Guerra contra el Narcotráfico una forma de intervención Imperialista

La Militarización de México

Elevar el tráfico de drogas a un asunto de seguridad nacional le ha permitido a EE UU intervenir en la polí­tica de los paí­ses productores de droga y de transito.

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22-03-2009
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Es evidente que estamos frente a una acción coordinada de militarización en nombre de la seguridad, y que el modelo implica una etapa de mayor participación de Estados Unidos.
 Los Estados Unidos busca extender su presencia militar y su hegemoní­a en la región, y lo ha hecho bajo el modelo, de la guerra contra el terrorismo y la militarización de la frontera, y ahora en la guerra contra el narcotráfico.(EFE)
Los Estados Unidos busca extender su presencia militar y su hegemoní­a en la región, y lo ha hecho bajo el modelo, de la guerra contra el terrorismo y la militarización de la frontera, y ahora en la guerra contra el narcotráfico.(EFE)
Es evidente que estamos frente a una acción coordinada de militarización en nombre de la seguridad, y que el modelo implica una etapa de mayor participación de Estados Unidos.
La frase "guerra contra el narcotráfico" fue inventada e utilizada por primera vez por el Presidente Richard Nixon en 1971, en un contexto polí­tico muy parecido al actual estadounidense. Empantanado en una guerra que no podí­a ganar, con un déficit comercial e inflación rampante, en este año Nixon declaró que las drogas eran el "enemigo público número uno".

Después de lanzar la "guerra contra el narcotráfico" Nixon crea varias agencias anti-droga que tienen en común que reportan directamente al presidente y no pasan por la supervisión del Congreso: el departamento para la Aplicación de las leyes anti-droga, y después la DEA, una súper-agencia combinando agentes del Agencia de Narcóticos y Drogas Peligrosas (BNDD), Aduanas, la CIA y la Oficina contra el abuso de las drogas para coordinar esfuerzos locales y federales (ODALE).

Con la creación de estas agencias federales, la presidencia restó de los estados y municipios el poder de combatir las drogas en el marco de un problema comunitario o de salud, y de paso estableció agencias bajo el mando directo del presidente. Esto tendrá grandes repercusiones en el equilibrio de poderes. No es casual que exactamente un año después de anunciar la guerra contra el narcotráfico—el 17 de junio de 1972—un grupo de personas que se conocieron en estas nuevas agencias antidroga coordinadas por el ejecutivo llevaron a cabo otro encargo de su presidente: el robo de las oficinas del partido demócrata en el hotel Watergate.

La criminalización de los consumidores de drogas ha llevado al encarcelamiento de una gran parte de las poblaciones latina y africano-americana, el enfoque en la producción y abasto en lugar del consumo permite obviar en el discurso los profundos problemas internos de la sociedad estadounidense y la mano dura canaliza fondos gubernamentales a fortalecer las fuerzas policí­acas en lugar de gastar el mismo dinero en programas de salud y educación pública en las comunidades.

Pero quizás donde más ha sido útil el modelo es como una herramienta para mantener el control geopolí­tico. Elevar el tráfico de drogas a un asunto de seguridad nacional le ha permitido intervenir en la polí­tica de los paí­ses productores de droga y de transito. Sin duda, el caso clásico de injerencia estadounidense en un paí­s a través del modelo de la guerra contra el narcotráfico ha sido el Plan Colombia.

Se plantea el Plan México en términos que parecen ser muy similares. El Plan México, implicarí­a programas de cooperación, entrenamiento, intercambio de información y recursos.

Es evidente que estamos frente a una acción coordinada de militarización en nombre de la seguridad, y que el modelo implica una etapa de mayor participación de Estados Unidos. Esta participación se da en cuatro niveles: primero en la planeación de medidas nacionales y locales de seguridad, segundo en el entrenamiento de policí­as y elementos del ejército y de los cuerpos de investigación, después en la ejecución de acciones y polí­ticas de seguridad y de "guerra contra el narcotráfico" en territorio mexicano.

Hasta ahora el resultado principal de la guerra contra el narcotráfico de Calderón ha sido desatar la violencia en varias regiones del paí­s. En marzo, el número de policí­as ejecutados habí­a subido 50% respeto al año pasado. Para finales de mayo habí­an más de 1,000 asesinados relacionado con el narcotráfico. La muerte, extradición o detención de capos lleva a batallas para la sucesión sin acabar con la producción y tránsito de la droga. La cantidad y bajo precio de las drogas en las calles de las ciudades estadounidenses es el mejor indicador de que el tráfico no ha afectado el flujo constante de drogas hací­a los mercados del consumidor número uno en el mundo—EEUU.


La historia nos muestra que el modelo de "la guerra contra el narcotráfico" tiene una serie de objetivos ocultos y resultados anti-democráticos que atentan contra la paz y la soberaní­a. En la guerra contra el narcotráfico, se confluyen los objetivos de EEUU con los intereses del gobierno de Felipe Calderón.

Los Estados Unidos busca extender su presencia militar y su hegemoní­a en la región, y lo ha hecho bajo el modelo, de la guerra contra el terrorismo y la militarización de la frontera, y ahora en la guerra contra el narcotráfico. Con mayor coordinación entre las fuerzas de seguridad, su participación en la formación de agentes y soldados, y su injerencia en el diseño de las polí­ticas de seguridad en México. La promesa de cantidades de recursos y ayuda militar al estilo Plan Colombia es suficiente para asegurar que el gobierno mexicano siga el guión de seguridad escrito en Washington.

Primero, este modelo funciona en la práctica para ampliar el poder de la presidencia. Desde el inicio, esto es uno de sus propósitos principales. Fortalece el poder ejecutivo sin contrapesos y transparencia, quitando poderes de los otros niveles de gobierno y restringiendo los derechos ciudadanos. Segundo, promueve la militarización de la sociedad y construye un poder de facto de fuerzas especializadas con pocos controles legales o sociales.

El modelo de enfrentar el tráfico, venta y consumo de drogas con medidas militares, aumenta la violencia y debilita las instituciones democráticas. En paí­ses donde estas sean débiles puede causar severos retrasos en una transición a la democracia. Tercero, invariablemente se extiende a una guerra contra la oposición polí­tica en paí­ses en donde se ha aplicado, borrando la lí­nea entre la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo, y los disidentes.

Invariablemente se extiende a una guerra contra la oposición polí­tica en paí­ses en donde se ha aplicado, borrando la lí­nea entre la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo, y los disidentes.

Existe una clara amenaza a la soberaní­a de México. Otra vez viendo el Plan Colombia, se ha desarrollado una economí­a dependiente de la ayuda militar desde afuera, y la imposición de un modelo de lucha contra el narcotráfico que no solo no ha tenido resultados, sino que ha profundizado la violencia y la destrucción social y ambiental de gran parte del territorio, creando un cí­rculo vicioso de miedo y caos que se utiliza para justificar la continuación de la intervención extranjera. Sólo la vigilancia de grupos ciudadanos y de derechos humanos en EEUU lograba que se mantuviera un tope al número de soldados EEUU en territorio Colombiano, y hubo un incremento paulatino de mercenarios estadounidenses de empresas particulares subcontratados para llevar a cabo funciones militares bajo el Plan Colombia.

El Plan México contempla el entrenamiento de las fuerzas mexicanas bajo el esquema de EEUU y se amplia la red de agentes anti-drogas y de aduanas estadounidenses que opera en el paí­s, y se reduce el espacio para aplicar polí­ticas basadas en las prioridades nacionales y no en la agenda de seguridad nacional del gobierno de los Estados Unidos.

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