Perú: juicio a Fujimori

La escenificación de la impunidad

"¿Muerto el perro, muerta la rabia?" La parasitaria, asesina y decadente clase polí­tica peruana escenifica el juicio al ex dictador -a bombo y platillo- para garantizarse su propia impunidad.

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09-04-2009
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Si lugar a dudas Fujimori merecí­a ser condenado. Ahora bien, ¿qué se esconde tras la escenificación de este juicio, difundido con tanto bombo y platillo, precisamente ahora? ¿Lavar la imagen de la clase polí­tica peruana, justo en el momento que ha vendido al paí­s al TLC de los EEUU? No estamos ante la puesta en escena de la justicia, sino ante la escenificación de la impunidad.
 Alberto Fujimori tras ser condenado el  7 de abril de 2009, a 25 años de prisión por la sala penal especial de la Corte Suprema de Justicia que lo procesó por violaciones de los derechos humanos.
Alberto Fujimori tras ser condenado el 7 de abril de 2009, a 25 años de prisión por la sala penal especial de la Corte Suprema de Justicia que lo procesó por violaciones de los derechos humanos.
Si lugar a dudas Fujimori merecí­a ser condenado. Ahora bien, ¿qué se esconde tras la escenificación de este juicio, difundido con tanto bombo y platillo, precisamente ahora? ¿Lavar la imagen de la clase polí­tica peruana, justo en el momento que ha vendido al paí­s al TLC de los EEUU? No estamos ante la puesta en escena de la justicia, sino ante la escenificación de la impunidad.
“¿Muerto el perro, muerta la rabia?” Los 25 años de condena al genocida Fujimori -merecidos cada uno de ellos- buscan ocultar los crímenes, el latrocinio y la impunidad de una de las clases políticas más parasitarias y vendepatrias de Iberoamérica.

Sobra decir que prácticamente todos, por no decir todos, los que señalan hoy a Fujimori –juez, fiscal, partidos políticos, medios de comunicación…- participaron del régimen y fueron cómplices del dictador.

Pero esto no es lo más grave, lo peor es que el mismo presidente del país, Alan García, que hoy imparte justicia, es también un genocida y ladrón, quien tuvo que exiliarse del país ante una condena que le pisaba los píes.

¿Qué puede esperarse de una justicia en la que la que inculpado y juez son igual de criminales?

Sin embrago, Alan García, ante el posible avance de la izquierda fue la única alternativa que aglutinó a las clases dominantes para las últimas presidenciales, lo que marcó su definitivo rutilante regreso al país.

Sobra decir que por su trayectoria criminal, su credibilidad personal y política está completamente minada nacional e internacionalmente.

En ese sentido, juzgar a Fijimori era una necesidad para la legitimidad del gobierno de Alan García.

Pero no es la única razón. Juzgar a Fijimori, principalmente, era una exigencia de Washington.

No es la primera vez que la Casa Blanca lleva a los tribunales a sus dictadores y muñecos diabólicos. 

Aquellos que tan buenos servicios les han prestado, como es el caso de Fujimori, pero que, posteriormente, adquieren un molesto grado de autonomía, o bien, tras cumplir su cometido, tienen que dar paso a regímenes democráticos.

“Ajustarle cuentas” a su muñeco diabólico, era ineludible para Washington y en ese proceso, dotar de legitimidad a su apuesta democrática, Alan García; esos son los dos objetivos en juego en el aberrante juicio al aberrante ex dictador.

Hay que exigir que se juzgue a todos. Empezando por el actual presidente, Alan García, siguiendo por destacados mandos militares y policiales y las cabezas de los partidos tradicionales.

Siguiendo por la Casa Blanca que ha hecho posible la existencia de gobiernos, uno tras otro, a cual más criminales, asesinos y ladrones en Perú.

Un sometimiento que permite que hoy Perú, en un continente en llamas que pugna por dejar de ser el Patio Trasero, sea uno de los pocos feudos de Washington en la región (junto con Colombia y, por otras razones, Chile).
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