Encuentro entre Obama y Netanyahu

Diálogo de besugos en la Casa Blanca

EEUU dispone de poderosos mecanismos para reconducir el rumbo de Israel. No sólo la presión diplomática, sino toda una baraja de hilos que llegan a las mismas entrañas del Estado de Israel

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19-05-2009
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De momento parece haber sido un diálogo de besugos. Cada uno se dijo lo que tení­a que decirse, sin lograr convencer lo más mí­nimo al interlocutor. La cumbre Obama-Netanyahu ha concluido con una conclusión obvia: que los proyectos polí­ticos de ambos son antagónicos, irreconciliables, opuestos, en rumbo de colisión, y que por tanto no caben componendas ni medias tintas. Una de las dos ha de imponerse, por la fuerza de los hechos -o de los aparatos de Estado- sobre la derrota de la otra.
 El presidente norteamericano y el israelí­ mantuvieron un intercambio de opiniones totalmente estéril. Uno habló de Estado palestino, el otro de Irán. Uno habló de Altos del Golán, el otro de seguridad. Uno de asentamientos en Cisjordania, el otro de cohetes desde Gaza. EFE
El presidente norteamericano y el israelí­ mantuvieron un intercambio de opiniones totalmente estéril. Uno habló de Estado palestino, el otro de Irán. Uno habló de Altos del Golán, el otro de seguridad. Uno de asentamientos en Cisjordania, el otro de cohetes desde Gaza. EFE
De momento parece haber sido un diálogo de besugos. Cada uno se dijo lo que tení­a que decirse, sin lograr convencer lo más mí­nimo al interlocutor. La cumbre Obama-Netanyahu ha concluido con una conclusión obvia: que los proyectos polí­ticos de ambos son antagónicos, irreconciliables, opuestos, en rumbo de colisión, y que por tanto no caben componendas ni medias tintas. Una de las dos ha de imponerse, por la fuerza de los hechos -o de los aparatos de Estado- sobre la derrota de la otra.
El tono y las formas fueron cordiales, correctas. No podía ser de otra manera tratándose de dos Estados cuya relación está por encima de quien esté en la presidencia. La superpotencia siempre ha tratado la seguridad de Israel como un asunto de Estado, y hasta en los momentos más tensos de la guerra fría los presidentes norteamericanos saben que pase lo que pase no se puede desahuciar a Tel Aviv a merced de su hostil entorno.
 
 
Pero por lo demás, el presidente norteamericano y el israelí mantuvieron un intercambio de opiniones totalmente estéril. Uno habló de Estado palestino, el otro de Irán. Uno habló de Altos del Golán, el otro de seguridad. Uno de asentamientos en Cisjordania, el otro de cohetes desde Gaza. Y por mucho que se empeño el norteamericano, de la boca del israelí no salieron las palabras mágicas “Dos Estados”.
 
 
Netanyahu intentó ponerle un plazo a la superpotencia para que las negociaciones con Irán: después del verano. A su vez el nuevo presidente norteamericano intenta sumar a Tel Aviv a un nuevo plan de paz capaz de traer algo de estabilidad a la explosiva región. Ninguno de los dos ha conseguido que el otro retroceda un milímetro. La Casa Blanca no está dispuesta a que nadie condicione su estrategia con Teherán, y el gobierno Netanyahu depende para su gobernabilidad de una telaraña de partidos ultras capaces de abandonar el ejecutivo a la mínima concesión a los palestinos.
 
 
Pero no nos engañemos. No son iguales. Por muchas, tupidas y poderosas que sean las conexiones entre los sectores más intransigentes del sionismo israelí con los sectores más aventureros y belicistas de la clase dominante norteamericana, no son estos últimos los que ahora mismo llevan la dirección de la superpotencia. Obama ha logrado crear un consenso amplio entre la oligarquía norteamericana, que abarca desde los que se opusieron con fuerza a la línea Bush hasta los que la apoyaron al principio para abandonarla cuando quedó demostrado que conducía al fracaso. Sectores moderados del `complejo militar industrial´ representados políticamente por cuadros como Robert Gates, secretario de defensa del anterior gobierno que continúa en este.
 
 
Netanyahu se entrevistará después con una vieja conocida, Hillary Clinton, esposa de un ex-presidente con el que tampoco tuvo unas relaciones precisamente buenas. Más tarde con un grupo de congresistas, seguramente aleccionados y advertidos por los asesores de la Casa Blanca, que la semana pasada ya se reunieron con los representantes y los prepararon ante la posibilidad de un enfrentamiento diplomático –cada vez más probable- con Israel. A pesar del lobby israelí, difícilmente los halcones de Tel Aviv van a poder influir en las intrigas de Washington de forma lo suficientemente significativa como para torcer la estrategia de Obama.
 
 
Y por si se les ocurriera imponer otra dinámica por los hechos consumados, tal y como acostumbran a hacer con los palestinos o con sus vecinos árabes, el director de la CIA, León Panetta, visitó la semana pasada Israel para sancionar tajante y terminantemente cualquier remota tentación de un ataque aéreo contra instalaciones nucleares iraníes.
 
 
En cambio, EEUU dispone de abundantes y poderosos mecanismos para reconducir el rumbo de Israel. No sólo el instrumento de la presión diplomática –que por supuesto va a utilizar a plena potencia- sino toda una baraja de hilos que llegan a las mismas entrañas del Estado de Israel. Tel Aviv ha de pasar por el aro, hay demasiado en juego, y en el terreno de los choques de los aparatos de Estado caben los choques silenciosos, pero no los diálogos de sordos.
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