El Observatorio

La agoní­a de Europa

No sólo la incapacidad de las élites, también el rechazo de los ciudadanos hunde el proyecto europeo

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16-04-2009
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En un ejercicio de "autoflagelación" muy apropiado para los tiempos de Semana Santa que corren, el Parlamento Europeo ha colgado en su página web los datos del último Eurobarómetro. Los resultados son demoledores para las instituciones europeas, expresivos de un malestar general y auguran una abstención de dimensiones históricas en las elecciones europeas del próximo mes de junio. En un ejercicio de "autoflagelación" muy apropiado para los tiempos de Semana Santa que corren, el Parlamento Europeo ha colgado en su página web los datos del último Eurobarómetro. Los resultados son demoledores para las instituciones europeas, expresivos de un malestar general y auguran una abstención de dimensiones históricas en las elecciones europeas del próximo mes de junio.
En la catarata de datos ofrecidos  por el Eurobarómetro, no hay ni uno solo positivo. La confianza en la Comisión Europea ha bajado (desde septiembre del año pasado a ahora) del 47 al 42%. La credibilidad del Banco Central Europeo ha caído del 48 al 39%. El Parlamento Europeo baja del 51 al 45%. Sólo un 34% de los ciudadanos piensan ir a votar en las elecciones a la Eurocámara del 7 de junio. Un 62% piensa que, aunque acuda a las urnas, “su voto no cambiará nada”. Un 55% de los encuestados piensan además que “el Parlamento europeo no se ocupa de los problemas que le conciernen”... y así todo.

Las razones de este brusco auge del “euroescepticismo” son un secreto a voces, que sin embargo quizá merezca la pena recordar, sobre todo para “tapar la boca” de ese amplio abanico de “papanatas europeístas” que pueblan los medios de comunicación de nuestro país y que no tardarán –si es que no han empezado ya– en echarle la culpa a la gente y en culpar a los ciudadanos de su apatía, de su desdén y de su escepticismo hacia Europa.

La primera razón que impulsa, no de ahora, no de los últimos meses, sino desde hace años, la desconfianza hacia la UE y sus instituciones deriva de la absoluta incapacidad de sus líderes para crear un marco político común aceptable para todos. Fracasó la Constitución europea. Fracasó el Tratado de Lisboa. Y fracasará cualquier intento de que uno o dos o tres países, por muy fuertes y poderosos que sean, impongan su voluntad y sus reglas a todos los demás. A menos que, como ya se ha intentado (con el Tratado de Lisboa, remiendo de la Constitución rechazada), se suprima la democracia, es decir, se impida a la gente votar. Si no es por la salvedad irlandesa, que obliga por mandato constitucional a someter a referéndum cualquier tratado que afecte a su soberanía, las élites europeas habrían impuesto su engendro antidemocrático. Pero tal “imposición” no habría logrado crear “más Europa”, más “consenso europeo”, sino una “camisa de fuerza” contra la que tarde o temprano se hubieran acabado levantando los pueblos y países sometidos al puro y duro “dictak” de una o dos potencias. Esa “Europa”, fracasada una y otra vez en las urnas, hace tiempo que no despierta la menor ilusión de los ciudadanos europeos.

Pero a esa desconfianza “latente” y “de fondo”, que lleva ya mucho tiempo “cocinándose”, se ha unido, con el estallido de la crisis mundial, un nuevo foco de malestar, de reproches y de recriminaciones populares, que podrían acabar llevando esa “crisis de confianza” hasta los límites de una verdadera desafección. Y es que con la “crisis” se han puesto súbitamente encima de la mesa dos cuestiones: la primera, que los gobiernos y las instituciones europeas están dispuestos a hacer lo que sea para ayudar y salvar a los bancos y al sistema financiero, mientras que les importa un bledo el paro y las condiciones de vida de los trabajadores. Por crudo que pueda parecer, lo que voy a decir es absolutamente cierto: mientras la UE ha celebrado ya cinco o seis cumbres para ocuparse del salvamento del sistema financiero europeo, la única “cumbre” que tenía el objetivo explícito de ocuparse del problema del paro fue “suspendida por falta de ideas”. Europa se ha gastado ya 2 ó 3 billones de euros en salvar bancos. Mientras tanto, ha creado 3 ó 4 millones de nuevos parados. ¿Puede “esta Europa” de los bancos, de los monopolios, de las grandes empresas, ganarse la “adhesión” de los pueblos europeos?

Pero también la crisis ha mostrado otra “mueca” que desfigura y afea su rostro impoluto: la rápida aparición de las tentaciones proteccionistas, del “sálvese quien pueda”, del “yo primero”, la aparición de esos “egoísmos nacionales” que se supone que el “proyecto europeo” había desterrado para siempre. Egoísmos, además, capitaneados por Francia, Alemania o Gran Bretaña, ... , que ponen al desnudo que, a la hora de la verdad, los tan denostados “intereses nacionales” son lo que verdaderamente pesa cuando hay que tomar decisiones. ¿Qué entusiasmo, qué movilización puede provocar esto en los diez países que han entrado en los últimos años en la UE, que ven cómo huyen los capitales y se cierran las empresas en sus países para “salvar” las de Francia y Alemania? ¿Pero no somos todos europeos? ¿Pero no se habían acabado ya las fronteras?

Y a todo esto aún podemos sumarle la famosa “directiva de la vergüenza” (para mantener encerrados a los sin papeles en auténticos campos de concentración durante meses antes de deportarlos) o el intento de prolongar la jornada laboral hasta las 60 horas. Instituciones que promueven semejantes medidas no pueden esperar luego un gran fervor popular.

¿A quién puede extrañarle que después de todo esto el “proyecto europeo” haya dejado de ser atractivo para millones de personas y sólo despierte desconfianza y escepticismo?

Europa agoniza, y ya veremos si esa agonía no acaba en funeral.
 
 
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