La cumbre de las Américas

Obama ante Latinoamérica

El hecho de excluir a Cuba por imposición de Washington con el argumento de la carta democrática de la moribunda OEA hace de la cumbre una reminiscencia de la doctrina Monroe.

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18-04-2009
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En la zaga de las administraciones de Reagan y Bush quedó un lastre que incluye la Guerra Sucia en Centroamérica, el apoyo a dictaduras en Centro y Sudamérica, las reservas para con el ALCA y el Plan Colombia y otros desencuentros.
 Sus recientes medidas sobre Cuba rompen ciertamente con la obsesiva hostilidad de Bush aunque el lenguaje que las justifica, más moderado, sigue en la tónica del “cambio de régimen”, pero son objetivamente un paso hacia la distensión. (EFE)
Sus recientes medidas sobre Cuba rompen ciertamente con la obsesiva hostilidad de Bush aunque el lenguaje que las justifica, más moderado, sigue en la tónica del “cambio de régimen”, pero son objetivamente un paso hacia la distensión. (EFE)
En la zaga de las administraciones de Reagan y Bush quedó un lastre que incluye la Guerra Sucia en Centroamérica, el apoyo a dictaduras en Centro y Sudamérica, las reservas para con el ALCA y el Plan Colombia y otros desencuentros.
Son muy ingenuos, los que deliran con que Obama puede modificar, por bien intencionado que sea, el rí­gido y ciego andamiaje de sujeción económica, polí­tica y militar edificado a sangre y fuego por la clase dominante de su paí­s al sur del rí­o Bravo. Al contrario, todos los datos disponibles indican que Washington se emplea a fondo en apuntalar ese edifico y la mejor prueba es la reactivación de la IV Flota y la reproducción hacia el sur de su frontera de versiones a la carta del Plan Colombia.

Quienes reclaman a Obama hechos y no palabras desconocen lo que es necesario hacer para madurar decisiones polí­ticas que implican a la mayor economí­a y al más poderoso imperio del planeta, eje de varias crisis y obligado a afrontar un descalabro económico mundial, salir de dos guerras, impedir que sus adversarios obtengan ventajas en la coyuntura y mantener a raya a aliados oportunistas; todo ello sin contar la atención que demandan las crisis coyunturales y el diario bregar.

Por otra parte es de perogrullo decir que la historia no comienza con Obama que deberá deshacerse de la herencia de Bush, plagada de legados tóxicos, algunos malditos; cosa que probablemente no puede hacer con el ritmo y el radicalismo que quisiera, entre otras cosas porque existen obligaciones estatales y protocolares que un presidente entrante no puede evadir. La OEA y su reunión de Puerto España pueden estar en ese caso.

En la zaga de las administraciones de Reagan y Bush quedó un lastre que incluye la Guerra Sucia en Centroamérica, el apoyo a dictaduras en Centro y Sudamérica, las reservas para con el ALCA y el Plan Colombia y otros desencuentros. No hay que omitir que Bush dejó activado un conflicto con Venezuela, discordias con Bolivia, reservas con Ecuador y criticas de casi todos los paí­ses. En el ambiente está el diferendo con Cuba que no está en la reunión pero si en la región. Ninguno de esos asuntos es apropiado para ser dilucidado en una reunión multilateral, menos aun en la OEA

El hecho de excluir a Cuba por imposición de Washington con el argumento de la carta democrática de la moribunda OEA hace de la cumbre una reminiscencia de la doctrina Monroe, ajeno a la voluntad de los pueblos, a la moral y la legalidad internacional. Cabe recordar su embrión histórico en el último cuarto del siglo XIX, contra cuyos fines de dominación económica y polí­tica por Estados Unidos alertara José Martí­, reciclado a partir de 1994 en la cumbre de Miami con el canto de sirena del libre comercio.

la OEA un producto del diseño de los tiempos de Roosevelt, afianzado en mecanismos de seguridad colectiva y en organismo internacionales por medio de los cuales Estados Unidos y tal vez otras potencias podrí­an ejercer el control sobre espacios de influencia, sin administrar ni ocupar paí­ses. Incluso en el caso de que Obama no se sintiera excesivamente comprometido con ese pasado, no es de esperar que reniegue del mismo.

La Declaración Final, pese a la digna oposición de varios gobiernos latinoamericanos, no menciona nada que incomode a Washington, servilmente atemperada por la secretarí­a de la OEA. Obviamente, no puede emplear el lenguaje neoliberal triunfalista de las primeras cumbres puesto que el neoliberalismo empujó a la catástrofe económica y social y América Latina y el Caribe mostraron su capacidad de rechazarlo y derrotarlo desde el entierro del ALCA en la cumbre de Mar del Plata. El resultado es un documento insulso y sin fondo, como lo calificó el ecuatoriano Correa, que recibirá múltiples cuestionamientos, sobre todo por no condenar el bloqueo a Cuba e insistir en recetas inaceptable como reflotar al FMI.

Sin embargo, el eco de las luchas populares de América Latina y el Caribe que contribuyeron a debilitar la hegemoní­a imperial y al quiebre de la unipolaridad e hicieron surgir nuevos gobiernos independientes, una vocación de unidad e integración regional y el unánime llamado a Estados Unidos a poner fin al bloqueo contra Cuba seguramente se escuchará en la cumbre. Barak Obama se verá enfrentado a esta realidad, ignorada en el discurso de sus asesores, que tal vez lo lleve a meditar sobre la necesaria búsqueda de una relación más respetuosa con sus vecinos del sur.

El bloqueo es un acto genocida, la mayor y más prolongada violación masiva de los derechos humanos de un pueblo en la época contemporánea, sobradamente un crimen de lesa humanidad. Obama no tomó parte en su establecimiento pero a menos que cambie su postura, no tiene como justificar la idea que ha expresado de mantenerlo mientras Cuba no cumpla con los requisitos de Washington. Insistir en esa arbitraria condicionante en la cumbre, además de encarnar la polí­tica del garrote, arrojará graves dudas sobre su voluntad de cambio, lo colocará en contra de la opinión de todos los gobiernos presentes, incluso Canadá, y de la inmensa mayorí­a de los representados en la ONU.

Sus recientes medidas sobre Cuba rompen ciertamente con la obsesiva hostilidad de Bush aunque el lenguaje que las justifica, más moderado, sigue en la tónica del "cambio de régimen", pero son objetivamente un paso hacia la distensión. Sin embargo, quedan muy lejos del clamor latinoamericano e internacional, de las propuestas de un viraje en la polí­tica hacia Cuba de importantes grupos empresariales y numerosos legisladores de su paí­s y hasta de la opinión de una gran mayorí­a de estadunidenses, que según encuestas recientes abogan por la normalización de relaciones con Cuba.

Es esquizofrénica la exclusión de Cuba cuando el consenso latinocaribeño ha sido normalizar las relaciones diplomáticas con La Habana y su integración a todos los organismos regionales existentes. América Latina y el Caribe pidieron unánimemente a Washington el levantamiento del bloqueo hace cuatro meses y este será exigido por los mandatarios más independientes y decididos. Ese fantasma planeará todo el tiempo en la reunión a puertas cerradas, pero no tardaremos en enterarnos de las sorpresas que deparará a Obama.

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