Literatura

"Gobierna el infierno"

En una carta de 1933 a Stefan Zweig, el escritor Joseph Roth anticipó lo que serí­a el nazismo, "el gobierno de los bárbaros"

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09-05-2009
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Editorial "El Acantilado" acaba de publicar el volumen "Cartas (1911-1939)", donde reúne 450 de las más de cinco mil cartas que el escritor judí­o centroeuropeo Joseph Roth envió a lo largo de su vida, a interlocutores tan destacados como Hermann Hesse, Klaus Mann, Brentano y, sobre todo, a Stefan Zweig, su amigo, mecenas e interlocutor privilegiado. Nómada de una "patria" desaparecida (el vetusto imperio austro-húngaro), testigo singular y premonitorio de la deriva de Alemania hacia la barbarie (ya en 1933, recién llegados los nazis al poder, escribió: "No doy un céntimo por nuestras vidas. Gobierna el infierno"), extraordinario escritor y soberbio bebedor (su último relato, publicado en Parí­s en 1939, se titula "La leyenda del santo bebedor"), Joseph Roth nos ofrece en estas cartas lo más parecido a una autobiografí­a y un retrato ví­vido de la Europa de entreguerras.
 "Gobierna el infierno"
Editorial "El Acantilado" acaba de publicar el volumen "Cartas (1911-1939)", donde reúne 450 de las más de cinco mil cartas que el escritor judí­o centroeuropeo Joseph Roth envió a lo largo de su vida, a interlocutores tan destacados como Hermann Hesse, Klaus Mann, Brentano y, sobre todo, a Stefan Zweig, su amigo, mecenas e interlocutor privilegiado. Nómada de una "patria" desaparecida (el vetusto imperio austro-húngaro), testigo singular y premonitorio de la deriva de Alemania hacia la barbarie (ya en 1933, recién llegados los nazis al poder, escribió: "No doy un céntimo por nuestras vidas. Gobierna el infierno"), extraordinario escritor y soberbio bebedor (su último relato, publicado en Parí­s en 1939, se titula "La leyenda del santo bebedor"), Joseph Roth nos ofrece en estas cartas lo más parecido a una autobiografí­a y un retrato ví­vido de la Europa de entreguerras.
Joseph Roth nació en 1894 en Brody (actual Ucrania), en un territorio que entonces formaba parte aún del mosaico étnico integrado en el Imperio Austro-húngaro. "Soy el hijo de un austriaco, funcionario del ferrocarril (jubilado anticipadamente y muerto en estado de demencia), y de una judía ruso-polaca", dice en una de las cartas. Estudió germanística en Viena y luego se enroló como voluntario para participar en la "gran guerra". Fue hecho prisionero por los rusos, y escapó para enrolarse con el Ejército Rojo.

Su primera novela, "Hotel Savoy" (1923) descubrió ya a un extraordinario narrador, que se consagraría progresivamente como uno de los grandes escritores centroeuropeos de entreguerras. Su relato "Job" adquiriría un relieve y una popularidad enormes cuando Marlen Dietrich la citó como su obra favorita. Para la crítica, sin embargo, su gran obra maestra es "La marcha Radetzky", gran retrato del fin del imperio austro-húngaro, "la única patria que he tenido", dijo Roth.

Fue uno de los peropdistas más destacados de la Alemania de entreguerras, pero en 1933, nada más llegar los nazis al poder, abandonó el país. En febrero de ese año envió una célebre carta a Stefan Zweig, que resume muy bien su visión profética de la realidad: "Entretanto sabrá usted que nos aproximamos a grandes catástrofes. Aparte de lo privado -nuestra existencia literaria y material queda aniquilada- todo conduce a una nueva guerra. No doy un céntimo por nuestras vidas. Los bárbaros han conseguido gobernar. No se haga ilusiones. Gobierna el infierno".

Comenzó entonces una vida nómada, que discurría entre París, Marsella, Zurich, Amsterdam, Viena, con la conciencia de que "el trabajo de toda nuestra vida -dice, una vez más, a Zweig- ha sido en vano". No obstante, siguió escribiendo hasta el final: cientos de cartas y, al final, su mítico relato "La leyenda del santo bebedor", que se publicaría en París en 1939, pocos meses antes de su muerte, y de que Europa entera se anegara en el baño de sangre que él ya había pronosticado seis años antes.

Las 700 páginas que ocupa esta expléndida recopilación de la correspondencia de Roth son lo más cercano que disponemos a un autorretrato del escritor, una especie de "autobiografía no premeditada", una visión fragmentaria pero clarividente, que ha sobrevivido hasta nosotros de puro milagro: fue el traductor de su obra al francés quien, durante la ocupación alemana de Francia, ocultó bajo la cama de la portera de su casa todas las cartas y manuscritos que Roth le legó. 
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