Un centenar de civiles afganos mueren tras una ofensiva aérea de EE UU

Sangre colateral en Afganistán

Por muy diferente que sea el tono de la Casa Blanca, su nuevo inquilino cumple con la tradición norteamericana, esa que reza que no hay presidente sin su guerra

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06-05-2009
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De momento no los denominan "victimas colaterales", pero han sido igualmente inmolados. Un centenar de civiles -entre ellos mujeres y niños- han muerto en los últimos ataques aéreos del ejército norteamericano en la localidad de Farah al oeste de Afganistán. La Casa Blanca se ha disculpado y ha ofrecido una investigación para aclarar los hechos. La masacre se produce en la ví­spera del encuentro de los presidentes afgano y pakistaní­ con Barack Obama en Washington. De momento no los denominan "victimas colaterales", pero han sido igualmente inmolados. Un centenar de civiles -entre ellos mujeres y niños- han muerto en los últimos ataques aéreos del ejército norteamericano en la localidad de Farah al oeste de Afganistán. La Casa Blanca se ha disculpado y ha ofrecido una investigación para aclarar los hechos. La masacre se produce en la ví­spera del encuentro de los presidentes afgano y pakistaní­ con Barack Obama en Washington.
El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) ha informado que un equipo de reconocimiento enviado a la zona de combate contra los talibanes, en la provincia occidental de Farah, encontró decenas de cuerpos de civiles entre los escombros de las viviendas bombardeadas por la aviación norteamericana. Entre ellos yacían los cuerpos inertes de mujeres y niños.
 
Para marcar el cambio de estilo de la superpotencia, esta vez hubo disculpas, y se evitaron términos como “victimas colaterales”, tan de moda durante los años de Bush. "Estados Unidos lamenta profundamente cualquier daño o pérdida de vidas inocentes entre los afganos como consecuencia de operaciones en las que sus fuerzas están involucradas", dijo el portavoz adjunto del Departamento de Estado, Robert Wood. "Cualquier pérdida de vidas inocentes es trágica", añadió compungido, y ofreció asistencia humanitaria a las comunidades afectadas.
 
Pero por muy diferente que sea el tono de la Casa Blanca, su nuevo inquilino cumple con la tradición norteamericana, esa que reza que no hay presidente sin su guerra. Obama tiene delante un conflicto enrevesadamente complicado, que de momento implica a dos países trazados por una frontera difusa que los talibanes cruzan como si no existiera. Esto lo ha formulado mejor que nadie Richard Holbrooke, enviado especial de Washington en Pakistán y Afganistán, que ayer, ante el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes, dijo que EE UU debe ejercer "la mayor presión posible" sobre Islamabad, para que su gobierno ayude en la lucha "contra los extremistas y sus aliados. No podemos tener éxito en Afganistán sin el apoyo y la implicación de Pakistán".
 
Precisamente hoy Barack Obama celebra un encuentro a tres bandas con Alí Zardari, presidente paquistaní y Hamid Karzai, presidente afgano. Se trata del principal reto para la superpotencia, del que depende en gran medida que EEUU no pierda el pié en Asia. El dominio sobre Afganistán –que no puede resolverse sin Pakistán- significa mantener las garras sobre el vientre ex-soviético, sobre la frente de Irán, la nuca de India, y sobretodo, sobre la espalda de China. Es la herencia de la era Bush a la que la superpotencia no puede renunciar bajo ningún concepto.
 
Para ello han de causar miles, cientos de miles de “victimas colaterales”. Pero ¿desde cuando ha sido eso un problema para Washington?
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