Literatura

Sale el espectro

A sus 76 años, Philip Roth sigue siendo el escritor que mejor encarna la rabia, la indignación y el inconformismo en la narrativa norteamericana

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28-03-2009
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Acaba de aparecer la edición de bolsillo de "Sale el espectro", la que hasta hace sólo un par de semanas hubiéramos definido como última novela de Philip Roth, pero que ahora ya no lo es, porque el inagotable narrador norteamericano, nacido en Netwart (Nueva Jersey) en 1933, acaba de poner en los estantes de la librerí­as otra nueva novela, "Indignación", cuyo simple tí­tulo servirí­a para enmarcar, definir y rotular toda su obra, que es, sin duda, la del escritor que mejor ha encarnado, durante 50 años (y 50 años justos se cumplen, por cierto, de su primer libro: "Goodbay, Columbus", 1959), la rabia, la indignación y el inconformismo ante la deriva de Estados Unidos. Acaba de aparecer la edición de bolsillo de "Sale el espectro", la que hasta hace sólo un par de semanas hubiéramos definido como última novela de Philip Roth, pero que ahora ya no lo es, porque el inagotable narrador norteamericano, nacido en Netwart (Nueva Jersey) en 1933, acaba de poner en los estantes de la librerí­as otra nueva novela, "Indignación", cuyo simple tí­tulo servirí­a para enmarcar, definir y rotular toda su obra, que es, sin duda, la del escritor que mejor ha encarnado, durante 50 años (y 50 años justos se cumplen, por cierto, de su primer libro: "Goodbay, Columbus", 1959), la rabia, la indignación y el inconformismo ante la deriva de Estados Unidos.
En "Sale el espectro" nos damos de bruces con un Roth verdaderamente en "estado de gracia", capaz de diabluras narrativas sin fin, de sacar del armario y combinar con sagacidad innumerables hilos narrativos y de llegar al fondo de cuestiones cuya complejidad y hondura harían echarse atrás al más pintado. Y todo ello, desde una madurez que ya es vejez, una vejez lastrada por la pérdida de facultades, por las mermas de las enfermedades, por la amenaza de la pérdida de la memoria, pero, pese a todo, nunca una vejez resignada, de brazos caídos, sino una vejez alimentada por los mismos impulsos y deseos de siempre y por una inagotable fuente de rabia que le impide dejar de involucrarse en alguna que otra batalla.

Roth saca de su exilio de once años en las montañas al escritor (su "alter ego") Nathan Zuckerman, en un postrero viaje a Nueva York, donde trata de probar un nuevo remedio a los problemas de incontinencia urinaria que padece desde que venció un cáncer de próstata, con vistas a recuperar el "dominio" de su propio cuerpo. Pero lo que parece un viaje accidental a una ciudad que ya apenas si reconoce, se va a ir convirtiendo en una pequeña odisea cuando, uno a uno, los "fantasmas" del pasado vayan reviviendo a través de una serie de encuentros "casuales", que, como en todas las novelas de Roth acontecen en un marco político bien reconocible. En "Sale el espectro", Roth desmenuza sus fantasmas en plena era Bush.

A Zuckerman en Nueva York le amenazan muchas cosas, entre ellas la belleza, el despótico poder de la belleza (encarnado en una joven escritora, Jamie), que despierta en él lo que, a sus 73 años, ya daba por muerto y sofocado: el deseo sexual y la capacidad, juvenil, de enamorarse de golpe.

Le amenaza también el "furor político", recreado en el ambiente de expectación que vive la ciudad en noviembre de 2004, ante la "amenaza" de la reelección de Bush, que los círculos liberales neoyorquinos perciben como una catástrofe y una ofensa, una derrota que los saca de quicio.
Otro de los fantasmas que reaparecen es el de un escritor muerto (Lonoff), al que Zuckerman conoció y admiraba, y al que un arribista sin escrúpulos quiere dedicar una biografía póstuma describiendo aspectos escabrosos de su existencia. Zuckerman se conjura para evitar que ese libro salga, y Roth utiliza este hilo narrativo para alertar una vez más de los riesgos muy serios que amenazan a la literatura.

Como el propio Roth lo define en un momento determinado la novela describe "un círculo desesperado de deseos irrazonables", que sabe conducir con mano maestra, sin generar esperanzas inposibles ni ilusiones descabelladas, conservando la dosis de rabia e indignación que cabe esperar de él, manteniendo enhiesta su ambición de provocar y su voluntad de ser testigo de su tiempo. El resultado es una novela magnífica, que se disfruta de principio a fin.   
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