierras y
de ellas nacieron miles de bananos. De agricultura de subsistencia se pasó al monocultivo
industrial y despiadado. A él lo esclavizaron en las “fincas amarillas”, a cambio de un sueldo
con el que a duras penas podría emanciparse. Al lado de las fincas surgieron como moscas
atraídas por la comida, prostíbulos y tabernas donde escapaba, olvidaba y dejaba lo poco que
ganaba. Los barracones donde dormía eran nidos de enfermedades y símbolo de la decadencia
humana, con la que el dinero riega todo aquello que agarra. Mejor no ponerse enfermo. Había
que esperar el tren para ir a un hospital y allí, las condiciones de atención y salubridad eran
lamentables. Del patrón y de los capataces... ¿para qué hablar?
Poco a poco, la “fiebre amarilla” se fue extendiendo por mediación de muchos
protagonistas. Primero fueron dictadores y militares. Cuando éstos se convirtieron en demasiado
incorrectos y estrambóticos para la opinión pública, llegaron los presidentes, ministros y
diputados. Todos hijos del mismo padre, representando la misma obra de teatro, pero con
diferentes escenarios y coreografías.
A miles de kilómetros del lugar de los hechos, los más niños descubrían los angelicales
bananos gracias a las genuinas travesuras de Maguila el Gorila y otros celebérrimos primates.
La televisión y la publicidad abrían el apetito, sumaban clientes y mostraban esa cara exclusiva,
inocente y afable de una fruta lejana que llevaba en su interior muchas vidas truncadas.
Todos los cabos estaban atados y el mecanismo funcionaba sin grandes contratiempos. Pero
en este proceso, nuestro héroe pasó de la felicidad e independencia al martirio y a la pesadilla.
Sin darse cuenta, las empresas multinacionales colonizaban a la fuerza un territorio más en
nombre de los dividendos, del progreso y del dólar, sin pedir permiso y de aquellas maneras.
Estaba naciendo un cuarto trastero más de las transnacionales, se estaba constituyendo una
nueva “República Bananera”.
II
Con la “Revolución verde” 1 de la química y la tecnología aplicada a la agricultura, se
establecieron algunos mitos que ineludiblemente iban a cambiar la suerte del mundo: mayores y
mejores cosechas, eliminación de las plagas, comida para todo el mundo, trabajo, ganancias,
bienestar, etc. La ciencia y el capital habían encontrado en la tierra lo que Dios ofrece en el
cielo. La panacea, el éxtasis, el paraíso que la manzana prohibida y la serpiente habían alejado
de nuestra raza.
Pero la realidad, algunas décadas después es otra. No siempre se dan mayores ni mejores
producciones. El mundo está repleto de millones de hambrientos que viven en situaciones depobreza extrema, porque la “Revolución verde” nunca incidió en el principal problema
existente: el desigual reparto de la riqueza.
Las plagas cada vez son más resistentes. Además, muchos ríos, mares, tierras y alimentos
están contaminados y adulterados. Se ha constatado una importante pérdida de la biodiversidad.
Cada año hay cientos de miles de campesinos y obreros que mueren y enferman por
intoxicaciones con químicos. Y el bienestar prometido sí que existe, pero una vez más, se lo
repartieron unos pocos.
La “Revolución verde” supuso un antes y un después en la relación del ser humano consigo
mismo, con la sociedad y con la naturaleza. El trabajador de la tierra sufrió una metamorfosis.
Se proclamó enemigo declarado de un medio ambiente con el que antes cooperaba y se
relacionaba. Esta coyuntura fue ideal para unos bancos, que revolotearon siempre alrededor en
busca de beneficios a toda costa. Solamente ofrecían ayuda a los cultivos estratégicos y siempre
a cambio de intereses elevados. No tuvieron en cuenta las sequías, inundaciones o las malas
cosechas. La expropiación era la respuesta.
Posiblemente, este fenómeno sea una de las causas más determinantes de la desigualdad y
miseria de América Latina hoy en día, pues decenas de millones de personas empobrecieron e
iniciaron un éxodo que hoy perdura, hacia las grandes urbes en busca de un futuro mejor.
Conformaron círculos de pobreza y barrios marginales. Lugares sin servicios básicos en
ciudades sin posibilidades. Caldo de cultivo idóneo para la pobreza, delincuencia, desempleo,
subempleo, analfabetismo, maltrato familiar, machismo, prostitución, alcoholismo y
drogadicción.
Esta realidad contrasta con los privilegios y lujos de una clase rica minoritaria.
Descendiente de colonos europeos que siglos atrás se establecieron en estas tierras y se
repartieron el botín. Que acumularon fortunas y tierras a cambio de explotación y humillación.
Sin importarles lo más mínimo, los pueblos, sus gentes y un medio natural que hasta ese
momento había podido convivir pacíficamente con el humano.
III
Ahora, en la época que nos ha tocado vivir, ha quedado patente el gran engaño que supuso
la “Revolución verde”. No ha solucionado los problemas que se propuso, porque simplemente
nunca fue engendrada para fines solidarios. Más bien todo lo contrario. Su razón de ser es el
negocio, el dinero y el mercado. El enriquecimiento a toda costa. Independientemente de
cualquier consecuencia económica, social o ambiental.
Por eso, cada vez más, el costo de la “Revolución verde” erosiona la esperanza del
agricultor que se ve atrapado y sin futuro. Que no puede liberarse de sus garras. Observa atónito
las crisis, los vaivenes del mercado, los precios que tocan fondo, la indiferencia de su gobierno,
etc. Se ve engullido en eso que llaman globalización, en aquello otro que se denomina libre
mercado. Está en medio de un torbellino del que no puede escapar. Sin futuro, sin ilusión. La
“Revolución verde” no soluciona los problemas que tiene, el estado de excepción en el que se
encuentra.
IV
La historia del 1,2dibromo3cloropropano
(de ahora en adelante DBCP), es la triste
historia de un agroquímico que empezó a ser utilizado en latifundios y fincas, en varios países
del mundo, aproximadamente a finales de los años 60 del siglo XX.
La crónica que presento a continuación es la crónica de una tragedia anunciada. Las
transnacionales vieron en este producto sus ventajas económicas y no el peligro intrínseco que
representaba para las personas y el medio ambiente.
Ya en las mismas pruebas de laboratorio iniciales, se detectaron consecuencias negativas
para las personas. Los engranajes corporativos tuvieron que emplearse a fondo, y así, el químico
fue aprobado entre malabares hasta extenderse rápidamente por diversos países del globo
terráqueo, incluido Estados Unidos.

 En 1999, la revista International Journal Occupational Environment Health, resumía duramente esta tragedia cuando afirmaba textualmente que “ El
animal de laboratorio paso de la rata y el mono al trabajador humano…” . 2
Fue así como este hijo de la “Revolución verde” y del capital, encontró en las Repúblicas
Bananeras su hábitat ideal para emprender con su particular pesadilla de pobreza, enfermedad y
desesperación. Países dejados de la mano de Dios. Ilocalizables en el Atlas. Inexistentes para
ese colectivo etéreo denominado “opinión pública mundial”. Países que ofrecían grandes
extensiones de tierras fértiles, legislaciones incompletas y débiles, ignorancia generalizada,
administraciones públicas tolerantes, abundante mano de obra barata y violencia gratuita cuando
se requería. Todo en un mismo pack. Demasiado tentador para el color verde de los billetes.
En mis visitas al municipio de El Viejo en
la zona occidental de Nicaraguapude
ser
testigo de la secuela fúnebre del DBCP. Adentrarse en los hogares, en las vidas, en las
intimidades, en los sentimientos y en las desgracias de aquellos y aquellas que décadas atrás,
manipularon inocentemente este mortal químico para ganar unos reales con los que vivir; es
estar predispuesto a pasar una prueba de fuego donde una ensalada de sensaciones brotarán en
mi interior. Rabia, impotencia, tristeza, estupor, sorpresa, admiración y alegría, pueden ser unas
cuantas, de un impresionante abanico.
No quiero olvidarme en resaltar que, la lucha del DBCP es una lucha de clases. En un
extremo la rica y poderosa, que empleó diferentes tácticas para que el químico fuera legalizado
y comercializado. Que se enriqueció por una parte, con la venta y la aplicación sin importarle lo
más mínimo las consecuencias en las personas; y por otra, con el gran negocio de los bananos
en el mercado mundial. Ahora, varias décadas después, elude cualquier responsabilidad legal y
social.
En el otro extremo, hay un proletario agrícola pobre que buscaba en las bananeras un
mínimo de dignidad humana a través del trabajo remunerado. Que únicamente recibió las
migajas del gran pastel, mientras convivía diariamente con la presencia del DBCP y otros
inventos de la “Revolución verde”. Es el mismo colectivo humano que ahora sufre las
enfermedades derivadas del químico, en un clima de pasotismo y desatención gubernamental y
corporativa. Que diariamente raciona las fuerzas de un cuerpo desgastado, entre la difícil odisea
de vivir y la angustiante búsqueda de justicia.
Una lucha internacional, cuyo icono ha quedado registrado en las marchas y acampadas de
los obreros nicaragüenses que, en los últimos años, se establecieron varias veces en los jardines
frente a la Asamblea Nacional situados en Managua. Allí construían sus champas, montaban sus
casas de cartón o colgaban sus hamacas, siempre a la espera de que el poder político hiciera algo
por ellos. En dicho lugar confluían la tragedia del pasado, la lucha del presente y la esperanza
del futuro.
En definitiva, la historia del DBCP que se desmenuza en esta investigación, no es más que
la constatación, la trágica e injusta constatación de la existencia de las “primaveras silenciosas”
que ya nos advertía Rachel Carson allá por el año 1962. Con esta obra profética se articulaba y
daba sus primeros pasos el movimiento ecologista que hoy forman millones de personas en el
mundo. Sin embargo ya era muy tarde para los protagonistas de esta historia, para los humanos
del DBCP.
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