Literatura

Últimas tardes con Teresa

Esta novela de Marsé es un hito esencial en la literatura española contemporánea.

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23-04-2009
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Aunque la obra de Juan Marsé es muy prolí­fica y diversa, tiene muchas idas y venidas, más de un sentido y muchas bifucarciones, sin embargo su centro ineludible es, y creo que será siempre, "Últimas tardes con Teresa", novela emblemática, en la que el escritor barcelonés aúna ejemplarmente el ejercicio de la memoria con el vuelo de la imaginación, el trabajo de orfebrerí­a sobre el lenguaje con una perfecta arquitectura narrativa, y en la que logra poner en pie uno de esos elementos que hacen indestructible una literatura: un personaje literario tan vivo y perenne que hace indiscernible la ficción de la realidad, el "famoso" Pijoaparte, emblema de una realidad mestiza a la que Barcelona ya no podrá escapar sin traicionarse a sí­ misma.
 Últimas tardes con Teresa
Aunque la obra de Juan Marsé es muy prolí­fica y diversa, tiene muchas idas y venidas, más de un sentido y muchas bifucarciones, sin embargo su centro ineludible es, y creo que será siempre, "Últimas tardes con Teresa", novela emblemática, en la que el escritor barcelonés aúna ejemplarmente el ejercicio de la memoria con el vuelo de la imaginación, el trabajo de orfebrerí­a sobre el lenguaje con una perfecta arquitectura narrativa, y en la que logra poner en pie uno de esos elementos que hacen indestructible una literatura: un personaje literario tan vivo y perenne que hace indiscernible la ficción de la realidad, el "famoso" Pijoaparte, emblema de una realidad mestiza a la que Barcelona ya no podrá escapar sin traicionarse a sí­ misma.
Publicada en 1966 por Seix Barral y galardonada ese mismo año con el Premio Biblioteca Breve, “Últimas tardes con Teresa” acabaría consagrando a Marsé no ya como uno de los nuevos valores de la narrativa española que, en pleno franquismo todavía, escribía no sólo “desde fuera” del régimen, sino abiertamente contra el régimen, sino en un escritor que, aun sin proceder de las élites culturales ni de carrera universitaria alguna, mostraba un interés prioritario por el uso de un lenguaje literario muy trabajado, muy depurado, al servicio de unas historias tan pegadas al suelo como enhebradas por el hilo de una imaginación narrativa febril.

La novela corre a cargo de un narrador omnisciente (Marsé ha dicho a veces que quiso escribir una verdadera novela “decimonónica”), aunque, a lo largo del relato, la narración se va “venciendo” hacia uno u otro personaje e incorporando sus distintas (y contrapuestas) perspectivas.

La acción discurre en Barcelona a finales de los años cincuenta, y se despliega por casi toda la ciudad, desde las barriadas suburbiales, como el Carmelo, en las que se hacina el sector más marginal de la inmigración del sur peninsular, hasta la señorial de san Gervasio, donde habita una burguesía triunfante, a la que la “victoria” (de Franco) devolvió propiedades, orgullo y poder (económico) tras el mal trago de la república y la guerra, y que ahora ya (casi veinte años después de aquello) navega en un deslumbrante mar de lujo y prosperidad: chalets, masías, torres en la playa, descapotables para los hijos, criadas, yates...

En un cable tendido, provisionalmente, entre esos mundos, o más bien, sobre el abismo que separa a esos dos mundos, Marsé, el poderío narrativo de Marsé, va a construir la efímera historia de amor (o mejor, la confluencia de dos deseos) entre dos personajes salidos de esos dos mundos antagónicos: el Pijoaparte (un atractivo ejemplar de los barrios bajos, un charnego, de “profesión” delincuente, pero con la ambición, el temperamento y la jeta necesaria para  ambicionar y para coger del otro mundo, del mundo de los ricos, todo lo que desee o todo lo que pueda) y Teresa, Teresa Serrat. una indócil y bella rubia, de ojos azules, hija de unos riquísimos industriales catalanes, una universitaria rebelde, empapada en el mito heróico de la resistencia estudiandil incipiente contra el franquismo y en el imaginario pequeñoburgués de una clase obrera redentora, una joven idealista y comprometida, pero con el “sello” de su clase impreso en cada poro de su piel y en el tallo de cada una de sus ideas.

El fondo argumental del relato es el de una comedia de enredo, una comedia de “equivocaciones”, en la que se juega constantemente con el contraste de las apariencias y la realidad. El Pijoaparte consigue ligarse a Maruja creyendo que es una burguesita, hasta que descubre, enrabietado, que es la simple criada de los Serrat. Pero esa relación le va a acabar dando acceso a Teresa, que a su vez, se siente atraída por él, creyendo que se trata de un obrero concienciado y militante. Sobre estos equívocos se va construyendodo una relación que, en realidad, se cimenta en otras motivaciones: la del Pijoaparte, que ambiciona ante todo ascender socialmente, salir del mísero barrio, tocar el mundo seguro y satisfecho de esa burguesía que lo tiene todo; y el de Teresa, que anhela que la tomen unos brazos fuertes, un cuerpo poderoso, un sexo viril.

Todo el relato está atravesado, además, por una demoledora ironía cervantina. Teresa, como don Quijote, va acomodando toda la realidad y transmutándola a la luz del “ideal” que tiene en su cabeza sobre el “obrero comprometido”, de modo que convierte cualquier gesto, insinuación o silencio del Pijoaparte en expresión de un heroísmo revolucionario que sólo existe en su cabeza: allí donde sólo hay molinos de viento, ella ve constantemente gigantes y monstruos. De nada le sirve que un Pijoaparte sanchopancesco le rebata a veces, con sardónico realismo, sus alocadas creencias. Aunque el “charnego”, como Sancho Panza, irá aprendiendo a “callar” y a sacar beneficio del disimulo, a la espera de recibir su ansiada recompensa, la ínsula Barataria de sus deseos: el cuerpo de Teresa y lo que ello comporta.
No obstante, la ironía de Marsé a veces se desborda y se deja llevar hasta el sarcasmo (que el abismo entre los dos mundos facilita) y otras se decanta por una aguda melancolía, rápidamente desdibujada por el realismo que impone la cruda realidad del Carmelo o el lado canalla del Pijoaparte y su mundo.

Con todo, lo mejor de la novela son los poderosos caracteres que Marsé pone en pie y su certera, precisa, demoledora e hilarante capacidad de retratar y fijar a cada personaje, su contexto, los rasgos esenciales de su estatus, de su carácter, de su psicología, de su imaginario, de su conducta en el escenario social, y la coherencia que todo ello tiene con cada rasgo de su anatomía, cada gesto, cada palabra que sale de su boca. No sólo el Pijoaparte (que sale de esta novela convertido en un personaje literario imperecedero), o Teresa, también otros personajes, como la criada Maruja, el “capo” de barrio El Cardenal, el padre y la madre de Teresa, el lidercillo universitario amante de Teresa, componen una fauna narrativa de primera magnitud que confieren al relato una intensidad narrativa extraordinaria y permiten dibujar con precisión un “cuadro de época” que la novela, yo creo que conscientemente, quiere transmitir, y que sin duda trasmite.

De forma que (como certeramente se afirma en la página web del escritor) “lo que empieza siendo una historia de amor de una niña burguesa, rebelde e ingenua (Teresa) y un charnego barriobajero, desarraigado y ladrón (el Pijoaparte) termina siendo una formidable sátira y encarnación del tiempo en que trascurre esa breve, intensa y, lógicamente, calamitosa relación pasional”.

Por todo ello “Últimas tardes con Teresa” es un hito esencial en la literatura española contemporánea.
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