Indigno tratamiento a las ví­ctimas del 11-M

Para ellas no hay moqueta

Todaví­a hoy en España hablar del 11-M es hablar bajo, es agachar las cejas e inspirar hondo. Es recordar una bomba que nos estalló a todos, y que nos dejó vivir para apretar los puños.

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12-03-2009
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Una sensación de vergüenza ajena recorrió el espinazo de todos los ciudadanos que asistieron ayer al bochornoso espectáculo que ofrecieron los polí­ticos en el quinto aniversario del zarpazo más brutal que el terrorismo ha dado a nuestro paí­s. Si ante las imágenes de dolor, memoria y homenaje a las ví­ctimas y las caras de congoja de sus familiares y amigos, volví­an a nacer los hondos sentimientos de unidad y solidaridad que entonces lanzaron al pueblo a las calles de toda España, las esperpénticas noticias de las autoridades usurpando los actos de recuerdo -que obligaron a desalojar a los más allegados para dejar espacio a alcaldes y ministras- y los desplantes de PSOE y PP ante la bronca de los espí­as de Madrid llenaban el estómago de bilis e inyectaban los ojos de rabia. Una sensación de vergüenza ajena recorrió el espinazo de todos los ciudadanos que asistieron ayer al bochornoso espectáculo que ofrecieron los polí­ticos en el quinto aniversario del zarpazo más brutal que el terrorismo ha dado a nuestro paí­s. Si ante las imágenes de dolor, memoria y homenaje a las ví­ctimas y las caras de congoja de sus familiares y amigos, volví­an a nacer los hondos sentimientos de unidad y solidaridad que entonces lanzaron al pueblo a las calles de toda España, las esperpénticas noticias de las autoridades usurpando los actos de recuerdo -que obligaron a desalojar a los más allegados para dejar espacio a alcaldes y ministras- y los desplantes de PSOE y PP ante la bronca de los espí­as de Madrid llenaban el estómago de bilis e inyectaban los ojos de rabia.
Es triste pero cierto. Aquella masacre, aquel atentado obsceno e impío unió los corazones de todo un pueblo, como el asesinato a cámara lenta de un joven concejal de Ermua unos años antes. España se hace España en la tragedia. Entonces los hilos de plata invisibles y carnales que cruzan la península y sus islas se tensan, y sus habitantes respiran el mismo aire cargado de indignación, de orgullo y de rabia contenida.
 
Todavía hoy en España hablar del 11-M es hablar bajo, es agachar las cejas e inspirar hondo. Es recordar una bomba que nos estalló a todos, y que nos dejó vivir para apretar los puños. Así lo siente la gente, como lo hace el pueblo, con el corazón, sin más.
 
Pero hay otros que no pueden sentirlo así, porque están tan alejados de la plebe que en su pecho sólo habita una calculadora, un engranaje frío y maquinal.
 
“Este es un día especial para mí y quería estar en el monumento cinco o diez minutos. Pero nos han echado a todos de mala manera porque vienen ahora los políticos”. Así se expresaba un madrileño. El nombre de su hijo, de lo que él más quería en el mundo, está escrito en el monumento cilíndrico. Todos los años este día viene sólo aquí, y se para delante de su propio apellido, llora un rato y lo besa.
 
Esta vez no pedía más, pero un guardia de seguridad le ha echado del recinto, mientras unos operarios colocan la moqueta azul para que la Ministra de Fomento, Magdalena Alvarez, y el alcalde Alberto Ruiz Gallardón puedan pisarla con paso solemne, estar dos minutos y largarse de allí con la misma coreografía. Tras la cristalera, las victimas los ven con ojos vidriosos, y se sienten más solas. Para ellas no hay moqueta.
 
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