Literatura

El escritor y el poder

Ricardo Piglia reflexiona sobre el nuevo papel de los escritores y los intelectuales en su relación con el poder en una sociedad democrática

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15-05-2009
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Tiene ya veinte años, pero parece hecha ayer. Esta entrevista, realizada por la revista argentina Página/12 en 1987, pone al desnudo la clarividencia de Piglia al analizar un tema crucial de nuestro tiempo, un tema que además, aquí­, en España, tiene una importancia crucial, dado el creciente compromiso de un elevado número de intelectuales, escritores y artistas con el poder polí­tico. Tiene ya veinte años, pero parece hecha ayer. Esta entrevista, realizada por la revista argentina Página/12 en 1987, pone al desnudo la clarividencia de Piglia al analizar un tema crucial de nuestro tiempo, un tema que además, aquí­, en España, tiene una importancia crucial, dado el creciente compromiso de un elevado número de intelectuales, escritores y artistas con el poder polí­tico.
En la Argentina la literatura se ha vinculado siempre con el tema del poder pero desde la oposición, desde el enfrentamiento. ¿Por qué a los intelectuales les preocupa tanto el tema del poder?
 
Los elementos “positivos” del poder son los que están ahora en primer plano. ¿Cómo institucionalizarse, cómo “entrar”, cómo dialogar con el Estado? Ésa es la versión cultural de la problemática que los medios definen como “vivir en democracia”. Por supuesto que siempre han existido escritores aliados al poder,
 
O que lo han ejercido directamente.
 
Claro. Cuando Sarmiento llega a presidente de la República se produce un hecho único. Como si Arlt hubiera llegado a la presidencia. El mejor escritor argentino ocupa el poder político. Y pasa algo increíble. ¡Su discurso inaugural se lo escribe Avellaneda! Sarmiento se encierra y escribe un discurso para inaugurar su gobierno, pero sus ministros se lo rechazan. Siempre he querido escribir un relato que reconstruya ese discurso.
 
¿Se perdió?
 
Se perdió. Me parece una metáfora perfecta de las relaciones del escritor con el Estado. Había que adaptarlo a las necesidades de la política práctica. Y antes que nada había que ajustarle su relación con el lenguaje. Las cosas no han cambiado desde entonces, más bien se han agravado. Para ser integrado un intelectual debe demostrar que se sabe adaptar a la lógica de lo posible.
 
Según David Viñas, la propuesta de muchos intelectuales en este momento es “Hay que aceitarlo todo, hay que tranquilizar conciencias.” ¿Coincide usted?
 
A menudo lo fundamental reside en aceitar la propia conciencia. Pasar de la tradición de los vencidos a la tradición de los vencedores. Adaptarse al retro neoconservador, a la elegancia cínica, a la defensa del orden, a la muerte de las vanguardias. En Argentina, eso produce un híbrido muy divertido: el progresista escéptico. Mantiene la forma del pensamiento progresista a lo Juan B. Justo, pero le añade una especie de esteticismo. De modo que tiene razón Viñas, hay que tranquilizarse la conciencia para estar a la moda esta temporada.
 
¿Y cuál sería el riesgo básico?
 
El exceso de realismo, la falsa politización. La política se ha convertido en la práctica que decide lo que una sociedad no puede hacer. Los políticos son los nuevos filósofos: dictaminan qué debe entenderse por real, qué es lo posible, cuáles son los límites de la verdad. Todo se ha politizado en ese sentido. También la cultura. La política inmediata define el campo de reflexión. Parece que los intelectuales tienen que pensar los problemas que les interesan a los políticos.
 
¿Ésa es la forma en que se plantea hoy la relación entre los intelectuales y el poder?
 
Pensar en el lugar de los políticos. Ésa es la tendencia hegemónica. Los intelectuales hablan como si fueran ministros. Se habla de la realidad con el cuidado y el cálculo y el tipo de compromiso y el estilo involuntariamente paródico que usan los que ejercen directamente el poder.
 
Una nueva idea de responsabilidad de los intelectuales
 
Una responsabilidad desplazada. Por ejemplo, ya en los comienzos de este debate sobre los militares, que tiene tres o cuatro años, era muy común que ciertos intelectuales dijeran que no era posible enfrentar al ejército, porque cómo se podía llevar adelante una política de justicia sin un poder real. Pero ése es un problema de Tróccoli, de Jaunarena, digamos. Tróccoli tiene que negociar y someterse a la división entre lo posible y lo verdadero. ¿Por qué voy a tener que pensar yo con las categorías del ministro del Interior?
 
¿El llamado posmodernismo sería el contexto actual de esta situación?
 
Bueno, por supuesto que es una etiqueta, o se ha convertido en una etiqueta que no quiere decir nada. Pero creo que hay un punto central, la máquina del posmodernismo viene a decir que la cultura moderna ha terminado por imponer y legitimar a los transgresores y a los revolucionarios, a Joyce, a Picasso, a Stravinsky, ha valorado la libertad sexual, al individuo que se margina de la sociedad, al sujeto libre, a la liberación de las mujeres, a la crítica de la familia como institución. Ésos fueron los elementos que la cultura moderna, a partir digamos de Baudelaire, puso en primer plano y ésos fueron sus héroes. Pero, dicen, una sociedad no puede funcionar con valores que son antagónicos con sus necesidades, no puede dejarse manejar por una cultura que exalta los valores que buscan desintegrar a esa sociedad. Una sociedad necesita orden, necesita valorar sus tradiciones, la sociedad no puede seguir exaltando su propia destrucción. Por lo tanto, se vendría a decir, hay que construir una cultura nueva posmoderna, posterior a la cultura moderna, que esté de acuerdo con las necesidades de la sociedad. Una cultura que valore en todos los planos (en la literatura, en la vida cotidiana, en la política) lo que había sido negado por la vanguardia, por la transgresión, por la revolución.
 
¿Se ha empobrecido hoy el debate en relación con las ideas que circulaban en los años sesenta? 
 
Yo diría que la nueva marca en el discurso intelectual es una suerte de conformismo general y de sometimiento al peso de lo real. En lo que se llama “los setenta” había un espacio de reflexión diferente que, por no estar conectado a la política inmediata. permitía poner en el centro del debate temas que hoy han sido clausurados, como el de las transformaciones y la revolución.
 
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