El Observatorio

¡Inmenso Eastwood!

En "Gran Torino", Eastwood da fe del enorme fracaso social de Estados Unidos y de su impagable deuda moral, en una inmensa pelí­cula profética y testamentaria

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10-03-2009
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Vuelve Clint Eastwood a la pantalla -con 78 años- y eso significa que vuelve la tensión, la fuerza, el vigor, la verdad y el desafí­o del cine. Del buen cine, del cine grande. Cine puro, absoluto, sin retórica ni bambalinas. Sin corsés ni paños calientes. Sin artimañas ni pelos en la lengua. Y vuelve con una pelí­cula de las suyas: tras la aparente simplicidad de la anécdota argumental, toda una catarata de hondas verdades alcanza a conmover los cimientos mismos de los Estados Unidos, a quienes Eastwood somete aquí­ a una radiografí­a imborrable, a un juicio sumarí­simo y a una condena implacable.
 ¡Inmenso Eastwood!
Vuelve Clint Eastwood a la pantalla -con 78 años- y eso significa que vuelve la tensión, la fuerza, el vigor, la verdad y el desafí­o del cine. Del buen cine, del cine grande. Cine puro, absoluto, sin retórica ni bambalinas. Sin corsés ni paños calientes. Sin artimañas ni pelos en la lengua. Y vuelve con una pelí­cula de las suyas: tras la aparente simplicidad de la anécdota argumental, toda una catarata de hondas verdades alcanza a conmover los cimientos mismos de los Estados Unidos, a quienes Eastwood somete aquí­ a una radiografí­a imborrable, a un juicio sumarí­simo y a una condena implacable.
Todo el cine de Eastwood tiene un inequívoco “sabor” americano, aunque su resonancia y su verdad alcancen a cualquier rincón del planeta. “Gran Torino” también, pero ésta, de algún modo, es una película pensada y hecha primordialmente para el público norteamericano: Eastwood quiere contar su verdad sobre EEUU, sobre el enorme fracaso social que son los EEUU y sobre la responsabilidad y culpabilidad moral de EEUU, y lo hace dirigiéndose directamente al corazón, a la cabeza y a las entrañas de cada norteamericano.

 
Walt Kowalsky (un norteamericano de origen polaco) es un jubilado que acaba de enviudar. Es ya el único blanco que vive en lo que debió de ser un próspero barrio de obreros acomodados y que ahora está ocupado íntegramente por inmigrantes asiáticos de la “etnia hmong” (laosianos que colaboraron con EEUU durante la guerra de Vietnam y que luego fueron sacados de allí para que no los exterminaran). Mantiene orgullosamente plantada en la entrada de su casa la única bandera americana que ya se ve en el barrio. Un barrio de asiáticos, que linda con otro de negros, y éste con otro de hispanos...

Walt Kowalski es un hombre áspero, intratable, obstinado, gruñón. Un verdadero ogro, un cascarrabias, racista, cargado de prejuicios contra los inmigrantes y en “guerra” permanente contra el mundo: contra su mezquina familia (hijos, nietos, nueras, que ni le quieren ni le aprecian), contra sus vecinos “amarillos” (que han invadido su territorio), contra el pastor de su iglesia... Ya sólo tolera la compañía de su perro y al puñado de amigos con que se reúne a beber y fanfarronear en el bar.

 
Walt es un veterano de la guerra de Corea, que guarda en el sotano de su casa las fotos y las medallas de su heroísmo militar, pero que también conserva, imborrables, en los rincones más oscuros de su alma, las imágenes de aquella carnicería brutal y sin sentido, de las decenas de “enemigos” que mató, de aquel joven a quien acuchilló cuando ya se había rendido. Los fantasmas de aquel horrible crimen siguen aún vivos en su interior.

También en el garaje de su casa Walt Kowalsky conserva los “frutos” de sus casi 50 años de trabajo como obrero en la Ford: un arsenal de herramientas (“para reparar cualquier cosa”) y un “Gran Torino” del 72, un modelo deportivo de lujo, tan atractivo como inútil. Ese es todo el “premio” material que ha conseguido después de ir a matar por la patria durante tres años y luego ser explotado 40 años más en la cadena de montaje de la Ford.

 
Pero amén de todo esto, Walt Kowaslky es un hombre de principios. Su conservadurismo, su patriotismo y su arrogancia, no son óbice para que actúe conforme a un valioso código moral. Aborrece la grosería y abomina de la frivolidad. Llama a las cosas por su nombre. No miente. Nunca mira para otro lado. Si se comete un atropello frente a él no escurre el bulto, ni se aleja como si no fuera con él: se detiene y le hace frente. Planta cara a los agresores, sin medir las consecuencias para él mismo, y aunque no sienta nada especial por el agredido. Defiende hasta el final a sus amigos, aunque ello le cueste la propia vida, sin esperar nada a cambio.

Esos principios son los que le van a arrastrar a adquirir un compromiso inesperado con sus vecinos, que va a acabar arrasando sus perjuicios, enterrando su racismo, resucitando su humanidad y hasta su capacidad de ser “padre”.

 
Eastwood dibuja un país roto, fragmentado, sin cohesión, un país que es un fracaso social colosal. Un país que arrastra tales horrores y atrocidades a sus espaldas que van a tener que pagar un precio muy alto por ello. No se van a librar de pagarlo. La culpabilidad moral de EEUU tiene un precio. Kowalsky lo “paga” con su propio sacrificio, en aras de salvar a la gente que cree que debe “heredar” el país: y que no son su mezquina familia blanca, sino los dos jóvenes “hmong”. Esa es su voluntad “testamentaria” en esta película grandiosa y profética, que tardará aún muchos años en ser asimilada.

 
 
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