El Observatorio

Liderazgo

Cuatro restaurantes españoles están entre los diez mejores del mundo. ¿Por qué ese liderazgo no es posible en sectores más determinantes?

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22-04-2009
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Exceptuando a los sectores más caverní­colas, no creo que nadie haya dejado de sentirse orgulloso en este paí­s por el hecho de que cuatro cocineros españoles estén entre los diez mejores del mundo, incluso aunque para la mayorí­a de la población el acceso a sus restaurantes esté vedado por su elevado cachet. También nos sentimos orgullosos de que Nadal sea el número uno del mundo del tenis, independientemente de que nunca vayamos a jugar un partido de tenis con él. O de la selección española de fútbol. Pero, no es de comida, ni de restaurantes, ni de cocineros, ni de tenis ni de fútbol de lo que querí­a hablar, sino de liderazgo. Qué lideramos y qué no, y porqué. Exceptuando a los sectores más caverní­colas, no creo que nadie haya dejado de sentirse orgulloso en este paí­s por el hecho de que cuatro cocineros españoles estén entre los diez mejores del mundo, incluso aunque para la mayorí­a de la población el acceso a sus restaurantes esté vedado por su elevado cachet. También nos sentimos orgullosos de que Nadal sea el número uno del mundo del tenis, independientemente de que nunca vayamos a jugar un partido de tenis con él. O de la selección española de fútbol. Pero, no es de comida, ni de restaurantes, ni de cocineros, ni de tenis ni de fútbol de lo que querí­a hablar, sino de liderazgo. Qué lideramos y qué no, y porqué.
Sin duda es solo una sorpresa a medias que cuatro restaurantes españoles ocupen un lugar tan destacado en una competición tan reñida. De hecho, Ferrà Adrià y su Bullí llevan ya cuatro años ocupando el sitial de mejor cocinero del mundo y su cocina experimental y de vanguardia vienen recibiendo elogios y reconocimientos desde hace bastante tiempo. Con él y muchos otros como él, repartidos ya por toda la geografía nacional (aunque la cabeza siguen siendo catalanes y vascos), la cocina española ha dado un salto cualitativo y de un sector siempre boyante y reconocido (merced, entre otras cosas, al peso del turismo) ha pasado a convertirse en un verdadero símbolo de la modernización del país, de su capacidad de estar a la vanguardia en un sector muy competitivo, de su extraordinaria voluntad de innovación y de su persistencia en el liderazgo.

Más o menos lo mismo dijimos el año pasado mientras vivíamos, a golpe de raquetazo, de pedalada, de tiro a canasta o de chut a puerta, el mejor año de la historia del deporte español, y cada fin de semana veíamos caer de nuestro lado Roland Garros, Wimbledon, el Giro, el Tour, la Eurocopa, la Copa Davies y la medalla de plata olímpica en Baloncesto. También entonces se puso en evidencia la capacidad de liderazgo del deporte español, cómo un país de apenas 45 millones de habitantes (sobre los 6000 millones que hay en el mundo) era capaz de monopololizar la atención del planeta entero un fin de semana sí y otro también.Y como lo hacía además poniendo en evidencia unos valores que se oponían al necio individualismo y al estúpido elitismo que se han apoderado en los últimos tiempos de la práctica deportiva de élite.
Es obvio pues que, como demuestra la gastronomía, o el deporte, o muchas facetas culturales, España tiene una enorme capacidad de liderazgo. Pero es cierto también que en otros campos básicos, y más determinantes que esos, el país adolece de una dejación verdaderamente suicida. En los campos de la investigación, la ciencia, el conocimiento, la tecnología, la investigación básica, etc., España sigue en mantillas. Nuestras universidades no están ni entre las 500 mejores del mundo. No hay casi patentes españolas. Nuestros científicos se van a trabajar al extranjero. ¿Por qué? ¿España sólo puede dar Nadales y Adriàs y no premios nóbeles?

¿Qué lastra a España? El modelo productivo asumido por sus élites financieras, económicas y políticas e impuesto desde el exterior por EEUU y la UE. Según ese modelo productivo, España tiene abiertamente "vedado" meterse en cuestiones, como la investigación y el desarrollo, que están reservadas a un pequeño número de países de élite: EEUU, Japón, Alemania, Francia,... las principales potencias económicas del mundo.

Desde hace años, todo político que se precie en España se llena la boca con "la necesidad de cambiar el modelo económico del país", pero ¿por qué ninguno lo hace? Es más, ¿Por qué ni siquiera ninguno de ellos da el menor paso en esa dirección? Zapatero llegó al poder hace cinco años con esa cantinela, pero luego se convirtió en el verdadero campeón del modelo existente: jamás se habían puesto tanto ladrillos en la historia de España como en la primera legislatura de Zapatero. Y ahora que el viejo modelo cae hecho pedazos por la crisis, lo primero que ha hecho es recortar los gastos de investigación y desarrollo, y lo segundo, promover un nuevo plan de... obras públicas, ¡más cemento!

España no padece ninguna maldición bíblica que le impida cambiar su modelo productivo y jugar un papel destacado en campos como la ciencia, la investigación y la tecnología... Su única "maldición" son sus élites, cuyos compromisos le obligan a estar siempre en la retaguardia. 
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