Informe del Instituto Elcano sobre el papel de España en el mundo

¿Condenados a la insignificancia?

Sin explotar sus verdaderas potencialidades, que están en su relación e integración con Hispanoamérica, y sin cambiar su modelo productivo, España está condenada a la insignificancia internacional

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16-04-2009
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España no es ni podrá ser en el futuro un paí­s decisivo ni determinante en la configuración de la nueva arquitectura mundial que salga de la actual crisis, ni ocupará un lugar central en la futura gobernación del mundo globalizado. Esta es la principal conclusión a la que llega un Informe reciente elaborado por el Real Instituto Elcano, un organismo público destinado a generar ideas y proyectos y elaborar informes y propuestas que ayuden a definir la polí­tica exterior española. Por su tamaño, por el peso de su economí­a, por sus fortalezas y debilidades, por sus recursos, España no podrá pasar de jugar el papel de una pequeña potencia europea con una cierta proyección global en algunos campos muy especí­ficos, y eso siempre que adopte una serie de reformas estructurales para salir de la crisis, tenga las ideas muy claras, actúe con coherencia y decisión, porque de lo contrario puede acabar sumida en el pozo de la más absoluta insignificancia y sin soberaní­a alguna. ¿Realmente estamos "condenados" a este destino?
 (EFE)
(EFE)
España no es ni podrá ser en el futuro un paí­s decisivo ni determinante en la configuración de la nueva arquitectura mundial que salga de la actual crisis, ni ocupará un lugar central en la futura gobernación del mundo globalizado. Esta es la principal conclusión a la que llega un Informe reciente elaborado por el Real Instituto Elcano, un organismo público destinado a generar ideas y proyectos y elaborar informes y propuestas que ayuden a definir la polí­tica exterior española. Por su tamaño, por el peso de su economí­a, por sus fortalezas y debilidades, por sus recursos, España no podrá pasar de jugar el papel de una pequeña potencia europea con una cierta proyección global en algunos campos muy especí­ficos, y eso siempre que adopte una serie de reformas estructurales para salir de la crisis, tenga las ideas muy claras, actúe con coherencia y decisión, porque de lo contrario puede acabar sumida en el pozo de la más absoluta insignificancia y sin soberaní­a alguna. ¿Realmente estamos "condenados" a este destino?
Con el título “España ante el G- 20: una propuesta estratégica sobre su inserción en la nueva gobernanza global”, el Real Instituto Elcano, el más importante “think-tank” o laboratorio de pensamiento político sobre la política exterior española, presentaba el pasado 31 de marzo un interesantísimo informe acerca del papel que España “puede y debe” jugar en el contexto internacional y, más específicamente, el que debería alcanzar en los organismos internacionales que van a jugar un papel clave en “la gobernanza global, en el actual contexto de crisis financiera y reconfi - guración de los centros de poder internacionales”. Un informe muy relevante tanto por los datos y reflexiones que pone en juego, como por ser una expresión cabal del pensamiento dominante de las actuales élites políticas españolas. Incluso podríamos decir, del sector más “ambicioso” de esas élites.
El informe comienza analizando “el peso internacional de España” en base a una ponderación de sus fortalezas y debilidades (ver cuadro), tanto en el plano económico como en el
político, social, cultural, etc. Las conclusiones esenciales que saca de esa prospección son dos. La primera es que España, que es la octava potencia económica del mundo hoy en día (y la quinta de Europa), aún está en condiciones de hacer valer ese peso para ocupar una determinada posición internacional; pero debe tener en cuenta que “nunca pasará de ser la octava economía” y que esa posición le será arrebatada inevitablemente muy pronto por los nuevos países emergentes (la India, Brasil, Rusia, etc.). La segunda conclusión es que, tomando en cuenta todos los factores, “en la actualidad España se encuentra entre los 10-12 países más importantes del mundo”, lo que debería impulsarle a intentar jugar un papel más activo en la escena internacional, para lo cual debería aprovechar la actual situación de crisis y de reconfiguración del orden mundial para, “haciendo de la necesidad virtud”, reforzar su posición entre los Estados más influyentes del planeta. Y matiza muy bien la razón de fondo de ese objetivo: “No se trata de estar presentes en los foros más importantes por una cuestión de prestigio ni reputación, sino porque éstos tendrán un notable protagonismo en la reconfiguración del orden internacional, de la que dependerá en no poca medida el bienestar y la seguridad futura de España”.
La parte más interesante del Informe viene, sin embargo, a continuación, cuando se plantea qué “modelo” debería seguir España para conseguir ese objetivo. Y plantea tres opciones:
1) El modelo de un país con crecientes ambiciones exteriores que, a la manera de las actuales potencias emergentes, se plantean formar parte del núcleo de países líderes del mundo, apelando a los elementos clásicos del “poder duro” (potencia económica, política, diplomática y militar).
2) El modelo “nórdico”, caracterizado sobre todo por el atractivo de su “poder blando” (democracia, bienestar, compromiso medioambiental, neutralismo...), admirado y respetado por todos, pero con escasa influencia en los asuntos internacionales.
y 3) El modelo de una “potencia media” de ámbito regional, pero con proyección global, que combine los elementos de “poder bando” y de “poder duro”, es decir, la promoción de valores y principios democráticos, medioambientales, etc., con la legitimidad y los recursos necesarios para liderar iniciaticas globales, intervenir en conflictos importantes y defender sus intereses en el exterior con una cierta autonomía, aunque eso sí insertando su actividad exterior en “ un multilateralismo eficaz a tres niveles: primero, y sobre todo, europeo; después occidental; y, finalmente, global”.
El Informe rechaza (sin argumentarlo) las opciones 1 y 2, y señala que “España debe optar decididamente por el tercer modelo”, que, afirma, es el modelo que siguen en Europa países como Alemania, Francia, Italia o los Países Bajos, o en otras latitudes países como Japón,  Corea o Australia, “potencias medias, pero con proyección global”, que combinan el “poder duro” con el “poder blando” en el ejercicio de su actividad exterior.
Optar por este “modelo” es, según el Informe, no sólo algo deseable per se para España, que le permitiría “maximizar” la influencia de España en las relaciones internacionales, sino en cierta forma también una “necesidad”, porque, de lo contrario, España podría ver rápidamente socavada su actual prosperidad y muy restringido “ nuestro margen de maniobra como sistema político soberano”.
En definitiva, tres cosas destacan en el Informe: primero, la conciencia de que estamos en un momento crucial, de crisis, cambios y reconfiguración mundial en el que se va a decidir el papel de cada uno para el futuro y en el que es posible “optar” a decidir el papel propio; segundo, que España, aun sin moverse del marco en el que está anclado (Unión Europea, OTAN,
 etc.) podría convertirse en “un actor regional con proyección global”; y tercero, que el coste de  no adoptar las decisiones para conseguirlo (y que el informe detalla) nos llevarían a la insignificancia económica y política, lo que tendría inevitables consecuencias sobre la “prosperidad” del país.
Esto es lo que el Informe dice. Pero lo que el informe calla e ignora es casi tan importante como lo que dice. Y lo podemos resumir brevemente en tres puntos.
Lo primero que el informe ignora es que la pertenencia de España a la OTAN, a la Unión Europea y, en general al “club” occidental, no es una pertenencia de “uno entre iguales”, de “un socio entre otros socios”. Todos esos organismos implican un sistema de jerarquías, dependencias, subordinaciones, etc., que definen férreamente el papel de cada uno, y que  tienen severas reglas y severos mecanismos para asegurar que nadie abandone su papel. España no es sólo un país subordinado a EEUU en el terreno militar, político y diplomático, sino también un país sometido por Francia y Alemania a severas medidas de intervención y control económico, político y social. Dependencia que se ha agravado en los últimos tiempos con la inmensa deuda externa que el
Estado y los bancos españoles tienen con la banca francesa y alemana. ¿Van a dejar Francia y Alemania que España se convierta, por su mera voluntad, en una potencia comparable a ellas?
Desde luego, mientras puedan, no van a dejarlo.
Es cierto que en momentos de crisis y cambio general del orden mundial, es más fácil que haya cambios en un orden que, en condiciones normales, está férreamente decidido. Y e s t amos viendo cómo, en el mundo de hoy, esos cambios no dejan de producirse, de modo que países que antes no contaban, hoy cuentan. Pero para que esos cambios se den de forma efectiva es “necesario” que se rompan yugos y se desbaraten hegemonías y dependencias preexistentes. Y nada de esto se propugna en el Informe. No hay ningún plan, ninguna estrategia, ningun proyecto para deshacerse de esos yugos y acabar con esas dependencias.
Es completamente “idealista” y terriblemente ingenuo pensar que simplemente reforzando nuestro sistema diplomático, gastando más en defensa y con que el gobierno tenga “claridad
estratégica” y “mayor fortaleza y efectividad en nuestra acción exterior”,
España puede convertirse en una potencia media como Francia o Alemania.
Lo segundo que el Informe calla, o mejor “oculta”, y de una forma tan clamorosa que destaca por encima de todo lo demás, es la dimensión iberoamericana de la política española.
Sólo un par de veces, en un Informe de 19 páginas, se habla de Iberoamérica: una para  referirse a los rasgos “específicos” de España (se menciona su “peso” en América Latina) y otra para ponderar la importancia de su “lengua”, el español. Es decir, la dimensión más importante de la política española, la que ofrece más posibilidades de desarrollo, la palanca que verdaderamente podría permitir a España no ser sólo una “potencia media”, sino un verdadero actor global, en compañía del conjunto de naciones hermanas de hispano e iberoamérica, con las cuales podría plantearse una verdadera transformación de las relaciones internacionales, esa “palanca” ni siquiera se menciona, ni siquiera se tiene en consideración. ¡No existe en el Informe!
A la luz de estos dos “silencios” se ilumina el tercer problema, del que tampoco el Informe, lógicamente, sehace eco. Este informe no es más que el reflejo del pensamiento de las actuales “élites” políticas del país, incluso podría decirse que del sector más “ambicioso” de las mismas. Unas élites vinculadas al 100% con el actual status de España en el mundo. Unas élites que asumen como “natural” la subordinación a EEUU y a Europa (es decir a Francia y Alemania). Unas élites que sólo piensan en “América Latina” (utizando además la expresión francesa) como mercado y área de influencia para “aumentar nuestro peso”. Y que ahora “sueñan” (sin plantearse siquiera el cambio del modelo productivo) con convertirse en líderes de una potencia media por arte de “birli birloque”. ¡Van a hacer una tortilla sin romper un huevo!
¿Adónde conducirá todo esto, si es que siquiera se intenta? Lo más probable es que a la absoluta insignificancia, a esa “segunda división” a la que la prensa alemana ya nos está invitando a descender.
Sin explotar sus verdaderas potencialidades, que están ante todo y sobre todo en su relación e integración con Hispanoamérica, y sin cambiar su modelo productivo, España está condenada efectivamente a la insignificancia internacional. Y, desde luego, con sus “élites” actuales, esto es inevitable.
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