Literatura

Sergio Pitol: una obra excéntrica y redonda

"La suya es una obra redonda", dice Vargas Llosa. "Ha inventado la literatura del siglo XXI", dice Rodrigo Fresán

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12-04-2009
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Trazábamos ayer el perfil literario de Sergio Pitol, el perfil de un escritor excéntrico, de un autor -como decí­a Bolaño- "secreto e inclasificable", que ha impulsado no sólo la renovación de las letras mexicanas, sino que ha tocado algunas claves de la literatura del futuro. Hoy presentamos asimismo un perfil de su obra, una obra difí­cil de definir, difí­cil de integrar en géneros reconocibles, un conjunto de textos (cuentos, novelas y ensayos) para los paladares literarios más exigentes. Trazábamos ayer el perfil literario de Sergio Pitol, el perfil de un escritor excéntrico, de un autor -como decí­a Bolaño- "secreto e inclasificable", que ha impulsado no sólo la renovación de las letras mexicanas, sino que ha tocado algunas claves de la literatura del futuro. Hoy presentamos asimismo un perfil de su obra, una obra difí­cil de definir, difí­cil de integrar en géneros reconocibles, un conjunto de textos (cuentos, novelas y ensayos) para los paladares literarios más exigentes.
Como muchos escritores mexicanos e hispanoamericanos, Pitol comenzó escribiendo cuentos, un género que la literatura europea sigue considerando incomprensiblemente “menor”, pero que ocupa un lugar central en la narrativa americana del siglo XX, donde hay consumados maestros, en la estela majestuosa de Borges.

Una interesante recopilación de “Los mejores cuentos” de Pitol es la editada por Anagrama, con una extensa presentación de Vila-Matas, quien nos señala con mucho conocimiento de causa los pliegues más secretos de la fabulación pitoliana. “El estilo cuentístico de Pitol –dice- consiste en contarlo todo pero no resolver el misterio”

Sus primeros cuentos basculan entre los “mundos intensos” de Faulkner y los universos herméticos de Borges, con un cierto aroma de Rulfo. Cuentos de infancia, de ambiente veracruzano, tono severo y desarrollo trágico, donde se despliega el conflicto entre el individuo, la familia y la moral social.

Los cuentos “europeos2 de después van a ir adquiriendo progresivamente otro tono, otra factura, un aire más difuso, fragmentario, cosmopolita; los escenarios se multiplican (Venecia, Roma, Samarcanda, Varsovia), los personajes –normalmente viajeros- corroboran el sinsentido y el vacío de sus vidas justo al chocar con otros que sí han sabido vivir.

De “Victoriano Ferri cuenta un cuento” (1957) –su primer relato, que figura en todas las antologías hispanoamericanas-, a las obras maestras más maduras como “Vals de Mefisto” (1979) o “Nocturno de Bujara” (1980), los cuentos de Pitol van dibujando la estela de una nueva narrativa irreductible a cualquier otra, cincelada trabajosamente, extraída meticulosa e imaginativamente de su incesante peregrinación por el mundo y de su prodigiosa capacidad de transformar gentes y situaciones en literatura pura. Vila-Matas recoge en la presentación una declaración que resume bien al Pitol cuentista: “Aún ahora me sorprende ver mi vida entera transformada en cuentos”.

Pitol se hace novelista en su etapa europea, que va de 1961 a 1988.Primero están sus lecturas de los británicos (Conrad, Virginia Wolf y E. M. Foster). Luego su lectura de los alemanes (Thomas Mann y Hermann Broch). Más tarde su lectura de los rusos (Gogol, Tolstoi, Chejov).De ellos va destilando esencias válidas para pergueñar sus propios argumentos. El resultado son sus dos primeras novelas: “El tañido de una flauta” (1972) y “Juegos florales” (1982, aunque esta obra, corregida y redactada muchas veces se puede fechar muy anteriormente). Son novelas que basculan entre el lenguaje “severo” de los comienzos y cierta pretensión de literatura ensayística o de ideas, de clara influencia centroeuropea. Están protagonizadas por mexicanos –como él- situados en el extranjero (cineastas que acuden a un festival, políticos de vacaciones, estudiantes que recorren Europa), y tienen un aire deliberado, provocativamente cosmopolita, frente a la temática intensamente local de la novela mexicana del momento. Pero como afirma Pitol, “el exotismo de pacotilla” que compone el marco de estas novelas “apenas cuenta: lo importante es el dilema moral que se plantean los personajes, el juicio de valor que deben emitir una vez que se encuentran desasidos de todos sus apoyos tradicionales, de sus hábitos, de las coartadas con que durante años han pretendido adornar sus conciencias”.

A partir de aquí la narrativa de Pitol va a evolucionar en una dirección en gran medida nueva y sorprendente. Todo aquello que hasta ahora había aspirado a la solemnidad, a la sacralización, a la autocomplacencia, se convierte de pronto en objeto deberla, de mofa, de escarnio. La parodia de lo real se apropia del punto de vista del narrador, y el relato deviene en crónica carnavalesca, en caricatura procaz, en humorística desvelación. A este ciclo narrativo, compuesto por tres novelas:”El desfile del amor” (1984), “Domar a la divina garza” (1988) y “La vida conyugal” (1991), Pitol lo va a acabar englobando bajo el título general de “Tríptico de Carnaval”. Un tríptico narrativo en el que lo cotidiano, el delirio, lo trágico, el humor y lo grotesco van de la mano, y constituyen una auténtica rebelión contra la intolerancia y el dogmatismo.

Pero todavía el “tarro de las esencias” pitoliano guardaba una última sorpresa. Y así en estos últimos años nos ha ido sorprendiendo y deleitando con un nuevo tipo de textos, fusión de todos los géneros, desde la fabulación, la autobiografía, el ensayo, las memorias, y donde los libros y los viajes componen un entramado narrativo grandioso. Son libros como “El arte de la fuga” (1996), “El viaje” (2001) o “El mago de Viena” (2005) que nos entregan a un Pitol desnudo convertido en gran maestro de la literatura y la lengua española.  
 
 
 
 
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