Nuevos bombardeos a civiles en Afganistán

Niños arrasados en el avispero

La guerra de cifras y datos continúa semanas después de que las bombas arrasaran Farah. Las autoridades afganas hablan de 93 niños muertos, de 25 mujeres y 22 hombres. Los norteamericanos de talibanes

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21-05-2009
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Cada bomba que cae en Afganistán agita aún más el furioso avispero. Otros ocho civiles han sido arrasados esta semana por los ataques de la aviación norteamericana, cuando todaví­a humean los escombros de la masacre de Farah -la matanza más cruenta de todos los años de ocupación- donde las bombas acabaron con la vida de más un centenar de civiles, decenas de ellos niños.
 Niños Afganos. Creative Commons License
Niños Afganos. Creative Commons License
Cada bomba que cae en Afganistán agita aún más el furioso avispero. Otros ocho civiles han sido arrasados esta semana por los ataques de la aviación norteamericana, cuando todaví­a humean los escombros de la masacre de Farah -la matanza más cruenta de todos los años de ocupación- donde las bombas acabaron con la vida de más un centenar de civiles, decenas de ellos niños.
La guerra de cifras y datos continúa semanas después de que las bombas arrasaran Farah. Las autoridades afganas, basándose en los testimonios de los supervivientes de la masacre, hablan de 93 niños muertos, de 25 mujeres y 22 hombres. Nada que ver con lo que admite la investigación de los hechos del Ejército norteamericano: 65 talibanes muertos y 35 civiles, según el coronel Greg Julian, portavoz del US Army.
 
 
Dice el coronel que hay pruebas concluyentes: las cámaras de video a bordo del bombardero B1 muestran a dos grupos, cada uno de unas 30 personas, huyendo mientras combaten. Luego se refugian en las casas que las bombas van a arrasar minutos más tarde. “Estos tipos estaban huyendo del área de combate”, dice el militar mientras explica las imágenes varilla en mano. “El comandante en tierra está hablando con el comandante de la aeronave y confirmando que esos tipos son insurgentes del área de combate y se están reagrupando.” Cuando unas sesenta personas no identificadas entran en las mismas viviendas, Julian se limita a explicar que “otra información que podría dar a conocer” prueba que son talibanes.
 
 
Por si fuera  poco convincente la versión de Julian, queda en entredicho ante las palabras unas semanas antes del nuevo embajador de Estados Unidos en Afganistán, el general Karl Eikenberry, nada más producirse los ataques. Quizá para templar gaitas con las autoridades de Kabul y con el presidente Karzai, que sabe que cada bomba pone más difícil el camino a su reelección, Eikenberry puso en tela de juicio la “conveniencia de lanzar bombas de 2000 libras sobre casas cuando no se sabía quién estaba adentro”. ¿Pero no habían quedado en que las infalibles cámaras del ejército son capaces de distinguir peligrosos terroristas y “víctimas colaterales”?.
 
 
Las brutales acciones de las tropas norteamericanas están soliviantando a la población afgana, más hastiada de las acciones de la OTAN que de la medieval opresión fundamentalista de los talibanes. Si la nueva estrategia de Obama pasa por “ganarse el corazón de los afganos”, los insurgentes llevan una gran ventaja, gracias a los coroneles y a los generales del US Army.
 
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