China y EEUU refuerzan su cooperación estratégica

El signo de los tiempos

Cómo encauzar la emergencia y el creciente poderí­o alcanzado por China de forma que pueda coexistir con el orden global yanqui es el principal reto de Obama.

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18-03-2009
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En la alta polí­tica internacional, en el sensible terreno de las relaciones de poder entre los Estados más poderosos del mundo, los signos son a menudo más reveladores que cualquier declaración. Los dos primeros meses de la administración de Obama han estado repletos de signos que apuntan insistentemente en la dirección de crear una relación estratégica especial con Pekí­n, una suerte de G-2 en torno al cual pase a articularse, de forma central, la nueva arquitectura de las relaciones internacionales del siglo XXI.
 La estrategia china de avanzar en su peso internacional de una forma esencialmente pací­fica y consensuada es una experiencia inédita en la historia del mundo contemporáneo (Efe)
La estrategia china de avanzar en su peso internacional de una forma esencialmente pací­fica y consensuada es una experiencia inédita en la historia del mundo contemporáneo (Efe)
En la alta polí­tica internacional, en el sensible terreno de las relaciones de poder entre los Estados más poderosos del mundo, los signos son a menudo más reveladores que cualquier declaración. Los dos primeros meses de la administración de Obama han estado repletos de signos que apuntan insistentemente en la dirección de crear una relación estratégica especial con Pekí­n, una suerte de G-2 en torno al cual pase a articularse, de forma central, la nueva arquitectura de las relaciones internacionales del siglo XXI.

La elección del Lejano Oriente como primer destino de la nueva Secretaria de Estado Hillary Clinton, contraviniendo lo que hasta ahora había sido una regla no escrita de que los países aliados de Europa fueran los primeros destinatarios; el aparcamiento público de temas delicados en las relaciones bilaterales, y especialmente sensibles para la parte china, como el asunto de los derechos humanos o el Tibet; el relegamiento de la privilegiada relación de cooperación que estableció Bush durante su segundo mandato con India, como contrapeso asiático a la emergencia china; los gestos conciliatorios que se ha visto obligado a hacer ante Japón, ante la evidencia del cambio de prioridades en el sistema de alianzas asiático o la elección de un nutrido grupo de altos cargos de la nueva administración –que ocupan un espectro tan amplio como el que va desde el máximo responsable de la economía hasta la alta dirección de la inteligencia nacional– caracterizados por sus especiales relaciones de amistad y sintonía con los dirigentes chinos son otros tantos signos que confirman lo que el propio Obama ha definido como la más importante de las relaciones para EEUU.

Pero ¿por qué para Obama “no hay relaciones bilaterales tan importantes como las sino-estadounidenses”? 

Al definirlas de esta manera, Obama no hace sino elevar a la categoría político-diplomática lo que ya es una realidad del mundo de nuestros días.

No hay más que echar un vistazo a los cambios en el balance de poder mundial sucedidos desde el último gran movimiento sísmico en el tablero internacional, hace ahora exactamente 20 años con la caída de la URSS.

En ese período, al que se ha dado en llamar de la globalización, mientras EEUU y lo que podríamos denominar como el núcleo central de su sistema de alianzas imperialista (el G-7) ha visto decrecer su peso relativo en el mundo en más de un 15%, nadie duda, por el contrario, que China ha surgido como la gran beneficiada de la globalización. Y en torno a esta emergencia china ha podido también empezar a articularse –de forma todavía muy incipiente –un sistema de relaciones y alianzas económicas, políticas y diplomáticas que en su desarrollo no pueden hacer sino acelerar las condiciones para un cambio en los equilibrios de poder en el mundo.

Hacer compatibles estos cambios en los equilibrios del poder mundial con el sistema global de supremacía norteamericana –aunque lógicamente adecuada a la nueva situación– es el reto en última instancia que se le presenta a Obama. Cómo encauzar la emergencia y el creciente poderío alcanzado por China de forma que pueda coexistir con el orden global yanqui, aun cuando para ello sea necesario introducir importantes cambios y modificaciones en él, se ha convertido en la más urgente y prioritaria de las tareas para el hegemonismo norteamericano. Y la razón de que para Obama no haya nada más importante que las relaciones con Pekín, a cuyo éxito los demás aliados de Washington deben someterse.

En este camino, evidentemente, Obama va a encontrar múltiples obstáculos. Y no principalmente de fuera, de los socios históricos que van a ver inevitablemente relegada su posición de cercanía al centro del imperio y de influencia sobre él.

Sino sobre todo del interior de la propia clase dominante estadounidense. De aquellos sectores que colocan a China como el gran rival estratégico de la hegemonía norteamericana, para los cuales por encima de las necesidades coyunturales o de arriesgados experimentos de una nueva arquitectura de las relaciones internacionales está el objetivo de contener a través de todos los medios posibles la emergencia de China. El reciente incidente de un navío de guerra de la US Navy, realizando abiertamente acciones de espionaje en aguas territoriales chinas es, por el momento, la señal más significativa de que las cosas no le van a resultar fáciles, por este lado, a Obama.

La estrategia emprendida por los dirigentes chinos, de abrirse paso a alcanzar el rango de un potencia de peso global en un recorrido de largo alcance, a lo largo de los próximos 50 o 100 años, y de una forma esencialmente pacífica y consensuada –armónica, como dicen ellos– es una experiencia inédita en la historia del mundo contemporáneo. De su avance o no va a depender el futuro del mundo en las próximas décadas. Todos nos jugamos mucho en ello.
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