Selección de prensa nacional

Disparados tipos de interés

El dinero continúa siendo un bien escaso. Pero también caro. Muy caro. Hasta el punto de que los tipos de interés reales se sitúan ya en niveles desconocidos desde 1996

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23-03-2009
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Lo de la banca española empieza a no tener nombre. No es sólo que estén utilizando el dinero público -que pagamos todos- para hacer sus propios negocios, o que el dinero que pone el Estado para distintos sectores (parados, familias, pymes) usando como intermediario a la banca no llegue ni en mí­nimas cantidades a sus supuestos beneficiarios; es que, además, el escaso crédito que conceden, como denuncia hoy Carlos Sánchez en El Confidencial, lo dan a un tipo de interés real desmesurado.
 Disparados tipos de interés
Lo de la banca española empieza a no tener nombre. No es sólo que estén utilizando el dinero público -que pagamos todos- para hacer sus propios negocios, o que el dinero que pone el Estado para distintos sectores (parados, familias, pymes) usando como intermediario a la banca no llegue ni en mí­nimas cantidades a sus supuestos beneficiarios; es que, además, el escaso crédito que conceden, como denuncia hoy Carlos Sánchez en El Confidencial, lo dan a un tipo de interés real desmesurado.

Los tipos de interés reales –es decir, los tipos de interés que efectivamente se están cobrando por los nuevos créditos, no los que dice el BCE o los que se pagan en el mercado interbancario –están a los mismos niveles que en 1996. Para nuestros lectores más jóvenes tal vez este dato no les diga nada, pero hay que recordar que fue en torno a aquellas fechas donde se sitúa la época en que más prohibitivo para una familia trabajadora era comprar una vivienda. Y no por el precio de ésta, que era infinitamente menor que ahora, sino por los desmesurados intereses que había que pagar a la banca por formalizar una hipoteca.
 
La media del interés que la banca española ha estado cobrando durante el mes de enero se ha situado en el 5,02%, cuando el Banco Central Europeo estaba prestando ese mismo dinero a los bancos españoles a un 2%. Pero además ese tipo de interés no es para todos igual. Para las familias, el tipo llega al 5,95%, es decir, 3 veces más que el del BCE. Para los créditos al consumo, el interés medio real está en el 8,72%, más de cuatro veces superior. En cuanto a los créditos empresariales, si la cifra supera el millón de euros, el interés medio se sitúa en el 3,6%, pero si es de menos de un millón –lo que constituye la inmensa mayoría de créditos solicitado por las pymes– se eleva hasta el 5,4%.
 
ABC por su parte, lama la atención en uno de sus editoriales de hoy sobre una cuestión sobre la ya que reprodujimos hace unos días un articulo de Francisco Sosa Wagner, primer candidato por UPyD a las elecciones europeas: la relación entre la desarticulación política del Estado y su progresiva “jibarización” en beneficio de los gobiernos autonómicos con las necesidades en sentido inverso que reclama la crisis económica. Según ABC, “las alegrías descentralizadoras que están adelgazando las instituciones centrales” hacen que en ocasiones sea más fácil ponerse de acuerdo con los 26 gobiernos de la UE en medidas contra la crisis que con los gobiernos de las 17 Comunidades Autónomos para hacer reformas imprescindibles que refuercen la unidad de mercado como condición necesaria –aunque no suficiente– para hacer frente a la crisis. El diario pone como ejemplos la legislación en materia urbanística y de vivienda, la educación y la enseñanza o la justicia.
 
 
 
El Confidencial
LOS TIPOS DE INTERÉS REALES SE DISPARAN
Carlos Sánchez
 
El dinero continúa siendo un bien escaso. Pero también caro. Muy caro. Hasta el punto de que los tipos de interés reales -los que verdaderamente importan a quienes solicitan un préstamo- se sitúan ya en niveles desconocidos desde 1996. Los datos que acaba de publicar el Banco de España indican, en concreto, que el tipo de interés sintético de las nuevas operaciones del conjunto de las entidades de crédito se situó en enero en el 5,02%. Es decir, algo más de cuatro puntos porcentuales por encima del Índice de Precios de Consumo (IPC). Pero también a años luz del 2% en que se situaba el precio oficial del dinero en enero (ahora está en el 1,5%).
 
La comparación es todavía más significativa si se tiene en cuenta que el tipo de interés medio que bancos y cajas aplican a las familias se sitúa todavía en un increíble 5,95%, y llega verdaderamente a niveles estratosféricos si se trata de créditos al consumo, que como media se cobran al 8,72% en las nuevas operaciones. Si el objetivo es la adquisición de una vivienda, el precio del dinero alcanza, como media, el 4,97%, lo que significa unos tipos de interés reales verdaderamente importantes en un contexto de baja inflación, y que en los próximos meses será todavía inferior.
 
Quiere decir esto que los tipos de interés reales, lejos de decrecer, continúan aumentando, lo que dificulta enormemente la recuperación económica. Sobre todo en una economía (...) como es la española, donde los salarios (como regla general) se actualizan al paso que marca la inflación. El dinero es, por lo tanto, cada vez más caro, aunque nominalmente el Banco Central Europeo haya relajado su política monetaria hasta niveles desconocidos desde su creación, hace poco más de una decena de años.
 
Para las empresas, el coste financiación también se ha endurecido de forma relevante, aunque en menor medida que en el caso de las familias. Las entidades de crédito aplican, como media, un tipo de interés medio del 4,17%, pero con notables diferencias en función de la cuantía del préstamo. Si los créditos son superiores a un millón de euros, el precio del dinero se sitúa en el 3,60%, pero escala hasta el 5,40% si la cantidad prestada es inferior al millón de euros. Estos créditos son, precisamente, los que se destinan fundamentalmente a las pequeñas y medianas empresas (pymes).
 
En ambos casos, por lo tanto, se aplican unos tipos efectivos verdaderamente elevados (...)
 
Los tipos de interés reales son más significativos, y se calculan a partir de la evolución de los precios o de las emisiones que hacen los agentes económicos (públicos y privados) para su financiación. Así, mientras que el tipo de interés de las letras del Tesoro a tres meses se sitúa por debajo del 1%, en el caso de las emisiones de renta fija ha descendido hasta el 1,65%. Es decir, que el precio real del dinero se triplica cuando alguien (una empresa o un particular) acude al banco a solicitar un préstamo. Pero si usted es quien pone sus ahorros a disposición de las entidades financieras, la remuneración cae en picado.
EL CONFIDENCIAL. 23-3-2009
 
 
 
 
 
 
 
Editorial. ABC
POCO ESTADO PARA TANTA CRISIS
 
TODAS las opciones para luchar contra la crisis económica tienen en común la convergencia de los gobiernos en políticas globales básicas, simultánea al desarrollo de estrategias nacionales. Sin embargo, el problema al que se enfrenta el Gobierno español es que la evolución del Estado autonómico no facilita -y en algún caso hasta la excluye- la aplicación de una estrategia digna de llamarse nacional. No se trata de que haya más intervención del Estado en la economía, sino de que haya Estado suficiente para dirigir la política económica. A veces está resultando más fácil ponerse de acuerdo en Bruselas con veintiséis gobiernos europeos que en Madrid con las comunidades autónomas. El debate sobre la distribución de competencias y el proceso de federalización del Estado se ha encontrado con un nuevo planteamiento, forzado por la crisis y menos dúctil a las alegrías descentralizadoras que están adelgazando las instituciones centrales.
 
Todos los expertos están de acuerdo en que hay que evitar en el futuro tanta dependencia del sector inmobiliario, pero el Parlamento nacional y el Gobierno central apenas pueden legislar en materia urbanística y de vivienda. Es absurdo que un sector tan importante de la economía española esté retirado de la potestad legislativa y política del Estado en beneficio de comunidades autónomas y ayuntamientos. Así no es posible cambiar el modelo de crecimiento, porque no hay mecanismo legal que lo permita. La unidad de mercado también es una reivindicación de economistas y empresas, pero padece el mismo mal que el urbanismo y, por esta razón, el Gobierno, por ejemplo, no puede aplicar políticas de libre competencia en grandes superficies o en horarios comerciales. Si la recuperación de la crisis exige una amplia política de innovación y desarrollo y una mejora de la enseñanza obligatoria -descosida por modelos basados en el localismo y la imposición lingüística- y universitaria, el Gobierno no tiene todos los recursos en su mano para incorporarlas a un estrategia a medio y largo plazo de incremento de la competitividad de empresas, trabajadores y profesionales. La actividad de los Tribunales de Justicia es fundamental para propiciar soluciones eficaces a las crisis empresariales y el tráfico mercantil, pero la dispersión de competencias entre el Ministerio de Justicia y las comunidades autónomas frustra algo tan elemental como la implantación de programas informáticos conjuntos o políticas comunes para las plantillas de funcionarios y la dotación de medios.
 
El Estado autonómico no tiene culpa de la crisis, pero un cierto papanatismo sobre sus beneficios ha satanizado herramientas que ahora serían muy necesarias para combatirla, como las que permiten a los Estados federales recuperar competencias o imponer planes comunes, porque el federalismo, en contra de lo que aparentan los nacionalismos, se basa en la fortaleza de las instituciones centrales para asegurar el interés nacional. El camino tomado por el Gobierno socialista con el Estatuto de Autonomía de Cataluña es el contrario al que conviene para dar al Estado esa fuerza de cohesión que tanto reclama el PSOE. El Estado de las autonomías no lo han reventado los centralistas reaccionarios, sino la izquierda nacionalista, como el PSC, y sus pactos con el nacionalismo separatista. Ahora es cuando, a la vista de la pobreza política del Estado, se pueden valorar los daños de la aventura confederal de Rodríguez Zapatero
ABC. 23-3-2009
 
 
 
 
Opinión. El País
ITALIA Y ESPAÑA, UNA CONFLUENCIA
Félix de Azúa
 
(...)  Este paralelismo con Italia creo que es explicable, no sólo por la chapuza jurídica o por la inveterada deshonestidad de las sociedades mediterráneas, sino también porque los italianos sufrieron sólo unas pocas décadas menos de fascismo que los españoles. El fascismo, además de una ideología ridícula, es un sistema que nacionaliza la totalidad de los recursos para repartirlos luego entre los fieles del régimen (...)
 
Si en Italia o en España se hubiera procedido a una depuración de todos aquellos que se enriquecieron con el fascismo, nos habríamos quedado sin clase dirigente. Y fueron ellos quienes decidieron si había o no depuración. Como en Italia, los colaboracionistas españoles se incorporaron a diversos partidos, desde Alianza Popular a Convergència i Unió, del mismo modo que los estalinistas se lavaron la cara en las múltiples izquierdas más o menos democráticas que se fundaron entonces y que han ido derivando hacia grupos de vaguísima ideología y sólido oportunismo. Nunca habrá memoria histórica para este proceso.
 
El resultado ha sido una clase política que, con las consabidas excepciones, desde el principio ignoró por completo el sentido de la expresión "dinero público", y que además se considera impune. Un partido político español se parece más a la Renfe o a Telefónica que a un partido inglés o alemán. Y suelen actuar con igual zafiedad e inoperancia. De vez en cuando un político va a dar en la cárcel, pero nunca, que yo sepa, por dilapidar inmensas cantidades en actividades estériles o en obras ruinosas.
 
Hasta tal punto los políticos ignoran que el dinero público no es suyo ni está al servicio de su ideología, que hace unos días José Montilla recomendaba a los empresarios catalanes que no subieran los sueldos de sus trabajadores. No se le pasó por la cabeza que él cobra más que el presidente español. Que sus camaradas del Parlament gozan de sueldos colosales fijados (y aumentados) por ellos mismos. Que tras dos legislaturas los conservan toda la vida. Que sus gastos son en buena parte opacos y que, por ejemplo, niegan a la oposición la documentación que les reclama y no pasa nada. Que también es secreto el número y el sueldo de los asesores. Y que la famosa institución para controlar la malversación pública se ha quedado en una burla a los ciudadanos.
 
Según la última encuesta del Centro de Estudios de Opinión, un 74,3% de los catalanes está insatisfecho o muy insatisfecho con sus políticos. ¿Y a ellos qué les puede importar? Mientras les protejan sus jefes... Lo suyo es callar y bajar la testuz.
 
A mediados de mes vi por la televisión nacional catalana a Carod Rovira, vicepresidente de Cataluña, con los indios shuars del Ecuador. Ha dedicado un millón de euros a propiciar el bilingüismo entre estas curiosas tribus indias. Seguramente el presidente del Ecuador acepta gustoso el dinero de los catalanes para una finalidad que le importa un pimiento. Es obvio, en cambio, que este asunto, a saber, que los indios aprendan su propia lengua, es de la mayor importancia para los obreros de la Seat. Pero si pude ver unos segundos a Carod en funciones paternales fue porque le acompañaba un equipo de la televisión nacionalista. La imagen del vicepresidente aceptando la lanza india que le ofrecía el jefe shuar en perfecto castellano y medio en cueros ha costado a los catalanes bastante más que cien ternos de sastre valenciano.
 
No obstante, es seguro que Carod cree estar haciendo lo mejor para su país. Y seguirá haciéndolo porque la clase política catalana no quiere controlar el gasto público. Es su único poder, ya que la población le es cada día más desafecta. Ellos son el único valor de Cataluña, del mismo modo que Carod está persuadido de ser, él en persona, Cataluña. El dinero de Cataluña es, por lo tanto, suyo. Resulta muy difícil (y tedioso) tratar de hacerle entender que esa Cataluña suya se reduce a un grupo de amigos, una televisión y un par de cientos de miles de votos en decadencia. Y que el resto, hasta siete millones, lo miramos como Nani Moretti miraba a los parlamentarios italianos. Gordos moscones girando sobre el inmenso pastel del dinero público, satisfechísimos, ajenos a todo, ebrios de retórica barata, de egoísmo y de impunidad.
 
Sí, es cierto: como dijo Zapatero, llevamos camino de superar a Italia, pero no exactamente en algo que merezca la pena (...)
EL PAÍS. 23-3-2009
 
 
 
 
 
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