Elecciones en la India

El gran rompecabezas Indio

Los 714 millones de indios convocados a las urnas doblan en número a los votantes de las elecciones europeas y cuadruplican a los electores de EEUU.

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13-04-2009
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El tradicional equilibrio bipartidista que permanece instalado en Nueva Delhi desde que el paí­s ganó su independencia puede romperse por primera vez. La fragmentación del mapa polí­tico indio, donde el beneplácito de lí­deres regionales, tribales y de castas son la llave para hacerse con millones de votos, es más evidente que nunca. El tradicional equilibrio bipartidista que permanece instalado en Nueva Delhi desde que el paí­s ganó su independencia puede romperse por primera vez. La fragmentación del mapa polí­tico indio, donde el beneplácito de lí­deres regionales, tribales y de castas son la llave para hacerse con millones de votos, es más evidente que nunca.
A tres dí­as de que termine la campaña electoral para el primer dí­a de los comicios generales, divididos en cinco jornadas, los lí­deres polí­ticos están hoy enfrascados en un furioso intercambio de acusaciones y ataques mutuos.

El próximo jueves 16 abrirán las urnas en 15 estados y en dos territorios de la Unión, en los que estarán en juego 124 escaños de los 543 de la Lok Sabha, o Casa del Pueblo, principal cámara del Parlamento indio.

Los 714 millones de indios convocados a las urnas doblan en número a los votantes de las elecciones europeas y cuadruplican a los electores de EEUU. Más de un millón de máquinas contadoras de votos trabajarán durante los 28 dí­as en que tendrán lugar unos comicios en los que nada menos que 43 millones de jóvenes podrán ejercer este derecho por primera vez. Y es que, según vaticinan los expertos, el voto de los jóvenes será clave para llevar al poder a unos o a otros, aunque irónicamente, los dos principales candidatos suman más de 160 años de edad.

El tradicional equilibrio bipartidista que permanece instalado en Nueva Delhi desde que el paí­s ganó su independencia puede romperse por primera vez. La fragmentación del mapa polí­tico indio, donde el beneplácito de lí­deres regionales, tribales y de castas son la llave para hacerse con millones de votos, es más evidente que nunca. Las afinidades étnicas, los pactos para beneficiar a uno u otro grupo social y las promesas a la hora de repartir del poder se imponen muchas veces a la ideologí­a.

El Partido del Congreso, liderado por Sonia Gandhi, gobierna el paí­s junto a un conglomerado de formaciones llamado Unidad de Progreso Aliado (UPA). Tradicionalmente cercano a la población musulmana e hindú moderada, recientemente ha debido enfrentarse a duras crí­ticas por su actuación en la crisis polí­tica con Pakistán. Los atentados de Bombay han sido utilizados por la oposición como una muestra de la ineficacia del Gobierno y su debilidad en las relaciones con Islamabad. Muy probablemente, el Congreso volverá a contar con Manmohan Singh como candidato, a pesar de sus recientes problemas de salud y su avanzada edad. El hijo de Sonia Gandhi, Rahul, se considera aún demasiado inexperto, aunque la maquinaria propagandí­stica del partido está promocionando su imagen como lí­der de futuro.

La oposición está liderada por otra coalición, el Frente Nacional Democrático (NDA), comandada a su vez por el BJP, un partido ultranacionalista y de ideologí­a hindú radical. Su candidato, Krishna Advani, es visto más como un gurú espiritual que como un jefe ejecutivo. Este octogenario de aire apacible se impuso al polémico Narendra Modi, quien puede ser juzgado por participar en la matanza de musulmanes de Gujarat en 2001.

Ambos partidos nacionales son de la casta de los brahmanes, la más alta, que ha gobernado el paí­s durante más de 40 años a través de la dinastí­a Nehru/Gandhi, cuyo último exponente es el delfí­n Rahul Gandhi, hijo de la actual presidenta del Partido del Congreso, Sonia Gandhi, viuda de la saga polí­tica más famosa en el paí­s asiático. Pero estos dos grandes partidos nacionales están formados por una élite urbana anglicanizada que desde los 90 ha ido perdiendo influencia para dejar paso a gobiernos regionales integrados por miembros de castas bajas rurales.


El clí­max de esta tendencia se alcanzó cuando una mujer dálit -la casta de los intocables- llamada Mayawati ganó en 2007 por mayorí­a absoluta en Uttar Pradesh, la región más poblada de la India y su corazón polí­tico, con 190 millones de habitantes, los mismos que Brasil. La lí­der dálit consiguió esta aplastante victoria al apelar a votantes no pertenecientes a la casta baja, como los musulmanes, brahmanes empobrecidos o hindúes moderados, hasta entonces a favor del Partido del Congreso. Mayawati dirige el Partido Bahujan Samaj (BSP), que forma parte de otra coalición a la que también se enfrentan los dos grandes partidos nacionales, conocida como Tercer Frente, integrada también por comunistas, fuertes en las regiones de Kerala y Bengala Occidental, y otros partidos regionales a favor de la protección social frente a las medidas liberales pendientes en el subcontinente.

Así­, las decimoquintas elecciones de India desde su independencia podrí­an concluir con un miembro de la casta de los intocables, Mayawati, elegida primera ministra. Conocida como behenji o hermana por sus millones de seguidores, se ha convertido en un sí­mbolo de la casta de los intocables, que ha sufrido siglos de oprobio y marginación en India.

En cualquier caso, todo indica que el próximo Ejecutivo lo formará una coalición sin mayorí­a absoluta y con una variopinta presencia de lí­deres regionales y 'menores', más interesados en complacer a su electorado que en trabajar por la rentabilidad polí­tica del partido mayoritario.

El primero en disparar ha sido uno de los candidatos más polémicos, perteneciente a una de esas dinastí­as polí­ticas destinadas a hacer historia, como los Kennedy o los vecinos Bhutto. Varun Gandhi, cabeza de lista del partido hinduista BJP y biznieto del primer dirigente indio tras la independencia, Jawaharlal Nehru, no se mordió la lengua durante un mitin y ha provocado una tormenta polí­tico-religiosa al exclamar que «los musulmanes se vayan a Pakistán». Por si fuera poco, Gandhi juró cortar la mano de «aquellos que la levanten contra los hindúes», y aseguró que los musulmanes, «que son todos como Osama Bin Laden», por la noche «dan miedo».

Las elecciones se celebrarán en plena crisis económica mundial. El crecimiento de India probablemente disminuirá hasta un 7% en 2009, un 2% menos que los últimos cinco años. La demanda interna y las exportaciones han caí­do de forma considerable. Aun así­, India es la segunda economí­a mundial que crece más rápido, por detrás de China. Pese a ello, la desaceleración económica no tiene por qué jugar un papel esencial en las elecciones de un paí­s con 450 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza, según el Banco Mundial.

Las ayudas fiscales a los campesinos o el programa de trabajo con un sueldo mí­nimo para los más desfavorecidos puestos en marcha por el Con- greso pueden jugar un papel más destacado. La seguridad nacional, otro tema esencial después del atentado de Bombay en noviembre, tampoco pareció afectar al electorado en las elecciones regionales que tuvieron lugar pocos dí­as después. El Partido del Congreso, de todos modos, supo reaccionar entonces con más firmeza de la habitual ante el ataque terrorista en la capital financiera india. Aprobó nuevas leyes antiterroristas, aumentó el gasto en Defensa y mejoró las medidas de seguridad.

Aun así­ parece difí­cil que el partido, convertido en una sombra de lo que fue, pueda siquiera defender sus actuales 150 escaños en una Cámara con 543 representantes, para poder formar una nueva alianza. El BJP, por su parte, ha tenido todaví­a más dificultades que el Congreso en atraer el sentimiento regional del sur del paí­s, que prefiere votar a partidos que defiendan sus identidades locales. La clase media, que cree que no le debe nada al Estado -una expresión india dice que la riqueza se produce de noche mientras el Gobierno duerme-, se lanzó a la calle para gritar contra una clase polí­tica que en muchas ocasiones se parece más a la mafia que a representantes de la ciudadaní­a.

Un ejemplo de ello es el significativo número de diputados nacionales y regionales que se encuentran en prisión. En las manifestaciones de Bombay tras el atentado se podí­an leer carteles como "Dejarí­a entrar a mi casa antes a un perro que a un polí­tico". Sólo ha habido cambios cosméticos en este paí­s. Las zonas rurales están abandonadas y muchos pueblos carecen de electricidad y agua potable. Los polí­ticos lo mantienen deliberadamente así­ para mantener el control sobre los electores", denuncia. La abrumadora pobreza de muchos de los votantes y su variado origen regional decidirá finalmente la compleja asociación de partidos que terminará gobernando India en un difí­cil equilibrio de funambulismo polí­tico.

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