El Observatorio

La tercera hora

Mientras Galicia y Euskadi frenan la "inmersión lingüí­stica", la Generalitat de Cataluña agudiza la marginación escolar del español

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08-05-2009
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Mientras los nuevos gobiernos de Galicia y Euskadi parecen haber vuelto a la cordura y han declarado sus intenciones de frenar y cambiar en sus comunidades las llamadas polí­ticas de "inmersión lingüí­stica", que suponí­an de hecho la eliminación de la educación en español, la Generalitat de Cataluña ha optado por lo contrario: por reforzar aún más su modelo escolar "sólo en catalán" y proseguir la marginación escolar del español. Mientras los nuevos gobiernos de Galicia y Euskadi parecen haber vuelto a la cordura y han declarado sus intenciones de frenar y cambiar en sus comunidades las llamadas polí­ticas de "inmersión lingüí­stica", que suponí­an de hecho la eliminación de la educación en español, la Generalitat de Cataluña ha optado por lo contrario: por reforzar aún más su modelo escolar "sólo en catalán" y proseguir la marginación escolar del español.
En un claro desafío a lo establecido por el Ministerio de Educación, en Cataluña no se aplicará la legislación vigente sobre la enseñanza de la lengua castellana (fijada en un mínimo de tres horas semanales). A la sentencia del Tribunal Supremo que obligaba a la Generalitat a introducir en el sistema educativo catalán esa “tercera hora”, el tripartito catalán, apoyado por CiU, ha respondido elaborando una nueva ley catalana de educación en la que esa “tercera hora”, que se le niega al castellano, se la otorga al inglés. Se cumple así el anhelo “revanchista” de los sectores más resentidos del nacionalismo catalán, que buscan denodadamente la forma de asestarle un “bajonazo” al español  y pasar a tratarlo, al menos dentro del sistema educativo bajo su control, como un “idioma extranjero”, ni siquiera el principal.

Las razones de este sectarismo se hunden en el pasado, pero también se proyectan hacia el futuro. Para algunos sectores, de mentalidad estrecha y retorcida, se trata de cobrarse una “venganza” histórica por la persecución del franquismo sobre el catalán, como si la lengua de Lorca y de Cervantes, de Borges y García Márquez, fuera –como decía Arzallus– la “lengua de Franco”. Pero también es una forma actual de segregación, que favorece a los nacionalistas: al marginar, segregar y aumentar el fracaso escolar de quienes tienen el castellano como lengua materna, que en Cataluña, no lo olvidemos, son todavía más del 50% de la población.

No soy de los que creen que estas medidas vayan a poner en peligro al español en Cataluña, una lengua que lleva allí al menos desde el siglo XVI, como ya constató el propio Cervantes. Pero tampoco creo que sea una política que a la larga vaya a favorecer al catalán ni a Cataluña, al contrario. Como toda imposición, encontrará resistencia y se hara tarde o temprano odiosa para sectores cada vez más amplios de la población. Redundará en un conocimiento cada vez peor del castellano, una lengua que enriquece especialmente a Cataluña, ya que allí continúa albergada buena parte de la industria editorial en lengua castellana, dirigida no sólo al mercado español sino a todo el mercado hispano. Así que marginar y perseguir y desprestigiar al español es lo más parecido a pegarse un tiro en el pie. Algo que no sólo le vienen señalando desde España, sino que cada vez le sugieren más medios de comunicación extranjeros. A la larga esa política puede significar un suicidio económico para Cataluña y un beneficio ¿para quién?. Para los sectores más atrasados y rancios del nacionalismo catalán, esos scetores que están llevando a Cataluña al descrédito y a las antipodas de lo que fue. Los mismos que ahora pretenden nada menos que convertir a la sardana en “danza nacional de Cataluña”, lo que evoca cada vez más los tiempos de “los coros y danzas” de la Falange. ¿Cómo se casa todo eso con la imagen de modernidad de Cataluña?

La obsesión identitaria de Cataluña, alimentada por los fantasmas del pasado y nutrida por las ambiciones de sectores cada vez más retrógrados, marca una deriva en la que, ya en solitario (pues Galicia y Euskadi han decidido sabiamente apartarse de ella), acabará inevitablemente por estrellarse.
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