Educación

La queja del alumno: la dificultad de aprender

Albergar lo inesperado, sostener la apuesta por la cultura.

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14-03-2009
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Habitualmente cuando se aborda el fracaso escolar, suele hacerse desde la perspectiva de la estadí­stica: cuantos alumnos, cuantos objetivos conseguidos, en cuanto tiempo, etc. Datos que remiten en realidad al éxito o fracaso de la escuela en cuanto a formar individuos aptos para el aprendizaje escolar y la posterior vida laboral. Habitualmente cuando se aborda el fracaso escolar, suele hacerse desde la perspectiva de la estadí­stica: cuantos alumnos, cuantos objetivos conseguidos, en cuanto tiempo, etc. Datos que remiten en realidad al éxito o fracaso de la escuela en cuanto a formar individuos aptos para el aprendizaje escolar y la posterior vida laboral.
    Pero  en verdad debería afrontarse desde la perspectiva del alumno y sus dificultades, desde la “queja “del escolar: “no entiendo”, “no me interesa”, “es un rollo”. “No quiero hacerlo”.
 
    Conviene recordar que, actualmente, la escolarización abarca un largo período de la vida del sujeto, en rigor puede decirse que abarca los años de construcción del sujeto. A lo largo de este tiempo el niño pequeño dependiente se transforma en un adulto joven independiente, con los consiguientes conflictos que este proceso acarrea.
 
    Durante este amplio lapso de tiempo el niño debe hacer frente a dos importantes crisis en su vida. La primera es la crisis edípica de la edad preescolar en la que el niño debe separarse de los padres  para insertarse en lo social, que es la escuela. Esta tiene unas exigencias con relación a la cultura, que es algo que está más allá de la familia y a lo que la  familia está supeditada. Esta función de la escuela como catalizador de la cultura está hoy en día diluida y por eso nos encontramos con problemas de aceptación de las normas tanto por parte de los niños como de sus propios padres.
 
    La demanda paterna  con respecto a cuestiones básicas como la limpieza o la alimentación, se ha difuminado supeditada a las necesidades de la vida actual. Problemas de tiempo, de agobio y de comodidad producen una situación en la que al niño se le exige mas bien poco en relación a su autonomía y capacidad. Así mismo ésta función civilizadora no se encuentra totalmente en manos de los padres, sino, a menudo, repartida entre estos y los cuidadores del niño en su ausencia.
 
  La consecuencia más frecuentemente observada es la asunción de una posición pasiva por parte del niño: dame cuídame diviérteme, que disminuye sus recursos y capacidad para enfrentarse a los retos de crecer y ser independiente. Dado que aprender es un proceso activo, el niño ha de abandonar esta posición para poder apropiarse de los contenidos culturales de la escuela, para poder aprender. No existe aprendizaje sin esfuerzo, ni tampoco es posible aprender sin la implicación del sujeto.
 
    Por otro lado está el discurso social con respecto a la infancia y la consideración de ésta como un momento privilegiado de la vida del sujeto en la que no debe haber ni preocupaciones ni obligaciones. Esta visión “idílica” de la infancia proviene de la natural nostalgia por el paraíso perdido y está afectada en estos momentos por un ideal social de bienestar y felicidad a través de la adquisición de bienes. Los resultados que todos conocemos y sufrimos, colocan al niño en una situación de consumidor precoz de todo tipo de objetos.

    En lo relativo a la escuela, queda dicho que es imprescindible una posición activa y de responsabilidad personal para acceder a los aprendizajes, y parece bastante claro que ninguna de estas dos facetas está potenciada actualmente, sino todo lo contrario... (continuará).
 







Un segundo momento especialmente importante es la adolescencia, sin lugar a dudas el que ofrece mayor dificultad a la hora de intentar esclarecer algo del malestar de aprender
 
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