Paul Krugman, Nobel de Economí­a, califica de "aterradora" la situación de España ante la crisis

Doloroso o extremadamente doloroso

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17-03-2009
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"El camino para salir de la crisis que tiene España será doloroso o extremadamente doloroso". Así­ de rotundo se manifestó Paul Krugman -último Nobel de Economí­a y asesor de Obama- al calificar la actual situación española. Ya nadie puede ocultar que España -gracias al modelo productivo imperante durante los últimos años- está abocada a sufrir en mayor medida los estragos de la crisis. Pero cada nueva valoración añade una mayor carga de tragedia al horizonte al que nos han conducido grandes bancos y monopolios, fielmente representados por el gobierno de Zapatero.
 Zapatero con el premio Nobel de Economí­a, Paul Krugman. (Foto: EFE)
Zapatero con el premio Nobel de Economí­a, Paul Krugman. (Foto: EFE)
"El camino para salir de la crisis que tiene España será doloroso o extremadamente doloroso". Así­ de rotundo se manifestó Paul Krugman -último Nobel de Economí­a y asesor de Obama- al calificar la actual situación española. Ya nadie puede ocultar que España -gracias al modelo productivo imperante durante los últimos años- está abocada a sufrir en mayor medida los estragos de la crisis. Pero cada nueva valoración añade una mayor carga de tragedia al horizonte al que nos han conducido grandes bancos y monopolios, fielmente representados por el gobierno de Zapatero.
Para Krugman, “España pasará por una situación dolorosa durante cinco o siete años”, dinamitando así las perspectivas más pesimistas enunciadas hasta ahora.
La radiografía que el Nobel hace de la situación económica española no puede ser más sombría. Para Krugman, “España es como California o Florida. Las dos han vivido un boom de la construcción, han recibido grandes flujos de capital extranjero y, cuando ha estallado la burbuja inmobiliaria, la situación se ha vuelto muy difícil. Ahora tienen problemas de ajuste similares”.
España ha sido transformada en una “Florida europea”. Nuestra adhesión a la UE vino acompañada por el desmantelamiento o venta al capital foráneo de las principales fuentes de riqueza. Encomendando el desarrollo a un hipertrofiado e insostenible desarrollo de la construcción. El ahorro y la capitalización que no era posible crear por el castrado desarrollo nacional autónomo era pedido prestado fuera, convirtiéndonos en el país más endeudado del mundo.
Este endiablado cóctel ha estallado con la crisis, y las debilidades congénitas de la economía española han aparecido en toda su dimensión.
Pero Krugman va todavía más allá, al afirmar que “lo que realmente asusta de la situación española es que no está nada claro cuál es la estrategia de ajuste por su pertenencia a la UE. Todo lo que puede hacer es mitigar los efectos de la crisis. Si España no fuera parte del euro, la devaluación ayudaría, pero esa opción ya no existe; la política fiscal es muy limitada para los países de la UE; también es limitada la capacidad de actuar sobre el sistema financiero”.
Nuestra incorporación al euro, vendida como panacea del desarrollo, nos ha despojado de los principales instrumentos monetarios y financieros para emprender una salida autónoma de la crisis, ahora en manos de un Banco Central Europeo al que es difícil diferenciar del Bundesbank.
Si a esto le unimos la dependencia de la financiación exterior y de unos pocos mercados –el 70% de las exportaciones europeas se dirigen a la UE-, cerraremos el círculo de la pérdida de autonomía e independencia nacional, que una vez estallada la crisis se revela como un lastre más.
Esta es la dimensión de la crisis a que nos ha abocado el modelo económico impuesto en la última década, que ha permitido una expansión sin precedentes de bancos y monopolios españoles, mientras enflaquecía hasta la anorexia la fortaleza de la economía nacional, sin defensas ahora ante los efectos de la crisis.
Pero si el diagnóstico de la situación española que realiza Krugman es certero, su alternativa no puede ser más insidiosa. El Nobel propone como único camino la recuperación de la productividad, y para ello considera necesaria la devaluación de salarios y precios por lo menos en un 15%.
Es decir, debemos ser nosotros, los trabajadores, quienes nos apretemos todavía más el cinturón –que ahora casi no deja respirar- para propiciar la capitalización que financie la salida a la crisis.
Y esto se presenta como la única alternativa, asustándonos con los aterradores efectos de la crisis para que aceptemos sus condiciones.
No es verdad. Es posible otra salida a la crisis.
Devaluación salarial sí, pero comenzando por los desorbitados sueldos de los altos ejecutivos bancarios o monopolistas, que luego reciben multimillonarios planes de rescate pagados con el dinero de todos. Y, como contrapartida, sensible elevación –hasta alcanzar un mínimo universal de 1.000 euros- del salario real, el más bajo de toda Europa.
Drástica reforma fiscal, donde las mayores rentas y los más altos beneficios paguen elevadas tasas de impuestos, y los trabajadores y las pymes impuestos cercanos a cero. Justo lo contrario de las rebajas de impuestos a los bancos y severidad fiscal para pymes y trabajadores que se aplica ahora.
Es decir, proponemos una redistribución radical de las rentas como medio para salir de la crisis, elevando de forma importante el nivel de vida del pueblo trabajador.
La crisis que la paguen ellos.
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