Literatura

Joseph Conrad

"La verdad -decí­a Conrad- es la única justificación de una ficción que intente acceder a la categorí­a de arte".

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17-04-2009
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Dos escritores forman el gozne con el que la novela da, a finales del siglo XIX y principios del XX, el giro definitivo a la modernidad. Ambos vivieron las últimas décadas de su vida al sur de Londres, a escasa distancia el uno del otro, donde se trataban con frecuencia. Los dos escribí­an en inglés, pero ninguno habí­a nacido en Inglaterra. Uno era el norteamericano Henry James. El otro, Joseph Conrad: el nombre que adoptó tras nacionalizarse británico en 1878.
 Joseph Conrad
Dos escritores forman el gozne con el que la novela da, a finales del siglo XIX y principios del XX, el giro definitivo a la modernidad. Ambos vivieron las últimas décadas de su vida al sur de Londres, a escasa distancia el uno del otro, donde se trataban con frecuencia. Los dos escribí­an en inglés, pero ninguno habí­a nacido en Inglaterra. Uno era el norteamericano Henry James. El otro, Joseph Conrad: el nombre que adoptó tras nacionalizarse británico en 1878.
Había nacido en Polonia en 1857, y tras recorrer durante veinte años todos los mares del globo, y mutar su nombre, su nacionalidad y su lengua, se convirtió en un sagaz narrador de su extraordinaria experiencia vital, lo que ayudó a cambiar los códigos de la novela y abrir ésta a nuevos registros. Conrad acertó a convertir la novela de aventuras en una certera indagación de las heridas lacerantes de la aventura colonial, pero también en un viaje al interior del alma humana, un descenso hasta el corazón de las tinieblas.

Su estatura literaria ha ido creciendo con el paso de los años. Hoy se le considera –sobre todo entre los escritores– como uno de los verdaderos genios de la literatura universal.

Así lo hace, por ejemplo, Sergio Pitol, autor de una espléndida traducción al castellano de “El corazón de las tinieblas”, publicada en España en 1974. Para Sergio Pitol “Conrad es un novelista genial, una de las más altas cumbres de la literatura inglesa, y al mismo tiempo un escritor incómodo en aquel privilegiado Olimpo. Es distinto a sus contemporáneos, y también a sus antecesores, por la opulencia tonal de su lenguaje, por el tratamiento de sus temas, por la mirada con que contempla al mundo y a los hombres. Es un moralista a quien repugnan los sermones y las moralinas. Es el autor de maravillosas obras de aventuras donde éstas terminan por convertirse en experiencias interiores, viajes al fondo de la noche, hazañas que ocurren en los pliegues más secretos del alma. Es un conocedor profundo del mapa inmenso conformado por el Imperio inglés, y un testigo cuya mirada desnuda a cualquier empresa colonizadora. Es un “raro” en el sentido más radical de la palabra. Un novelista ajeno a cualquier escuela, que enriqueció la literatura inglesa con un puñado de novelas excepcionales, entre otras: Lord Jim, Bajo la mirada de Occidente, Nostromo, El Agente Secreto, La línea de sombra, y ese Corazón de las tinieblas, que a juicio de algunos es su obra maestra”.

Un juicio así, o de este tenor, sería sin duda compartido por Borges, o por Juan Benet, o por Vargas Llosa o por Javier Marías, todos ellos devotos de un escritor sin moldes que escribió –con indecibles dificultades– a tumba abierta, aunque eso sí después de haber vivido varias vidas “de novela”.

Józef Teodor Konrad Korzeniowski nació el 3 de diciembre de 1857 en Berdyczów (Ucrania polaca), en el seno de una familia de la nobleza polaca comprometida en la lucha contra el invasor ruso. Se quedó huérfano muy joven: su madre murió de tuberculosis en el exilio; su padre, un revolucionario nacionalista que pagó con el exilio, la cárcel y la muerte sus ideales independentistas, falleció tras cuatro años de trabajos forzados en Siberia. Tras sufrir a cargo de su tío una educación que no le satisfacía, a los 17 años se fugó de Polonia, marchó a Marsella y allí, en 1874, se embarcó en un buque de la marina mercante francesa, iniciando una vida de aventuras en el mar que durará veinte años y le llevará a conocer prácticamente todos los rincones del globo y a verse involucrado en todo tipo de peripecias, desde el tráfico de armas hasta las revoluciones, convulsiones y guerras más diversas: toda la ribera del espacio colonial europeo, en cuatro continentes, se convirtió en su “hogar”, en su “escuela”, en el marco de una dilatada experiencia vital, en la que pasaría de simple marinero de a bordo a capitán de barco.

En 1878 –tras un intento de suicidio– pasa a servir en la marina británica y seis años después –tras superar el examen de capitán de barco– obtiene la nacionalidad británica. El inglés se convierte en su tercera lengua, tras el polaco y el francés.

En 1889, al no disponer de ningún barco inglés que lo requiriera, decide viajar al Congo para efectuar un trabajo para la empresa colonial propiedad del rey de Bélgica. Aunque sólo permanecerá allí seis meses, esa breve estancia cambiará su vida y su concepción del mundo. Vuelve a Europa convertido en otro hombre, al igual que –muy pocos años antes– le había ocurrido a Chejov, tras visitar los campos penitenciarios rusos de la isla de Sajalin. Ambos conocieron el infierno y descendieron a sus círculos más tenebrosos. Ambos regresaron de la experiencia profundamente transformados. Conrad confesaría después en una carta que hasta el momento de su viaje al Congo “había vivido en plena inconsciencia y que sólo en África había nacido su comprensión del ser humano”.

En 1895 –a sus 38 años– Conrad publica su primera novela (“La locura de Almayer”), se casa con Jessie George e inaugura una tercera vida –tras la de polaco y la de marino–, como escritor sedentario. Los treinta años siguientes –hasta su muerte repentina, en 1924– los va a dedicar a un trabajo literario continuo y exclusivo, a plena dedicación, y del que, con no poco esfuerzo –le costaba un trabajo ímprobo dominar literariamente el inglés– va a lograr erigir un universo narrativo propio, absolutamente singular y coherente.

Escribió 13 novelas, dos libros de memorias y 28 relatos cortos. Aunque algunas de sus obras tuvieron un relativo éxito al publicarse –como Lord Jim (1900) o Nostromo (1904)– ello no le libró de pasar frecuentes apuros económicos.

Las novelas y los relatos de Conrad son, a primera vista, historias de acción, repletas de aventuras, situadas normalmente en escenarios exóticos, donde los protagonistas han de enfrentar toda clase de peripecias. Pero en vez de discurrir como las “clásicas” novelas de aventuras,  linealmente y con vistas a obtener un final previsto o una conclusión premeditada, las obras de Conrad se mueven en un complicado zigzagueo cronológico, eluden todo discurrir lógico y buscan que el lector, más que tener la atención fija en “el final”, tenga que demorarse en los laberintos y sinuosidades del relato. Y es ahí, en esos meandros, donde los personajes conradianos tejen el hilo interior de sus reflexiones, afrontan los conflictos éticos de la situación a que se enfrentan, ponen en tela de juicio sus principios y sus valores. Y estas digresiones lejos de entorpecer el ritmo dramático del relato, lo que hacen es aumentar su interés y su profundidad, cargando al relato con una poderosa capacidad de sugestión. El resultado –dice Pitol– es que “lo que parecía un borroso bosquejo se convierte en una historia misteriosa, donde más que certezas hay conjeturas: en fin, un enigma que puede interpretarse de distintos modos”.

En una de las cartas de su copiosa correspondencia, Conrad afirma: “Una obra de arte muy rara vez se limita a un único sentido y no tiende necesariamente a una conclusión definitiva...”.

La narrativa de Conrad introduce pues “un principio de incertidumbre” en la esencia misma del relato, que es la fuente misma de su modernidad. Nada tiene un solo sentido. Y de la misma forma ocurre con los personajes, que de alguna forma son ya “sujetos freudianos”, con un fondo inconsciente que juega un papel tan destacado como la fachada racional. Su conducta moral está sometida a las tribulaciones no sólo del contexto social, sino de su propia psique. El abismo, el horror, no están sólo en la naturaleza, o en la sociedad, sino en el interior de cada uno.

“El héroe conradiano –dice Pitol–, como el de Henry James, triunfa sobre sus adversarios haciéndose añicos o permitiendo que algún ser despreciable lo haga añicos. Su recompensa, su victoria, consiste en haberse mantenido fiel a sí mismo y a unos cuantos principios que para él encarnan la verdad”.

Y “la verdad” –decía Conrad– “es la única justificación de una ficción que intente acceder a la categoría de arte”.
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