Literatura

Los grandes poemas épicos de Asia

Borges fue un precursor de la lectura y recomendación de una literatura que hoy cobra un especial relieve con el nuevo papel de Asia en el mundo

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28-04-2009
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Mucho es lo que la literatura en lengua española debe a una figura como la de Borges. Y esa deuda no se cifra sólo en su contribución poética, narrativa o ensayí­stica, que han hecho de él uno de los escritores esenciales del siglo XX, o por la radical renovación que llevó a cabo de la lengua literaria, que lo convirtieron en el más decisivo modernizador de la escritura en español, sino también porque incorporó al acervo literario en nuestra lengua un volumen y espesor de lecturas, ignoradas o desconocidas, que hicieron por fin verdaderamente universal nuestra relación con la literatura. En su inacabado proyecto de una "Biblioteca personal", Borges dejó trazas de esa voracidad universal de su mirada. Mucho es lo que la literatura en lengua española debe a una figura como la de Borges. Y esa deuda no se cifra sólo en su contribución poética, narrativa o ensayí­stica, que han hecho de él uno de los escritores esenciales del siglo XX, o por la radical renovación que llevó a cabo de la lengua literaria, que lo convirtieron en el más decisivo modernizador de la escritura en español, sino también porque incorporó al acervo literario en nuestra lengua un volumen y espesor de lecturas, ignoradas o desconocidas, que hicieron por fin verdaderamente universal nuestra relación con la literatura. En su inacabado proyecto de una "Biblioteca personal", Borges dejó trazas de esa voracidad universal de su mirada.
En uno de esos volúmenes de su “Biblioteca personal”, Borges reunió, para su difusión, dos de los poemas más importantes de la literatura “épica” asiática de la antigüedad: el “Bhagavad-Gita” y el “Poema de Gilbamesh”.

“Aquí están –dice Borges en el prólogo– dos famosos poemas de las literaturas asiáticas. Uno es el Bhagavad-Gita, título que podemos traducir por el Canto del Dios o por el Canto del Bienaventurado. Data del segundo o del tercer siglo antes de nuestra era. El nombre del autor es desconocido; los hindúes atribuyeron sus obras a una divinidad, a una secta, a un personaje de fábula o simplemente al Tiempo, hipótesis que parece atendible pero que alarma a los eruditos. El poema consta de setecientos versos y ha sido interpolado en el “Mahabharata”, que consta de doscientos doce mil. Se enfrentan dos ejércitos; Arjuna, el héroe, vacila antes de entrar en la batalla, porque teme matar a sus parientes, a sus amigos y a sus maestros, que militan en el opuesto bando. El auriga de su carro lo insta a cumplir con el deber que su casa le impone. Declara que el universo es ilusorio y que la guerra también lo es. El alma es inmortal; transmigra a otros seres muerta la carne. La derrota o la victoria no importan; lo esencial es cumplir con su deber y lograr el Nirvana. Se revela después como Krishna, que es uno de los mil nombres de Vishnu. Un pasaje de este poema que afirma la identidad de los contrarios ha sido imitado por Emerson y por Charles Baudelaire. Es curioso que una apología de la guerra nos llegue de la India. En la Bhagavad-Gita confluyen las seis escuelas de la filosofía hindú.

La otra pieza de este volumen es la epopeya de Gilgamesh. Tal vez no sólo cronológicamente es la primera de las epopeyas del mundo. Fue redactada o compilada hace cuatro mil años. En la famosa biblioteca de Asurbanipal doce tablas de arcilla contenían el texto. La cifra no es casual; corresponde al orden astrológico de la obra. Dos son los héroes del poema: el rey Gilgamesh y Enkidu, un hombre primitivo y sencillo, que vaga entre las gacelas de la pradera. Ha sido creado por la diosa Aruru para destruir a Gilgamesh, pero los dos se hacen amigos y emprenden aventuras que prefiguran los doce trabajos de Hércules. También se prefiguran en la epopeya el descenso a la Casa de Hades en la Odisea, el descenso de Eneas y la Sibila y la casi de ayer Comedia dantesca. La muerte del gigante Khumbaba, que guarda la foresta de cedros y cuyo cuerpo está revestido de ásperas escamas de bronce, es una de las muchas maravillas de este multiforme poema. La triste condición de los muertos y la búsqueda de la inmortalidad personal son temas esenciales. Diríase que todo ya está en este libro babilónico.
Sus páginas inspiran el horror de lo que es muy antiguo y nos obligan a sentir el incalculable paso del Tiempo”.
 
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