Mario Benedetti

Adios amigo, compañero, camarada…

Uno no siempre hace lo que quiere pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere. Del poema "Hombre preso que mira a su hijo" de Mario Benedetti.

0
0 votos
19-05-2009
Publicidad
 Adios amigo, compañero, camarada…
“No sé si alguna vez les ha pasado a vds. …” pero la primera página del periódico, de cualquier periódico, parecía estarme hablando a mí, al oído, con voz queda. Con esa voz que usamos para acompañar de dolor una mala noticia. Ninguna otra línea podía acaparar la atención de mis ojos. Mario se nos fue. Tenía “los huesos tristes”, todo el cuerpo triste. Tristeza por la enfermedad de su mujer, Luz, que se despegó de la vida, a su pesar, mucho antes de morir del todo. También por el terror, la persecución, la injusticia… Toda la injusticia arrebatada de crueldad que las inacabables dictaduras fascistas del Sur fueron capaces de diseminar entre los hombres. Expulsado de su patria y de otras patrias siguió apostando en Cuba y en España por todo aquello en lo que había creído desde joven, regresando una y otra vez “al propio desconcierto”.
 
No sé si alguna vez les ha pasado a vds., pero ahora que sucumbimos colectivamente en el naufragio que organizaron otros, en un mundo en el que la globalización (léase imperialismo capitalista) ha ensanchado las líneas de demarcación entre la pobreza y la opulencia a un ritmo devastador, es un momento excelente para recordar que no es en la avaricia ni en la falta de aduanas donde reside la esencia de tanta destrucción, sino que este estado de cosas las provocan aquellos que “con sus predicadores / sus gases que envenenan / su escuela de Chicago / sus dueños de la tierra” tienen a bien recordarnos de vez en cuando que “con su gesta invasora / el norte es el que ordena”.
 
No sé si alguna vez les ha pasado a vds., pero ahora sin Mario el mundo se queda como un poco más grande y el corazón un poco más pequeño. Mario hizo el mundo más grande hablándonos también de otras cosas que mueven el mundo, de “quienes se desmueren y quienes se desviven”, de todo aquello que podía enamorar, alegrar, ilusionar o simplemente dar un sentido para vivir. Nos deja un mundo más grande que el que todos los alquimistas financieros del planeta podrían jamás soñar. Nos deja un grito que nos impida olvidar las causas y los actores de tanto crimen y tanta ruina humana.
 
Nos deja una llamada, quizá una simple vela, que ilumine la noche de su viajar postrero. Adiós, Mario, hasta siempre, se hará lo que quisiste: “que todo el mundo sepa / que el sur también existe”.
¿Qué te ha parecido el artículo?
Publicidad