Perú Juicio a Fujimori

A la espera de la condena

Lo que sí­ está claro es que el gobierno de Alan Garcí­a está dispuesto a apoyar a Fujimori a cualquier precio.

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05-04-2009
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Fujimori habrá de ser condenado. Ningún tribunal -en su sano juicio- podrí­a absolverlo. Pero la sentencia no será, seguramente la más alta, porque influirá en el ánimo de los jueces la consideración humanitaria: hoy Fujimori presenta - humillantemente- la imagen de un anciano con incontinencias estomacales y otros males. Fujimori habrá de ser condenado. Ningún tribunal -en su sano juicio- podrí­a absolverlo. Pero la sentencia no será, seguramente la más alta, porque influirá en el ánimo de los jueces la consideración humanitaria: hoy Fujimori presenta - humillantemente- la imagen de un anciano con incontinencias estomacales y otros males.
En pocas semanas más concluirá en Lima el proceso judicial incoado por el Estado Peruano contra Alberto Fujimori por la comisión de diversos delitos de violación de derechos humanos.

Hay que la justicia Chilena, redujo las innumerables causas a unas pocas, siempre dará que pensar que Fujimori no se presento en Chile sin ninguna garantí­a, gracias al mecanismo de la extradición, en el cual Chile dictamino las causas por las que se le podí­a Juzgar y sólo fue posible encausar al ex mandatario por los casos que consideró conveniente la justicia chilena. Temas referidos a la corrupción, pero otros como la esterilización masiva de mujeres indí­genas, no pudieron entonces ser abordados como hubiese sido menester.

La Fiscalí­a, ha hecho un esfuerzo exhaustivo mediante el cual se ha probado de manera fehaciente la culpabilidad del acusado en la comisión de los delitos que le han sido imputados, aunque la defensa del reo ha argüido la carencia de pruebas documentales que confirmen la responsabilidad directa del mandatario depuesto.

No ha resultado posible, en efecto, mostrar un documento suscrito por el acusado mediante el cual éste ordene una ejecución u otro acto análogo. Por el contrario, el abogado del procesado se ha esforzado por construir una teorí­a de la defensa basada en la imposibilidad de imputar a Fujimori intervención directa en la "guerra sucia impulsada en los años de su gestión gubernativa.

La estrategia de la defensa ha sido planteada no con la idea de convencer a nadie, sino simplemente de afirmar una consideración formal que pueda ser usada en el futuro por la parte interesada a fin de obtener beneficios penitenciarios de distinto orden, incluido el indulto.

La Defensa sabe, en efecto, que Alberto Fujimori no podrá ser absuelto en ningún caso, y que tendrá que afrontar inexorablemente una sentencia condenatoria.

Lo que busca entonces es atenuar la responsabilidad del acusado para disminuir la magnitud de la pena y manejar después argumentos de orden humanitario: la salud, la edad del sentenciado, su falta de antecedentes penales y otros; para alcanzar de manera artificiosa un indulto que hoy la ciudadaní­a rechaza.

Procurará, sin embargo, valerse de una estratagema impúdica, asegurando que no fue posible "probar" la responsabilidad directa del acusado en la comisión de delitos de lesa humanidad.

El argumento esgrimido por ese comerciante del derecho, el Dr. Nakasaki, bien podrí­a exonerar de responsabilidad a Adolfo Hitler en el exterminio de judí­os y opositores en la Alemania Nazi.

Tampoco en el caso de Mussolini podrí­a encontrar tribunal alguno un documento de puño y letra mediante el que "Il Duce" dispusiera el asesinato de Matteotti.

Ni Franco, ni Oliveira Salazar, habrí­an podido ser encontrados culpables de algo.

Las "órdenes" existieron, sin duda, aquí­ y allá, pero tuvieron en todos los casos una connotación genérica que sirve para encubrir cualquier crimen: "restaurar el orden", "liquidar la resistencia enemiga", "acabar con la subversión" resultan modalidades de expresión que ocultan sangrientas intenciones porque no incluyen la expresión "matar", que bien puede incriminarse a cualquier subordinado o explicarse como "el "exceso" de un subalterno.

Fujimori habrá de ser condenado. Ningún tribunal -en su sano juicio- podrí­a absolverlo. Pero la sentencia no será, seguramente la más alta, porque influirá en el ánimo de los jueces la consideración humanitaria: hoy Fujimori presenta - humillantemente- la imagen de un anciano con incontinencias estomacales y otros males.

La sentencia que emita la Sala Especial que tiene a su cargo el juicio no tendrá, tampoco, el carácter de decisión definitiva. Fujimori apelará, sin duda, y el caso subirá a la Corte Suprema, la que a su vez encargará a una nueva Sala la revisión de la sentencia. Allí­ podrí­a esperarse una reducción de la pena, que aliente el posterior indulto, por cuenta de éste gobierno u otro, el que venga después.

Lo que sí­ está claro es que el gobierno de Alan Garcí­a está dispuesto a apoyar a Fujimori a cualquier precio. No sólo porque tiene ya un acuerdo de "gobernabilidad" con la Mafia Fujimorista; sino sobre todo porque el actual mandatario peruano es plenamente consciente que la estructura jurí­dica que se levantó en el proceso -y que servirá para condenar a Fujimori- podrí­a serle aplicada a él mismo.

La naturaleza de los hechos, la imprescriptibilidad de los crí­menes, la violación de los derechos humanos, el uso de la tortura institucionalizada, la habilitación de centros clandestinos de reclusión, las ejecuciones extrajudiciales, las privaciones ilegales de la libertad y la desaparición forzada de personas respondieron a un esquema que aplicó igualmente Garcí­a en su primer gobierno, o Fujimori en su década dantesca.

La misma plantilla, los mismos servicios, y la misma polí­tica de exterminio y muerte fueron herramientas de los gobiernos que operaron en ese infausto periodo de la vida nacional.

Si hoy, por esos crí­menes, enjuiciando y condenan a Fujimori, por los mismos y con idéntica reflexión, mañana condenarán a Garcí­a. Y no habrá quién lo salve. Por eso, él ahora, busca desesperadamente salvar a Fujimori como una manera de proteger su propia imagen de mañana.

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